jueves. 18.08.2022

Acaban las elecciones y las vallas publicitarias, banderolas y demás clásicos que muchos aborrecen. Pero, no se preocupen, comienza el siguiente clásico: los pactos post-electorales. Cada 4 años, dirigentes de partidos que se descalificaron en campaña, rebajan críticas, señalan el ambiente cordial y apuntan las grandes coincidencias en su programa. Como en una película de amor, lo que parecía imposible tras las elecciones, poco a poco se convierte en un flechazo. Primero (¡faltaría más!) se habrán dejado querer anunciando obstáculos casi insalvables que terminan siendo bien salvables. Se llamarán por teléfono, conocerán a hijos y familias y celebrarán jugosas comidas en reservados de restaurantes. Incluso alguno se auto-engañará con que el alcalde corrupto de su concejo es un pedazo de pan al que las dificultades presupuestarias le han obligado a privatizar el agua a empresas amigas (¡a cambio de regalos y estancias en balnearios!).
En algunos casos, las direcciones de los grandes partidos pretenderán repartir con escuadra y cartabón el poder municipal, sin contar con los vecinos afectados. Como contraprestación, se ocuparán concejalías (o consejerías), se repartirán plazas en decenas de chiringuitos oficiales, antes de reclamar los logros del pacto logrado. No se preocupen, en 3 años y medio se señalarán los múltiples incumplimientos y las profundas diferencias que justifican un alejamiento que coincide con la llegada de nuevas elecciones. Y vuelta a empezar.
Llevamos 30 años con el mismo disco rayado, pero ¿queremos este guión? Han de anteponerse los intereses de la gente: rebajemos sueldos a políticos, impulsemos medidas contra la corrupción y desarrollemos un rescate ciudadano. Y para ello es necesario terminar con el conchaveo, poner luz y taquígrafos, suprimir reuniones en reservados de hoteles y asegurarnos que las decisiones de cada ayuntamiento se toman en ese concejo. No se debate sobre sillones porque el único pacto es con la gente.

Pactos de sillones
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