viernes. 03.02.2023

Hace décadas que Javier Pedraces (Cangas de Onís, 1975) viene siendo él. El segundo libro de historia musical que saca a la luz lleva también el sello de su naturalidad narrativa -como la vital- mientras sigue un rastro de trece años al existir musical de Asturias, un poco demorado respecto al mundo anglosajón o mundo a secas. Vayamos al asunto.

Aprieta la obra un total de 438 páginas de buen papel y lúcido diseño, cargadas de contenido en una edición prestosa ya desde la portada, que remeda la agrietada textura de los éxitos de entonces. Agotada la funda por tantas manos en el sacar y guardar el vinilo, el libro sale de imprenta con la cara de un viejo amigo.

La edición tendrá éxito sin duda porque tiene un inmenso público potencial y porque el joven historiador desempolva con detalle el menudeo musical de una década, si no más, preñada de acontecimientos

Otra cosa es la década, que arranca en 1956 como el que esto escribe y termina al filo de los 70, abortadas las utopías del Mayo Francés. Porque estamos ante un libro de historia inadvertida, que hará mucho bien a los estudiantes dado que la oficial es menos verdad que las otras, sepultadas en el discurrir de cada día. Es tan difícil mentir en escena como en el fútbol, donde todo el mundo te ve y, si está de dios, te disfruta. Cualquiera de los carteles prorrateados entre las páginas del libro cuenta más de esa España que no era ni grande ni libre, que todas las ínfulas del tardofranquismo o los manuales al uso.

Ahora bien, que la década pujaba por romper la costra cultural era más visible en los grupos que en los discursos. La prolija selección de recortes y titulares certeramente maquetados en el libro, enseña bien la caspa que asediaba los espacios musicales, donde latían ya con acento extranjero las ganas de vivir. Los padres y abuelos de la época, mutilados todos por la guerra, vociferaban desde el otro lado de la brecha generacional, al igual que los conductores de diligencias lo hicieron con el ferrocarril. El libro cuenta cómo empezaba a desmoronarse el Régimen, estremecido por una sílaba repetida, ye-ye, y un conjunto de escarabajos cuyo mérito mayor -se recuerda en las páginas- era el furor que provocaban sus melenitas entre las fans, sin percatarse de que toda la época era adolescente.

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Fila superior, de izda. a dcha.: Eugenio López Noriega (Los Rebeldes), Felipe del Campo (Los A-2, Los Bríos, Salitre y muchos más), Javi Pedraces (autor del libro), Tomas del Campo (Los A-2, Los Brios), Carlos Fernández Miranda (Los A-2,Los Bríos), Esteban Delestal (Los Luke). Fila inferior, de izda. a dcha.: José Manuel Sánchez “Manolo Bordé” (Los Jaguars), Eduardo G. Salueña (Taller de Músicos de Gijón), Pedro Hernandez Álvarez (RTVE), María Antonieta Laviada (Las Sombras), Ramón Borrego (Los Llamas), Luis López Trueba (Los Movers),  José Miguel Díaz (Los Linces) y Luis Manuel Suárez “Sito” (Los Luke).

Pero conviene insistir en que estamos ante un verdadero libro de historia, llamado a completar eso que la familia no te cuenta, y que hay que esperar a que sus protagonistas se hagan abuelos para que lo confiesen, de la mano de Javier Pedraces, a los nietos de hoy.

Entonces, el viejo reconocerá que escuchó al Dúo Dinámico y a Micky y Los Tonys, que Los Brincos eran la opción ibérica y que Víctor Manuel acababa de salir para la capital con guitarra de emigrante en busca de un hueco en la fama nacional, que siempre se abría por Madrid. Y que todos ellos tenían honra y que era España la que permanecía sumida en la modorra. El libro, principalmente, muestra las fotos de un despertar.

La edición tendrá éxito sin duda porque tiene un inmenso público potencial y porque el joven historiador desempolva con detalle el menudeo musical de una década, si no más, preñada de acontecimientos. Porque envejecían los 50 con melodías de repetición, mientras el hastío se convertía en abono para los innovadores, con atuendo, letra y peinados socialmente incorrectos. De eso van las primeras 136 páginas de memoria histórica y musical, mientras que el resto de la obra aporta una síntesis desconocida: el álbum documental de los protagonistas, con apellidos de guerra, plaza y productos, que van a pasar de mano en mano entre generaciones mientras se escucha: mira, éstos son los que luego montaron aquello de…

Y habrá también tráfico entre regiones, pues uno de los aciertos del autor es traer el panorama internacional donde se preñaban los músicos -de pasta o casta- al paritorio peninsular con sala en Asturias, revelando que la globalización comenzaba a diluir el cordón sanitario de los Pirineos.

Con una coda: la auto-presentación de los conjuntos, bizarra hasta la médula, supone hoy toda una lección de diversidad. Cada grupo es diferente al de la foto anterior y a veces a las suyas propias, tan precarios como emancipados y libre la piscina de pirañas y redes. La potencia particular de cada salida disparaba a los conjuntos contra el cielo de la época, que era de cristal.

Buen trabajo y muchas gracias, amigo Javier.

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Diego Cabezudo y Javier Pedraces
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En el centro, los hermanos Tomás y Felipe del Campo, de Los Bríos, entre otras formaciones musicales.
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Muchos amigos del Oriente acompañaron a Javier en la presentación
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Pedro Hernández (de RNE) y Eduardo García Salueña (del Taller de Músicos de Gijón), junto al autor.
 

 

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