La historia de Fuensanta no se entiende sin Asturias. Tampoco sin el agua que durante siglos ha brotado de las entrañas de Peñamayor ni sin las personas que han dedicado buena parte de su vida a preservar un legado que estuvo a punto de desaparecer.
José Luis Fernández Martín Caro habla de la empresa con la ilusión de quien acaba de embarcarse en un proyecto, no de quien lleva más de una década al frente de una marca que cumple 180 años. A sus 80 años, recorre cada día los pasillos de una fábrica impecable, presume de sus trabajadores, se entusiasma explicando cada máquina y sigue imaginando nuevos productos, nuevos mercados y nuevos retos. «Yo tengo solo 80 años, entonces espero tener mucho futuro», bromea.
Basta acompañarle unos minutos por las instalaciones para entenderlo. José Luis Fernández explica cada rincón de Fuensanta con pasión. Se detiene en los detalles de la maquinaria, en los controles de calidad, en los nuevos proyectos y, especialmente, en las personas que forman parte de la empresa.
Un agua con siglos de historia
La historia de Fuensanta comenzó mucho antes de que existieran las líneas de embotellado actuales. Según explica Fernández, existen vestigios que indican que los romanos ya utilizaban estas aguas termales, que emergen a unos 25 grados de temperatura. Monedas y restos de cerámica hallados en la zona apuntan a una utilización muy anterior a la creación del balneario.
La declaración oficial como aguas mineromedicinales de utilidad pública llegó el 31 de mayo de 1846, cuando se nombró un médico director y se puso en marcha el establecimiento termal. Desde entonces, miles de personas acudían a Nava atraídas por las propiedades terapéuticas de sus aguas.
«En España hay alrededor de 150 manantiales en explotación, pero que seamos mineromedicinales somos muy poquitos», señala Fernández, quien explica que «para que te den esa categoría tienes que haber acreditado mediante certificaciones médicas que las aguas tenían propiedades terapéuticas y habían contribuido a curar determinadas dolencias».
Aquellas aguas eran utilizadas para distintos tratamientos. Algunas estaban indicadas para problemas dermatológicos, otras para afecciones digestivas, renales o relacionadas con la anemia. Todavía hoy se conservan elementos históricos que recuerdan aquella época, como la conocida fuente del director o la bañera de mármol construida para Isabel II. Durante la Guerra Civil, el complejo se transformó en hospital de campaña, primero para un bando y después para otro. Esa circunstancia llevó a que la actividad nunca se detuviera completamente. «Probablemente sea la empresa asturiana más antigua con actividad ininterrumpida», asegura José Luis Fernández.
Una fábrica que mira al futuro
Doce años después, la transformación resulta evidente. Los actuales propietarios han invertido más de 20 millones de euros en modernizar las instalaciones y convertir la planta en una industria plenamente adaptada a los estándares tecnológicos más avanzados.
La sensación al recorrer la fábrica es la de entrar en un espacio donde cada detalle está cuidado al milímetro. El orden y la limpieza llaman la atención desde el primer momento. La maquinaria, de última generación, convive con amplios espacios de trabajo y con zonas acristaladas que permiten contemplar el paisaje exterior. Líneas de producción automatizadas, controles de calidad permanentes y sistemas de inspección que revisan cada envase forman parte del día a día de una planta que produce miles de botellas por hora y que distribuye en cuatro continentes.
Pero detrás de toda esa tecnología sigue estando el agua. Un agua que nace en la sierra de Peñamayor y que, según los estudios hidrogeológicos de la empresa, tarda entre seis y siete años en completar su recorrido subterráneo hasta llegar al manantial. Durante ese trayecto adquiere la composición mineral que ha convertido a Fuensanta en una referencia dentro del sector.
El orgullo de las personas
Si hay una palabra que José Luis Fernández repite durante toda la visita es una: equipo. «Lo más importante que tiene Fuensanta ahora mismo es su personal», afirma con rotundidad.
Presume de sus mandos intermedios, de la implicación de los trabajadores, de la evolución de la plantilla y de la capacidad de muchos empleados para aportar soluciones y mejoras en el funcionamiento diario de la empresa.
Lejos de conformarse con la producción tradicional de agua mineral, Fuensanta ha diversificado su catálogo en los últimos años. Refrescos elaborados con agua mineromedicinal, bebidas multifrutas sin azúcares añadidos, agua con zumo de manzana, gaseosa elaborada con agua mineral y una línea de cervezas propias forman parte de una estrategia que busca combinar tradición e innovación. «Cada año o cada dos años hacemos algo nuevo», explica Fernández.
Y los planes continúan. Entre los próximos lanzamientos figura una cerveza con limón y nuevos proyectos que permitan seguir creciendo sin renunciar a la filosofía que ha guiado a la empresa durante los últimos años: apostar por la calidad, la innovación y el arraigo al territorio.
Quizá ahí resida el secreto de Fuensanta, en seguir evolucionando 180 años después sin dejar de ser, en esencia, una empresa profundamente ligada a Asturias, a sus montañas, a su paisaje y a las personas que han hecho posible que su agua siga brotando generación tras generación.