Los 100 años de Gloria Robellada: un siglo de vida de Benia a Hortigueru pasando por Venezuela

Desde hace seis años, vive con sus sobrinos en Villanueva
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photo_camera Gloria María Robellada, a la izquierda, junto a su sobrina, María Luisa Tomás María, en su casa de Villanueva.

Gloria María Robellada me esperaba sentada al sol en el porche de la casa de sus sobrinos en Villanueva, vestida impecable para la ocasión y con una sonrisa de oreja a oreja. Esta mujer nacida en Benia de Onís y cuya vida tiene algún que otro episodio de película de aventuras cumplía hoy, 25 de febrero, nada menos que 100 años. Una fecha para la que su sobrina, María Luisa Tomás María, había preparado una tarta con sus consiguientes velas. «Hoy lo celebramos nosotros tres», comentaba haciendo referencia también a su marido, José Luis Blanco Intriago —Pepe "el ferreteru"—; «el sábado haremos una reunión más grande, con más familia que vendrá para la celebración porque viven fuera».

A pesar de sus 100 años, Gloria María mantiene una perfecta claridad mental y un aspecto que haría pensar que no atesora semejante edad. «Lo único las piernas, que van un poco así», me contaba, «y que tengo un poco de vértigo y me mareo al andar». Algo que no le impide contarme cómo emigró a Venezuela con 26 años para buscarse la vida «sin familia ni nadie allí», y comenzó a trabajar para el rector de la Universidad de Caracas. Sería precisamente trabajando, años después, para la familia de un militar como conocería al cabraliego con el que compartió la vida, Arturo Coro. «Al militar le destinaban a distintos sitios, y allí nos íbamos con él», desgranaba Gloria, «así que de Caracas nos fuimos a Washington, de allí al Perú y, después, de vuelta a Venezuela».

La aventura venezolana duró 12 años pero, incluso, para regresar a casa Gloria tuvo que vivir un episodio de película. Y es que tanto ella como su marido viajaban en aquel trasatlántico llamado Santa Maria que, en enero de 1961, fue secuestrado en una operación dirigida por Henrique Galvao —militar portugués opositor al régimen dictatorial de Salazar en Portugal y que orquestó este acto de piratería política—. «Le cambiaron el nombre al barco y ponía Santa Libertad, por eso no nos encontraban porque buscaban un barco con un nombre distinto», me contaba Gloria. «Y mi tío se enfrentó a los piratas», apostilla María Luisa. 

De vuelta en Asturias, Gloria y Arturo se instalaron en Hortigueru donde regentaron una tienda «de aquellas de siempre que lo mismo comprabas una tartera que estaba colgada del techo que tomaban el vino o echaban la partida». «Mucho trabajamos», cuenta Gloria para quien el secreto de su longevidad es, precisamente, haberlo hecho. Solo le pesa tener que haberse despedido de quienes quería, empezando por Arturo quien falleció hace ya 38 años. «Éramos ocho hermanos, pero ya solo quedo yo; me he quedado sola», me cuenta, «no tengo lágrimas por llorar, lo eché para atrás porque hay que mirar para delante».

Quizás esa valentía y ese coraje con el que encara la vida es lo que hace que, por más que te ofrezcas a ayudarla a caminar, ella lo haga sola rechazando cualquier asistencia. A su paso, con calma. Con una sonrisa, como vive la vida. También quizás por eso posa orgullosa junto a la tarta que con esmero y cariño le ha preparado María Luisa. 

«El año que viene vengo a verte, cuando cumplas los 101», le digo a modo de despedida. Ella me sonríe, ya sentada en la mesa donde la esperan unos guisantes —porque los años no le han quitado el apetito, síntoma de que se encuentra bien—. «Eso espero», me dice con una enorme sonrisa, «tú ven cuando quieras, aunque no sea mi cumpleaños».