Adela Omid llegó a España con 20 años en uno de los aviones fletados por el Gobierno español para evacuar a personas en riesgo de Afganistán. Tras la subida al poder de los talibanes, el 15 de agosto de 2021, su vida y la de su familia cambió para siempre. Ahora, cinco años después, reside en Gijón junto a su madre y recuerda con nostalgia su infancia y parte de su juventud en su tierra, tan diferente a la que existe actualmente.
Igual que sus cuatro hermanas, eligió sus estudios y cursó hasta tercero de Periodismo en la Universidad de Herat. Quería alzar la voz y mostrar la realidad de su país, hasta que la llegada de los talibanes la obligó a huir. Varios miembros de su familia, militares del antiguo régimen, fueron perseguidos por el nuevo gobierno, lo que los llevó a tomar una decisión límite: marcharse o arriesgar la vida. Desde entonces, Omid forma parte de Amnistía Internacional y este lunes visitará el IES Rey Pelayo de Cangas de Onís para contar su historia a los estudiantes de Secundaria y Bachillerato.
“Yo empecé a visibilizar la situación de Afganistán en 2022, porque ya noté que no iba a ser cosa de unos días. Va a ser duradero y la gente tiene que enterarse de la realidad que hay allí”, explica. Desde entonces, su testimonio se ha convertido en una herramienta para acercar a los más jóvenes una realidad que, reconoce, muchas veces desconocen.
Su infancia transcurrió en La'l Va Sar Jangal, en la provincia de Gaur. “Empecé a estudiar en un pueblo muy lejos de todo, en un colegio que no tenía ni techo, ni sillas ni mesas. Había días que no había ni profesores”, relata mientras recuerda el contraste que sintió al entrar por primera vez en un colegio de España.
Aunque siempre soñó con estudiar Medicina, acabó decantándose por el periodismo por su carácter social. “Desde pequeña escuchaba que en Afganistán morían mujeres y niños por enfermedades comunes, por no llegar a centros de salud. No pude estudiar medicina, pero pensé que con el periodismo podía enseñar la realidad del país y los puntos más oscuros que nadie enseña”, explica.
Antes de huir, vivía en Herat, una de las principales ciudades del país, donde comenzaba a dar sus primeros pasos en el mundo de la comunicación. “Estaba empezando en la tele, pero trabajaba en radio. Era mi tercer año en la universidad cuando llegaron los talibanes y no me dio tiempo a acabar la carrera”, lamenta.
Sin embargo, sus primeros años de carrera estuvieron marcados por la desigualdad. “Antes de Herat empecé en otra universidad, en una ciudad muy cerrada, donde las mujeres vivían como ahora: les obligaban a llevar burka, etc. Allí no podía salir a grabar ni usar la cámara por ser mujer. A los chicos les mandaban hacer fotografías fuera y a nosotras nos decían que las buscáramos en internet. Yo no aprendía nada”, recuerda. Aunque no fue fácil, consiguió cambiar de centro y trasladarse a Herat, donde pudo continuar sus estudios. “Tuve que trabajar el doble para ponerme al nivel de mis compañeros”, explica. Y lo hizo.
Sin embargo, su proyecto de vida se truncó en agosto de 2021. “Hasta entonces yo vivía tranquila, pero con los combates mi familia decidió que teníamos que marcharnos”, recuerda. La decisión fue inmediata. “Cogimos una maleta como para 15 días, pero yo tuve la sensación de que igual no iba a volver nunca y cogí lo más importante: documentos, mi ordenador y mi cámara”, narra.
A partir de ese momento comenzó una huida marcada por la ira, el miedo y la desesperación. “Íbamos cambiando de sitio cada dos por tres para escondernos. No sabíamos qué iba a pasar”, cuenta. La caída de Herat y, pocos días después, de Kabul confirmó lo que ya temían: “Ahí ya sentí que lo había perdido todo, todos mis sueños”.
La salida del país fue uno de los momentos más duros. En el aeropuerto de Kabul, miles de personas intentaban huir. “Había muchísima gente. Me empujaron tanto que me rompí una costilla”, relata. Aun así, logró subir a uno de los vuelos de evacuación. “Cuando estaba dentro del avión, mirando por la ventana, pensaba que eran los últimos momentos en mi país. No sabía cuándo iba a volver”.
Ya en España, el recibimiento fue cálido. “Desde el primer momento la gente fue muy amable, con mucho respeto. Venía de algo muy duro y de haber visto a gente de mi país portándose muy mal conmigo y con mi familia. Al ver ese recibimiento me dieron ganas de llorar”, recuerda. Sin embargo, la adaptación no fue sencilla. “No sabía nada de español. Perdí una cita médica porque no entendía cómo moverme en autobús. Ahí fue cuando decidí que tenía que aprender sí o sí”, cuenta.
En menos de un año comenzó a desenvolverse con el idioma y se reinventó profesionalmente. “Como no terminé la carrera, no me convalidaron mis estudios. Actualmente trabajo en una residencia con personas mayores”, indica, un trabajo “muy humano” con el que se siente útil.
Aun así, el proceso no ha sido fácil. “Hay veces que la vida pesa. Es muy difícil vivir lejos de tu país, de tu cultura, empezar otra vida desde cero”, reconoce. En esos momentos de duda, su pensamiento vuelve inevitablemente a Afganistán. “A veces digo que prefiero estar allí, pero luego pienso cómo estaría ahora y digo: no… estoy mejor aquí”, subraya.
El vínculo con su país sigue muy presente, especialmente por su familia, parte de la cual continúa allí. Muchas de sus amigas han dejado de estar localizables. “Se han casado y no tienen acceso a un móvil o internet. He perdido el contacto con la mayoría”, explica. La situación de las mujeres, denuncia, es especialmente dura en Afganistán. “No pueden estudiar, no pueden trabajar, muchas son obligadas a casarse. Hay cosas que pasan y no salen en las noticias”, afirma.
Con el gobierno actual, Omid explica que muchas familias toman decisiones por miedo. “Hay familiares que piensan que es más seguro para las chicas casarlas con alguien que conocen ellos, que dejarlas solteras y que pueda venir un grupo de talibanes a llevárselas”. Un temor que, según han denunciado organizaciones internacionales, ha contribuido al aumento de matrimonios forzados y precoces en el país desde el regreso del régimen.
Por eso considera fundamental compartir su historia en centros educativos. La reacción del alumnado, asegura, es muy positiva. “Cuando les digo que imaginen que no pueden ir al colegio o salir de casa por el hecho de ser mujer, algunas se ponen a llorar. Se dan cuenta de la realidad”, señala.
Su objetivo es claro: generar conciencia. “Que la gente valore lo que tiene y entienda lo que pasa en otros países”, resume. Y, sobre todo, lanzar un mensaje muy claro que ha marcado su vida: “Las mujeres no somos menos, somos fuertes. Siempre nos han hecho pensar que somos más débiles que los hombres, pero yo nunca he creído eso”.