Chirifa Emhamed ya sabe lo que es volver a Noreña. Este verano es el cuarto. Conoce a la familia, los lugares, las rutinas y hasta esas pequeñas cosas que al principio sorprenden y que después terminan formando parte de la vida cotidiana. Hana Matala, en cambio, estrena este año su verano en el concejo, aunque Asturias tampoco le resulta completamente desconocida: ya había venido anteriormente a la región. Las dos tienen 12 años recién cumplidos y llegaron a Asturias el pasado 6 de julio. Se marcharán el 3 de septiembre, cuando toque regresar a los campamentos saharauis. Entre una fecha y otra han ido construyendo su propio verano asturiano: piscina, playa, fiestas, amigos y muchas horas compartidas con las familias que las acogen.
Cuando se les pregunta qué es lo que más les gusta de Asturias, las respuestas son sencillas. La piscina aparece entre sus preferencias –«están de arena hasta las narices así que la playa no les llama mucho la atención», asegura entre risas Belén–, pero también hablan de la gente que han conocido, de los amigos y de los lugares que han ido descubriendo. «La gente de Asturias es muy buena», dicen. Para ellas, buena parte de la experiencia está precisamente ahí: en convivir durante unas semanas con una realidad muy distinta de la que conocen durante el resto del año.
También han probado sabores nuevos, en la tierra de los chacineros y las chacineras. La tortilla de patata figura entre sus platos favoritos, junto con la carne, el pollo y el filete con huevo y patatas. La fabada no ha tenido tanto éxito, al igual que las lentejas o los garbanzos que no terminan de convencerles demasiado. Pero el verano de Chirifa y Hana tiene detrás una historia mucho más larga. Belén Cueva lleva 33 años vinculada a la acogida de niños saharauis en Asturias. Ha visto cómo el programa alcanzaba las 320 familias y cómo, con el paso de los años, esa cifra se reducía. Este verano son 88 las familias participantes y 87 los niños que han llegado.
El reto, explica Cueva, es conseguir que más familias se animen a acoger. No hay un modelo familiar determinado. Puede ser una persona sola, una pareja o cualquier familia que disponga de una vivienda en condiciones y, sobre todo, de tiempo para atender al menor. «No hay ningún requisito más que atenderlos y darles todo el cariño posible: siempre recibes muchísimo más de lo que das», resume. Su propia historia con la acogida comenzó hace 33 años, después de que su hijo, entonces pequeño, le pidiera tener un hermano. Aquel primer verano esperaba recibir a un niño de seis, siete u ocho años y terminó acogiendo a un adolescente de 14. Desde entonces, los niños saharauis han formado parte de sus veranos.
La alcaldesa de Noreña, Amparo Antuña, quiso reconocer esa labor con una recepción en el Ayuntamiento. Chirifa y Hana recibieron material escolar y una camiseta del Condal, el equipo de fútbol de Noreña, para cada una. Antuña aprovechó también para animar a otras familias a participar y confesó que le gustaría conocer algún día los campamentos saharauis. «Estoy segura que hay un antes y un después de en la vida tras conocer aquella realidad de primera mano».
Cuando Chirifa y Hana regresen a los campamentos en septiembre, el verano en Noreña quedará atrás. Pero la historia no terminará con ellas. El próximo verano, si todo sigue como hasta ahora, otros niños y niñas saharauis volverán a Asturias gracias al trabajo de la Asociación Asturiana de Solidaridad con el Pueblo Saharaui y, sobre todo, a la colaboración imprescindible de las familias que cada año deciden abrir las puertas de sus casas. Porque detrás de cada menor que llega hay una familia dispuesta a compartir su tiempo, su hogar y su verano. Y detrás de cada despedida queda la esperanza de que, unos meses después, otros niños puedan ocupar su lugar.