Rebeca Santamaría Fernández, canguesa afincada en Londres, licenciada en Químicas por la Universidad de Oviedo, investigadora y ahora directora senior de Desarrollo Corporativo y de Negocio de Google DeepMind, fue la encarda de pregonar las fiestas de San Antoniu 2026.
El pregón de San Antoniu
Sr. Alcalde, miembros de la Corporación Municipal, autoridades, Reina y Damas, Presidente y miembros de la Sociedad de Festejos, queridos vecinos de Cangas, amigos todos, y paisanos que lleváis a Cangas en vuestros corazones:
Gracias por concederme este honor. Ser pregonera de nuestras fiestas de San Antonio es un privilegio que me cuesta procesar con palabras, aunque las palabras sean hoy mi única herramienta. Estar aquí, en este estrado, es un regalo que nunca olvidaré. No vengo hoy como alguien que ha alcanzado ninguna meta, sino como una cría de Cangas que, después de dar muchas vueltas por el mundo, ha entendido que todos sus caminos, absolutamente todos, empezaron en estas calles y terminan siempre buscando el perfil de nuestras montañas.
Decía Miguel de Unamuno algo que siempre me ha acompañado en la distancia: “El paisaje se hace alma en nosotros. Esas peñas grises, esos verdes prados, esos ríos que cantan... todo eso nos hace como somos. El asturiano lleva la montaña dentro”. Así me siento yo.
La escuela de la vida y el nivel de mi abuelo
Los que me conocéis sabéis que mi infancia no se entiende sin el ruido de las obras y el silencio sabio de mi abuelo Ramón. Él fue mi primera universidad. Recuerdo caminar de su mano a revisar edificios, cimientos y muros de ladrillo, viéndole manejar aquel nivel con una precisión sagrada. Para él, que las cosas estuvieran "a nivel" no era solo una cuestión de construcción, era una filosofía de vida. Luego, el premio era ir a tomar un vino (patatinas fritas para mi!) a la Viuda, Casa Pipi o al Casín, con aquel grupo de amigos tan entrañable donde el mundo se arreglaba entre culines de sidra, vasos de vino y conversaciones pausadas.
También estaba mi abuela, Guadalupe - ella es la otra cara de mi infancia: una mujer de belleza imponente, dueña de un carácter de hierro, de esa tozudez cazurra que no sabe de rendiciones. El destino quiso que yo la conociera ya sentada, pero su carisma seguía intacto; exigente, magnética.
Crecer en Cangas fue una aventura constante de texturas, olores y emociones. Caminando por la carretera Caño apretando la mano de mi abuelo para ir a la huerta a trastear con tomates y patatas y de paso pararse a charlar un ratin con la Churrera. Cruzando el Güeña, sintiendo el vértigo bajo los pies saltando las piedras de la pasarela de La Pedrera cuando íbamos a ver al Roxu. O cuando Mi primo Ramonin y yo, con la lechera en la mano, cruzábamos el Puente camino de la leche fresca antes de ir a clase, el frío rozándonos las mejillas.
Imposible olvidar el olor de los ‘almendraos’ recién hechos de Peña Santa, los pinchos de bacalao del Colón, el escalope con patatas del Llagar de Juan en los domingos de misa y vermú, o el sabor inconfundible del helado de chocolate y vainilla de la máquina de la Machaca.
Recuerdo el mostrador de "La Barata", allí sentada con aquel chupa-chups de fresa que me daba Elías mientras Mari Carmen preparaba la compra de mi madre. Viendo pasar el mundo desde allí, aprendí que la vida es un desfile de gente generosa. Entre comestibles y piensos, se entrelazaban las vidas que dan auténtico sentido a Cangas.
Luego, ya en párvulos, Berta Pato nos enseñaba a partir el mundo en letras y números. Aquellos días tenían sabor a regaliz y gusanitos de Casa Palomares y ese olor inconfundible de los magnolios del parque. Aprendiendo a montar en bicicleta alrededor de la farola.
Y en cada paso, mi compañera de viaje inseparable: mi hermana.
Y nuestro motor de propulsión, el centro de nuestra galaxia, nuestra madre. Ella, con su fuerza imparable nos enseñó que no hay viento que pueda detener a quien sabe a dónde va y que la independencia es el mayor tesoro que se puede poseer.
Educación pública y juventud
Crecí en la educación pública, y lo digo con un orgullo que me ensancha el pecho. Muchas de mis amistades de párvulos siguen siendo mis pilares hoy, décadas después. Tuvimos la suerte de contar con maestros que no solo daban clase, sino que esculpían nuestros valores. Los recuerdo a todos con mucho cariño, pero permitidme un recuerdo especial a Doña Rosalía (que fue nuestra tutora de cuarto y quinto), que manejaba la disciplina con una elegancia y una cercanía que nos hacía querer ser mejores. Era estricta, sí, pero también cariñosa.
Y por supuesto, Don Ramón Prada, que ya en sexto me contagió el virus de la tecnología y la innovación en aquellas clases de pretecnología. Don Ramon que nos llevó a Madrid, nada más y nada menos que a Televisión Española al concurso de las mañanas de Jesus Hermida - con aquella canción bien ensayada y un equipo digno de llegar a la semifinal. Él siempre nos decía que nada era imposible, que “la cosa era ponerse”. Esa frase me salvó de rendirme muchas veces en laboratorios aquí y en el extranjero.
Por aquel entonces - Nuestra vida social cabía en un solo punto del mapa: la farola del parque. No necesitábamos móviles ni agendas; sabíamos que a las 12 de cada sábado, aquel poste era el imán que nos reunía a todos.
Éramos una marea de entre veinte y treinta críos con un solo objetivo: conquistar el Llanu Cura. Aquellas subidas eran pura vida. El camino se llenaba de carreras, bromas y confidencias de las que solo se dicen a esa edad. Una vez arriba, el tiempo se detenía entre juegos que no terminaban nunca y risas que aún resuenan en el aire.
Cuesta asimilar que hoy, al mirar las fotos de aquellos días en el Vazquez de Mella, nos faltan las sonrisas de Pedrín Rubio y Nachín Horreo. Se nos fueron demasiado pronto, pero nos dejaron el mejor de los legados: haber compartido con nosotros tantas tardes al sol.
Quiero que sirva este momento como un guiño al cielo para Don Ramón, Doña Rosalía, Pedrín y Nachín
Aprendí a nadar bajo el Puente Romano y luego a saltar del Gorrión, la Pilastra, el Arbolin e incluso a tirarme desde el Arco. Recuerdo verme allí arriba, con el vértigo en los talones, comprendiendo que no había marcha atrás de forma elegante. El orgullo cangués no entiende de retrocesos; si subes, saltas - y saltamos (eh Berti?).
Y luego llegaron los entrenamientos en piragua en La Llongar y como no aquellas tardes de tertulia en Casa Ricardo, filosofando con Rui. De aquella, Nos pasábamos los fines de semana recorriendo España en aquella furgoneta blanca con la tribu de La Llongar: Ramonin, Cofiño, María José y esa familia extendida en la que se convirtió el club La Llongar, íbamos de pueblo en pueblo - de fiesta en fiesta y bajando el río que tocara… Ebro, Duero y Guadalquivir - que forma tan guapa de aprender la geografía española.
Ramonín (el de La Llongar) no fue solo nuestro entrenador, para mi fue un mentor excepcional sin saberlo; nos enseñó a escuchar el silencio, a concentrarnos en la meta, a entender que el esfuerzo y la disciplina son el camino honesto hacia el éxito. Recuerdo que a veces nos parábamos a descansar detrás de un matorral en Ñasares pensando que no se iba a dar cuenta... y a los pocos segundos su voz resonaba contra las piedras: "¿Qué? ¿Tais tomando algo ahí arriba?". Y ahí se acababa el descanso.
Pero el camino no fue siempre fácil, hubo años complicados - a los once años me tocó crecer aceleradamente, pero mi familia, mis amigos, las matemáticas de Don Arturo y mis montañas fueron la mejor terapia. La Llongar fue para mi un refugio donde el río me enseñó lecciones que ningún libro pudo darme y donde aprendí que con muy poco se puede construir un universo entero.
Ya en el Instituto Rey Pelayo, me fascinó la Física, la Biología y la Química y reforcé mi pasión por las Matemáticas. Gracias, Consuelo (nuestra profesora de Biología en Primero de BUP) por abrirnos las puertas de aquel laboratorio en el sótano del Instituto, por dejarme soñar con la ciencia cuando todavía no sabía lo que me reservaba el futuro. Tenía muy claro que la Ciencia se convertiría en mi vida.
Mi madre nos lo recordaba cada día: "La vida da muchas vueltas, hijas, tenéis que ser independientes - que nadie os pueda dejar de lado". Esa independencia fue la brújula que me permitió navegar todo lo que vendría después.
También hubo tardes de domingo en el cine Colón, pinchos en La Pedrera, las primeras cenas en Casa Fermín y aquellos chapuzones en el Dobra. Hicimos muy buenas migas con los chavales que venían del Reconquista y también los que venían de Arriondas y Cabrales. Amistades que aún son muy fuertes a día de hoy. Como Pedro Angel, que se coló en nuestras vidas en primero de BUP y hasta hoy.
Y luego vinieron los guateques en El Habana para recaudar fondos para aquel viaje épico a Italia, los Sábados en el Aipol y las fiestas de prao, nos las sabíamos todas: Mestas, Corao, Taranu, Avalle etc… Y cómo las disfrutamos! Sabiendo que, tarde o temprano, llegaría el momento de marchar.
Pasión por la investigación
Marchar para volver. Ese es el mantra de todo asturiano. Estudié Químicas por vocación y, os confieso que me dolió el alma perderme esos San Antonios. San Antonio parecía saberse mi calendario de exámenes; siempre caían en los días grandes. Mientras muchos de mis amigos estaban en el Robledal, yo estaba entre matraces de laboratorio y fórmulas químicas, pero siempre con una vela encendida a San Antonio (o varias!).
Recuerdo los viajes con todas las paradas en el Alsa a Oviedo cada domingo por la tarde - mi abuelo llegaba a casa del partido del Cánicas todo cantarín, contándonos los goles y las jugadas y a mi me tocaba marchar. Fueron cuatro años de intensidad absoluta pero la investigación se había convertido en mi meta. Hoy mi carrera es fácil de explicar, pero entonces era un salto al vacío.
Si me permitís un consejo para los jóvenes que se plantean qué camino elegir hoy: estudiad lo que os apasione. No importa tanto si hoy dicen que no tiene salida; si tenéis pasión por lo que hacéis y perseverais, el futuro os encontrará preparados.
Buscad esa asignatura que os encienda la chispa y os despierte la curiosidad cada mañana. Yo creo firmemente que cuando trabajas en algo que te apasiona, el esfuerzo deja de pesar, las horas no se cuentan y las fronteras se vuelven invisibles.
El mundo como laboratorio
Al acabar la carrera, llegó la oportunidad de irme a Plymouth (Inglaterra). Todavía recuerdo aquel ferry inmenso en Santander y la sensación de que el mundo, de repente, empezaba al otro lado del mar. Dejar atrás a la familia, a los amigos y empezar de cero... no fue fácil. Pero la curiosidad pudo más que el miedo. Allí conocí a Thierry, mi compañero en mil batallas. En seguida se convirtió en un cangués de adopción, un bretón que ya es 100% botijo - os lo aseguro.
En el extranjero, el esfuerzo y la superación se convirtieron en mi rutina diaria. Tuve que aprender inglés y luego francés 'un poco a la fuerza', porque no quedaba otra; y ya sabéis que, cuando la necesidad aprieta, uno saca fuerzas de donde no hay.
Hubo momentos de soledad profunda, no lo voy a negar, pero también esa subida de adrenalina cada vez que superas un reto.
En Plymouth investigué la contaminación en ríos y sedimentos; en Francia, los secretos del origen del buen vino; y en Londres me adentré en los laboratorios del gobierno, analizando desde combustibles hasta muestras de cabello humano.
Poco a poco, la investigación se convirtió en una aventura que ni alcanzaba a soñar cuando era una niña que correteaba por las calles de Cangas. Tras un paso por Barcelona, Londres vino a cruzarse en el camino para que echaramos raíces.
Allí tuve la suerte de trabajar diez años en el Imperial College de Londres, una de las mejores universidades del mundo. Fue una década inolvidable donde me dediqué a sacar la ciencia y la tecnología de los laboratorios y llevarla a la calle. Y me pilló en primera línea de la historia. Colaboré en el desarrollo de la vacuna del COVID con empresas farmacéuticas, cuando el mundo entero contenía el aliento y miraba a los científicos esperando una salida. También pusimos nuestro grano de arena contra el cambio climático, buscando alternativas a los combustibles de siempre y desarrollando baterías sostenibles con empresas del sector energético.
Y en medio de todo esto, la Inteligencia Artificial llegó para cambiarlo todo, abriendo un mundo de posibilidades que parecía de ciencia ficción. Así es como llegué a Google DeepMind. Hoy tengo el orgullo de trabajar mano a mano con las mentes que están diseñando el futuro.
Para que os hagáis una idea de lo que hacemos: Usamos la Inteligencia Artificial para diseñar medicinas o buscar energías limpias, también creamos herramientas para que un niño, en cualquier rincón del planeta, pueda tener acceso a la misma educación que si estuviera en la mejor escuela de Londres. Todo esto aplicando exactamente el mismo rigor y perseverancia que aprendí con mi abuelo visitando las obras manejando aquel nivel.
Me siento una auténtica afortunada. Mi trabajo sigue siendo el de cruzar la ciencia y la tecnología con el mundo real - trasladando descubrimientos del laboratorio a soluciones para los problemas globales. Y tengo la suerte de hacerlo desde esa otra gran ciudad que ya me ha robado el corazón.
Ese Támesis que hoy me ve remar o correr a su vera, y que tanta serenidad me aporta, me recuerda siempre al Sella y al Güeña, donde todo empezó.
Londres, es también la ciudad dónde nació nuestra hija, Chloe, que vino a revolucionar nuestras vidas. Londinense, bretona y botija: nuestra pequeña ciudadana del mundo que, con solo doce años, ya quiere a Cangas tanto como yo.
Hoy no os hablo como alguien que viene de fuera. Soy esa cría de Cangas que trabajó duro pero que tuvo una infancia plena entre ríos y montañas.
Soy esa mujer que lucha cada día para demostrar que el esfuerzo abre puertas, sin importar el origen, el idioma o la clase social.
Me enorgullezco de ser hija de la escuela y la universidad pública, de mis raíces humildes y de mis principios.
Y creo que no tenemos nada que envidiar a quienes crecen en California, Tokyo o Nueva York. Los límites, solo los ponemos nosotros.
¡No hay fronteras para un botijo!
Cangas es especial
Lo que hace a Cangas especial no son solo el Puente o el Robledal, es su gente. Ese saludo por la calle, esa preocupación genuina de los vecinos, esa generosidad que no se encuentra en las grandes metrópolis. Cangas engancha porque es humana.
Las montañas y las aguas del Sella que me formaron; y me vieron reír y también llorar. Esta tierra la llevo grabada en el ADN. Por mucho que viaje, no encuentro mejor lugar para sentirme completa.
Permitidme dedicar un momento a mi abuelo Ramón - él fue mi padre, mi abuelo, mi mentor y mi inspiración. Sus valores y principios viven en mi hoy.
Y a las mujeres fuertes de mi vida: mi madre, mi hermana, (mis dos Estrellas), mis amigas Berta, Cristina, Lelan (Leandra), Maria y MariPaz, mis compañeras de piragua, de carcajadas y de gintonics en 40 Grados que lo curan todo.
Ellas siguen siendo mi red de seguridad. La distancia puede ser caprichosa y, en ocasiones, solitaria, pero me ha regalado la certeza de que no importa cuántos kilómetros nos separen: nuestra amistad es el lugar al que siempre se puede volver.
Cangas es tierra de gente cariñosa y valiente, de los que sostienen el mundo sin hacer ruido y ellas son así.
Esto también va por todos vosotros, los que cuidáis nuestras calles y nuestras tradiciones cada día, y continuáis tejiendo esa comunidad que tanto se echa de menos en la distancia. Gracias por mantener viva la esencia de Cangas.
Pregonar la fiesta: San Antonio en el alma
Ya voy llegando al final, y no quiero despedirme sin contaros lo que San Antonio significa para mí.
Porque San Antonio, en verdad, siempre estuvo ahí. Desde que era una cría, este día era el auténtico protagonista del año. Esos ensayos de pandereta con Fifi y esa subida antes de clase a la novena en la capilla eran el preludio perfecto para el gran día.
¿Y quién no se acuerda de los nervios de críos al subir a ver la foguera? Ese cosquilleo en el cuerpo porque al día siguiente tocaba despertarse pronto con el estallido de los voladores, la emoción de madrugar e ir a ver a Fifi a que nos pusiera el pañuelo —bien puesto, como a ella le gusta–. ¿Quien no se respiga al subir la Carreterona, al son del tambor y las panderetas?
Fuimos creciendo, y con los años llegaron las verbenas. Llegó esa alegría indescriptible de que nos dejaran quedarnos hasta las tantas... porque era el único día del año en que los horarios, simplemente, se rendían ante la fiesta.
Pero también recuerdo los monólogos más íntimos con San Antonio. Cuando tenía un examen difícil, subía hasta la Capilla y se lo contaba. Pusimos muchas velas en mi casa, y yo creo que sí que nos escuchaba.
Me acuerdo de aquellos San Antonios en el extranjero, cuando mi madre me llamaba por teléfono para que escuchara los voladores y la procesión. Se me hacía un nudo en la garganta y me prometía a mí misma: "El año que viene iré". Porque San Antonio es alegría, es devoción, pero sobre todo es comunidad. Es querer a la gente y sentirse querido. Es Cangas. Sois vosotros.
El día grande para mí es la culminación de todo el año. El Robledal se viste de gala el día 13, con esos pañuelos y monteras piconas que son nuestra bandera. Ese brillo de los abalorios y el azabache bajo el sol, nuestra historia bordada en terciopelo. Las panderetas y los cohetes resuenan en el cielo avisando de que Cangas está de fiesta.
Así que hoy, os pido que lo celebremos juntos. Brindemos por los que están aquí, por los que no pudieron venir, por los que vuelven cada verano atraídos por el imán de nuestra tierra, los que no son de aquí pero se engancharon y sobre todo, por los que nunca se fueron de nuestro recuerdo.
Se anuncian días de fiesta y quiero pregonarlo, decirle al mundo entero que hoy empiezan las fiestas de San Antonio, esta noche y mañana iremos de verbena al Robledal, el domingo dia de juegos y baile y luego el viernes que viene llegará la noche mágica de la Foguera — que guapo como ilumina la noche el rozu quemando en el Robledal –¡gracias Virgilio!—, y así llegamos al día grande. Que suenen las panderetas, que suban los ramos cuesta arriba, porque el Santo, engalanao, sabe bien que es su día.
Pero no se acabará ahí, habrá risas, culines, pujaremos por el pan y habrá fiesta hasta el amanecer. A la semana siguiente iremos todos en peregrinación a la Jira, merienda de prau y festival de luces sobre el puente romano para culminar las fiestas.
Celebremos lo guapo que es Cangas.
El Santo ya está listo, se viste de fiesta y sabe que va a salir a pasear al sol. Que la luz ilumine los pañuelos de las mozas y las monteras de los mozos, que brillen los abalorios y que las panderetas suenen tan fuerte que se oigan desde el picu del Arbolín, Llanu Cura y Caxidi.
No olvidéis nunca que vosotros sois lo que hacéis grande a esta ciudad. San Antonio lo sabe y yo, que hoy tengo el honor de ser vuestra voz, lo proclamo a los cuatro vientos.
Gracias de corazón. Felices fiestas. Que la alegría nos siga uniendo y que San Antonio nos proteja siempre.
AHORA ALZAD LA VOZ CONMIGO Y QUE EMPIECE LA FIESTA:
¡VIVA CANGAS DE ONÍS! ¡VIVA EL ROBLEDAL! ¡VIVA SAN ANTONIO!
¡PUXA ASTURIES!