Identificar a Juan Guerra –"Torroto" como reza su nombre artístico– en el CP Reconquista de Cangas de Onís resultó más que sencillo. Rodeado de un enjambre de niños y niñas de 5 años que esperaban pacientes para colocar su pieza en la pared, Juan aplicaba la mezcla de cemento cola sobre los ladrillos del colegio con actitud amable mientras ayudaba a cada uno de ellos a colocar las teselas que conforman el mural con el que el centro escolar homenajea sus 50 años de vida. Un trabajo colectivo que va, incluso, mucho más allá del mero homenaje a la historia del colegio.
Y es que los dos murales que luce el CP Reconquista de Cangas de Onís son fruto del trabajo de todos, y no solo de los alumnos. «El dibujo del Puente Romano y de la Virgen de Covadonga lo hizo una profesora», contaba Guerra, «y todos los alumnos, desde infantil al último curso de primaria, han colaborado en su ejecución; yo solo he hecho las partes complicadas, como la cara de la Santina, y los remates».
La experiencia va mucho más allá porque para este hombre la cosa no consistía, únicamente, en colocar teselas en al pared. «Todos los alumnos, del más pequeño al más grande, han tenido un alicate en la mano y han pasado por la máquina de azulejar», decía, «la cosa no es solo colocarlas en la pared; es, también, comprender de dónde viene la tradición de los murales y que compartan el proceso según sus posibilidades».
Mientras los más pequeños separaban por colores, los más mayores han montado muchos de los miles de pedacitos de azulejos sobre la malla. Una obra colectiva con la que el CP Reconquista ha conseguido que todos sus alumnos se sientan parte de algo que perdurará en el tiempo.
Un mural con mucha historia
Más allá del trabajo de los escolares, los murales que luce el CP Reconquista conservan, en gran medida, también parte de su propia historia. En la línea de trabajo de Juan Guerra –que apuesta por el reciclaje para sus creaciones–, estos murales también tienen materiales que han sido reciclados. «Los azules del río son baldosas antiguas de cole, que me las dieron en conserjería», nos cuenta.
Más allá de esto, el mural del CP Reconquista refleja la esencia de Cangas de Onís. «Ya no es solo el Puente Romano», nos contaba, «se ha reflejado la cultura ribereña, con sus pescadores y las aves; las piraguas...».
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Guerra no siempre ha sido muralista. «Vengo del mundo de la construcción, donde he trabajado durante más de 30 años hasta que me jubilaron por un problema en la espalda y en la cadera», contaba a El Fielato, «siempre me gustó el mundo de los materiales de construcción y tengo un taller artesano donde los reciclo transformándolos en mosaicos, cuadros...». «Pero si me dices que iba a estar haciendo talleres en colegios hace dos años, no me lo creo», nos confiesa. Y es que ese es el tiempo, dos años, en el que su actividad se ha consolidado en los centros escolares con un nivel de demanda que se traduce mirando su agenda: «Este año solo tengo cuatro días libres».
Esta nueva etapa profesional de "Torroto" y sus talleres sobre mural nació, en parte, para entretener a sus hijas durante el confinamiento de la pandemia. Un hobby que transformó en profesión y que le empuja a formarse constantemente. Cuando nos sentamos con él, empezaba un curso online con unos artesanos muralistas de Argentina.
Sus obras ya forman parte de paisaje de Asturias: «Me encargaron un mosaico de un gaitero de 4 metros de altura para el Museo de los Países Celtas en Corvera, ahora estoy con las conchas y la señalización del Camino de Santiago», nos contaba. Una actividad que combina con encargos y, también, con talleres en colegios como el que le trajo al CP Reconquista. Son muchos los colegios de Asturias que cuentan con él como parte de su programación.
No es lo único que hace: al igual que con los más pequeños, "Torroto" tiene ya en marcha un proyecto para combatir la soledad no deseada y destinado a que los más mayores den forma a una creación artística, «algo que podría combinarse también con niños, como el proyecto que tengo en marcha en Tineo donde hay peques y mayores».
Y así, con la ayuda de manos pequeñas y con trocitos de azulejo, Juan Guerra ha transformado unas paredes de ladrillo en un recuerdo para siempre tanto para el centro escolar como para los más de 300 alumnos que han puesto cariño y curiosidad en cada pieza.