Hay una clase muy concreta de urbanita empedernido que acaba descubriendo el mundo rural como quien encuentra una habitación secreta en su propia casa. No llegan por tradición ni por herencia. Llegan tarde. Por matrimonio, por amistad o por una especie de nostalgia prestada. David del Pozo, el flamante concejal de Ganadería del Ayuntamiento de Llanera, pertenece exactamente a esa categoría: «Mi abuelo tenía alguna vaca cuando yo era pequeño. Cuando estaba estudiando la carrera tuve una relación un poco más intensa con el mundo del ganado debido a que mi mejor amigo empezaba a estudiar podología –en la actualidad es podólogo vacuno e instructor jefe de la Policía Nacional de caballería– e íbamos juntos a concursos de ganado».
DEL CENTRO DE OVIEDO AL MUNDO RURAL
Nacido en Oviedo, creció en la calle Campoamor de la capital «en el centro, centro». Fue su mujer, Montse, natural de Llanera «la que me arrastró un poco al pueblo» hace ya más de 20 años.
Del Pozo no habla como un político profesional. En realidad, ni siquiera parece sentirse del todo cómodo ejerciendo como uno. Lleva afiliado al PSOE desde los dieciséis años, sí, pero siempre prefirió «la parte oscura de la política», expresión magnífica que utiliza para describir el trabajo en segunda fila. Le interesaba más observar que mandar. Más la cocina que el escaparate.
Sin embargo, aquí está: concejal de Ganadería en un concejo donde las vacas importan más que muchos discursos. La política municipal, especialmente en concejos como Llanera, tiene bastante menos de ideología y bastante más de presencia física: «cuando me llaman intento estar», repite varias veces durante la conversación. Y ese «estar» incluye casi cualquier cosa: problemas con caminos, trámites, vacas enfermas o simplemente escuchar.
UNA FERIA MARCADA POR LA CRISIS ASTURIANA
Este año, además, le tocó estrenarse en el cargo en condiciones poco amables. La crisis sanitaria dejó fuera al ganado vacuno en la feria de San Isidro y convirtió la organización del evento en una especie de examen acelerado. «Gastamos la última bala en una reunión en Consejería», explica. La frase suena más cinematográfica de lo que probablemente pretende: «La decisión estaba tomada: no habría vacas. La justificación fue totalmente y desde el primer momento respetamos lo que nos trasladó el Principado», afirma.
Pese al revés, el Ayuntamiento activó un plan alternativo que permitió sacar adelante el certamen con éxito de participación y público. «No perdimos la fe hasta el último momento, sobre todo por el desfile, pero el plan B estaba preparado», explica.
La edición de este año coincidió además con varias novedades: la llegada de Eva María Pérez a la alcaldía y el estreno de Del Pozo como concejal responsable. «Fue un cúmulo de circunstancias que me preocupaban bastante», admite. Aun así, defiende que la maquinaria organizativa funciona gracias a la experiencia acumulada durante años y al trabajo técnico detrás del evento. «Organizar algo así no es solo sacar animales a la calle; hay cortes de tráfico, ambulancias y muchísimas cosas que coordinar».
Y, sin embargo, la feria funcionó.
Funcionó incluso demasiado bien. O eso parece cuando describe el volumen de público y la cantidad de operadores internacionales que acudieron al certamen: «franceses, belgas, portugueses… cada vez viene más gente de Centroeuropa. Esta feria históricamente es caballar», insiste varias veces. Como si quisiera recordar que la identidad de los lugares suele sobrevivir incluso a los contratiempos.
EL PROBLEMA QUE PREOCUPA AL CAMPO ASTURIANO
Del Pozo reconoce que pasó nervios. Muchísimos. «La noche antes te acuerdas hasta de las cosas que ya están hechas». Pero quizá lo interesante no sea eso, sino el hecho de que todavía le afecte. En tiempos de políticos entrenados para parecer inmunes al error, resulta casi desconcertante escuchar a alguien admitir inseguridad sin convertirla en pose.
Cuando habla del futuro del sector, en cambio, desaparece el humor. Ahí sí aparece la preocupación verdadera: el relevo generacional. «Muchos no saben quién va a quedarse después». La frase cae con peso. Porque detrás de todas las discusiones sobre precios, normativas o ferias ganaderas hay una cuestión bastante más simple y bastante más grave: quién seguirá levantando la persiana dentro de veinte años.
Tal vez por eso un hombre criado en pleno centro de Oviedo termina dedicando buena parte de su tiempo a pensar en vacas, caminos rurales y explotaciones familiares. Asturias está llena de historias así: gente que llega al campo por una puerta lateral y acaba encontrando allí algo parecido a una identidad.
UNA LEGISLATURA CORTA PARA MUCHOS PROYECTOS PENDIENTES
David del Pozo evita marcar grandes objetivos a largo plazo. El concejal de Ganadería de Llanera reconoce que el horizonte político hasta 2027 le parece demasiado corto para desarrollar todo lo que le gustaría impulsar desde el área. «Te mentiría si dijera que tengo algo concreto cerrado en la cabeza», admite, consciente de que el tiempo en política municipal pasa mucho más rápido de lo que parece desde fuera.
Más que proyectos concretos, lo que transmite es cierta frustración por no disponer de margen suficiente para avanzar en cuestiones que considera importantes para el sector. Habla de caminos comunales, mejoras básicas y de «mil cosas» pendientes para facilitar el trabajo diario de las explotaciones ganaderas del concejo. Su idea, resume, es que los profesionales del campo «dispongan de medios para poder realizar su actividad sin ningún tipo de problema».
En su discurso no aparecen grandes promesas ni anuncios ambiciosos, sino una visión mucho más pegada al terreno: resolver problemas cotidianos y mantener el contacto permanente con los ganaderos. Una forma de entender la política local donde la gestión diaria pesa bastante más que los titulares y los discursos.