Adrián Hórreo cumple la máxima del famoso anuncio de El Almendro con un ligero matiz: él siempre, o casi, vuelve a casa, a Cangas de Onís, por San Antoniu. Una tradición que cumple casi religiosamente aunque, como este año, vaya a cruzar el Atlántico dos veces en menos de seis días. A pesar de ser "de Cangues, Cangues", Adrián vive hace casi una década en Estados Unidos. Y el motivo no es otro que haber hecho de su gran pasión, volar, su profesión.
Poca gente en Cangas de Onís no conoce a Adrián Hórreo no solo por ser hijo de quien es -sus padres, Ramón y Rosi, tenían una autoescuela en la ciudad- sino, también, por su pasión por la aviación. Lo que no tantos saben es que, con apenas 8 años, ver pasar una helicóptero era sinónimo de que cogiera la bicicleta para llegar cuanto antes al helipuerto situado junto al parque de Bomberos de Asturias. Allí observaba y escuchaba «hasta que una tarde, Juanma Piñán y Eduardo Navarro», ambos bomberos de Cangas de Onís, «me dijeron "ven para acá", y entré con ellos al helipuerto». Un recuerdo que Adrián comparte con El Fielato sonriendo, y asegurando que ese día marcó un antes y un después.
Si le preguntas, no sabe decirte cuándo empezó a querer ser piloto. «Lo que no tengo son recuerdos antes de saber que era a lo que me quería dedicar», nos cuenta, «siempre tuve muy claro que era lo que quería hacer». Quizás el hecho de subirse por primera vez a un helicóptero con 12 años fue el último empujón que necesitaba. «Lo hice con Crispín», uno de los pilotos del equipo de rescate de Bomberos de Asturias, «y nunca le estaré lo bastante agradecido».
Después de eso, llegaría "el peaje" de pasar por la universidad para estudiar Ingeniería Industrial. Una carrera que, si bien tenía claro que nunca se dedicaría a ella, «me dio madurez» y respondía a sus intereses. «Un amigo de la infancia de mi padre le dio unos motores para que los desmontara», nos cuenta Emma Hórreo, su hermana.
Yo le recuerdo, desde siempre, desmontando cosas y entre máquinas
Volar para vivir, la máxima de vida de Adrián
Con apenas 23 años, Adrián comenzó a formarse como piloto de helicópteros en Estados Unidos. Y, como todo lo se propone hacer, en un tiempo récord consiguió la licencia. Sus primeros años volando fueron en un atunero en Ecuador y, posteriormente, en varias empresas españolas de helicópteros como Helitrans Pyrinees, la compañía que opera en el Oriente de Asturias realizando cargas en altura. Tras tres años en España y con experiencias como cubrir desde el aire la Vuelta Ciclista sobre su Oriente natal, el amor y las oportunidades quisieron que Adrián volviera a cruzar el Atlántico para establecerse nuevamente en Estados Unidos.
Allí sería dónde el mundo de la aviación privada comenzara a llamarle la atención, animado por un comandante con el que compartió oficio mientras trabajaba en el Golfo de México. «Déjate de perder el tiempo, me decía constantemente», nos cuenta Adrián, «y vete a una aerolínea». El mensaje caló y, en apenas dos meses, consiguió la licencia de piloto privado y descubrió «poco a poco» algo que le sorprendió: «Siempre pensé que pilotar un avión era aburrido», nos contaba.
Es muy divertido, es más reto de lo que pensaba pero me gusta incluso más que el helicóptero
Primero se compró su propio avión y, poco después, decidió preparar el examen -«lo saqué en una semana»- para dar el salto a las aerolíneas comerciales, donde empezó a volar el pasado mes de octubre con una filial de American Airlines cubriendo vuelos regionales.
Su trayectoria es tal que, en julio, habrá superado la mitad de las horas que se exigen en Estados Unidos para ser comandante, 1.000 volando un avión comercial. Y sonríe contando su logro como ha sonreído durante toda la entrevista porque eso, sonreír amplia y constantemente, es parte de la identidad de Adrián y, quizás, una de las señas de identidad que más le hacen parecerse físicamente a su padre.
Su éxito es fruto, como decía su hermana, «de suerte, oportunidades y el apoyo de muchas personas». Y no cabe duda de que, a pesar de ese trío de ases, la pasión con la que Adrián entiende su profesión, desde antes incluso de que lo fuera, también es un ingrediente fundamental para cumplir el sueño que él se encarga, día a día, de mantener vivo.