jueves 19/5/22

Terminaba el verano. Comenzaban las clases. El trabajo continuaba. Era cuando todos nos arrimábamos más aún. Era septiembre cuando las tardes atardecían más temprano con una luz escasa, las mañanas se hacían más remolonas, casi a oscuras; era cuando las madres corrían para una olvidada compra porque el horario de los críos volvía a ser el de siempre; era el tiempo de las reuniones, a eso de las cinco, de los chavales de vuelta de la escuela y un poco más tarde de los mayores que venían de trabajar. Todo volvía a su equilibrio en silencio. Era S. Miguel en el Cobayu.

Los viernes era el día del “todo comienza” y para las comisiones el del “todo comienza de acabar porque todo tiene que estar hecho”. El viernes fue día de premios y espichas, de pregones y veladas,  de certámenes y verbenas. Pero sobre todo fue el día del futbito. El viernes nos íbamos acelerando con la llegada de los coches de choque, los caballitos, las tómbolas, el balancín, el tiro, un repertorio de feriantes que cada año nos sorprendía con nuevos estilos y, sobre todo, por la rapidez de su instalación. Aquel montaje traía consigo el auténtico pistoletazo del inicio de S. Miguel. Era la forma de decir que, en Septiembre, el viernes de S. Miguel era algo más que un día de fiesta.        

El viernes era un día de nervios, de nervios como los de un quinceañero en su primera cita y citas que se daban para concretar los amores de finales de verano y veranos que no se terminaban del todo porque el viernes de S. Miguel hizo que todos nos relamiéramos. El viernes era el día de las prisas. O de  las prisas por los nervios. Y las prisas tenían su murmullo en cada portal, en cada puerta de una tienda. Era el día de concretar la comida del domingo, de una última idea para hacer que el menú fuera más excelente que el de diario.        
Así eran los viernes de S. Miguel en el Cobayu, algo que vivíamos apasionadamente, como cuando cantamos una canción con el alma y, sin embargo, por ser los cantantes, no podemos escucharla.
Era en esos momentos de Septiembre cuando quise no crecer y permanecer arropado entre aquellos ruidos para siempre. El ruido de mi barrio es la nana del bebé que aún llevamos dentro, aunque cada vez se nos escapa más. Ese ruido aún me evoca sensaciones que me tararean dónde estuvo la cuna de mi infancia.

El viernes
Comentarios