La realidad de muchos jóvenes en el Oriente asturiano es cada vez más complicada: trabajar ya no garantiza poder independizarse. Encontrar un alquiler para todo el año en concejos como Parres, Ribadesella, Llanes o Cangas de Onís, entre otros, empieza a convertirse en una auténtica carrera de fondo en una comarca marcada por el empleo temporal, la dependencia del turismo y un mercado inmobiliario cada vez más tensionado.
Los datos reflejan esta situación. La tasa de emancipación juvenil en Asturias cayó del 18 % en 2024 al 16,7 % en 2025, según datos del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España, situándose entre las más bajas de los últimos años. Aunque la variación de un año a otro no es especialmente alarmante, el contexto sí lo es: más de ocho de cada diez jóvenes asturianos de entre 16 y 29 años continúan viviendo con sus padres por falta de oportunidades.
Pero para muchos vecinos de la comarca este problema no ha empezado ahora. Aunque el acceso a la vivienda se ha agravado enormemente en los últimos años, especialmente tras la pandemia y el auge del alquiler vacacional, la sensación de falta de oportunidades lleva mucho tiempo empujando a jóvenes fuera de Asturias.
Alejandro Collía Fernández, natural de Arriondas y residente en Madrid desde hace casi nueve años, forma parte de esa generación que se marchó en busca de un futuro mejor. «Yo me vine un poco por casualidad, pero lo que me hizo quedarme fueron las oportunidades laborales, como a mi primo y a muchos otros amigos de mi generación», explica.
Antes de instalarse definitivamente fuera, su trayectoria en Asturias fue una sucesión de empleos temporales en sectores completamente distintos entre sí. «Trabajé en fábricas, de camarero, en turismo activo, de conserje… un poco de todo. Era ir tirando con lo que salía», recuerda.
Su historia es muy similar a la que atraviesan buena parte de los jóvenes del Oriente de Asturias en la actualidad. «En aquella época no había una perspectiva clara de futuro. Mandabas currículums y no te llamaban de ningún sitio, a menos que te enviara algún conocido», lamenta.
Aunque insiste en que la situación actual es todavía peor, Collía recuerda que hace una década el panorama laboral ya estaba marcado por la temporalidad y se limitaba practicante al turismo. «Arriondas son tres meses de canoas o de camarero y se acabó», resume. Aun así, explica que entonces todavía existía cierta posibilidad de sobrevivir enlazando temporadas y alquilando viviendas asequibles en los pueblos de la zona.
«Antes el problema era pagar el alquiler. Ahora el problema es directamente encontrar dónde vivir», asegura. «La gente que venía a trabajar en turismo activo durante la temporada de verano encontraba una casa en cualquier pueblo por 300 o 400 euros, donde podía establecerse y más o menos tirar. Ahora no hay nada para todo el año», subraya.
Este cambio coincide con la drástica transformación que ha vivido el mercado inmobiliario del Oriente en los últimos años. Desde la pandemia, cada vez más viviendas han pasado del alquiler residencial al turístico, mientras aumenta también la llegada de compradores procedentes de otras comunidades atraídos por la calidad de vida, el entorno natural y la posibilidad de teletrabajar. El resultado, según reconocen inmobiliarias y vecinos de la zona, es un mercado cada vez más tensionado, con menos oferta para vivir todo el año y precios muy superiores a los de hace apenas unos años, dando como resultado una situación cada vez más parecida a la de otros destinos turísticos nacionales donde el acceso a la vivienda lleva años expulsando a población local y jóvenes.
Precisamente este fenómeno ha obligado incluso a algunos ayuntamientos a empezar a intervenir. En Llanes, uno de los municipios con mayor presión turística, el Ayuntamiento renovó en 2025 la suspensión de nuevas licencias para viviendas vacacionales y fijó un límite máximo del 5 % por núcleo de población, considerando “saturadas” las zonas que superen ese porcentaje.
Para Alejandro Collía, sin embargo, el problema va mucho más allá de la vivienda. En su opinión, la comarca ha ido perdiendo tejido económico y oportunidades estables durante los últimos años. «Todo gira alrededor del turismo», lamenta. Recuerda una Arriondas con más bares, pubs, tiendas y pequeños negocios abiertos durante todo el año, donde, pese a la precariedad, todavía era posible ir enlazando trabajos y “tirar”. «Yo con 20 años podía trabajar poniendo música, de camarero o enlazando varios trabajos y ganabas dinero. Había más movimiento y más vida», asegura.
Muchos de aquellos locales y empresas donde trabajó acabaron desapareciendo y, según explica, las oportunidades se han ido reduciendo hasta quedar prácticamente limitadas a la temporada turística. «Ahora muchos chavales trabajan tres meses y luego nada», señala.
Tras trasladarse a Madrid, Alejandro pasó primero por varios trabajos precarios antes de conseguir estabilidad. El primero fue en una empresa láctea, en un puesto muy similar a los que había desempeñado anteriormente en Asturias. «No todo es llegar a Madrid y triunfar. Hay trabajos malos en todos lados y al principio también me tocó pelear bastante», reconoce.
Su situación cambió durante la pandemia, cuando una multinacional vinculada a la industria química y sanitaria comenzó a contratar personal ante la enorme demanda de producción. Aunque no tenía experiencia en el sector, decidió intentarlo. «Cuando vieron mi currículum se quedaron sorprendidos. Había trabajado en turismo activo, de camarero, en fábricas, de conserje… era un batiburrillo de cosas”» recuerda entre risas.
Aun así, la empresa apostó por formar desde cero a nuevos trabajadores y aquella oportunidad terminó cambiándole la vida. «Es la primera vez que me siento profesionalmente asentado. Ahora sé que, si pasase algo con mi trabajo, en poco tiempo encontraría otro porque ya tengo experiencia y una carrera dentro del sector», asegura.
Aunque durante sus primeros años en Madrid no terminaba de encajar con el ritmo de la ciudad, con el tiempo acabó encontrando un entorno mucho más parecido al que había dejado atrás en Asturias. Actualmente vive en la sierra madrileña, en Bustarviejo, rodeado de naturaleza y muy vinculado al montañismo. «Al final encontré mi pequeña Asturias aquí», cuenta.
Pese a ello, insiste en que marcharse nunca fue una decisión sencilla. «Lo triste no es irte. Lo triste es preguntarte por qué no hay estas oportunidades allí», reflexiona. Sobre su llegada a Madrid, asegura que siempre se sintió bien acogido. «En Madrid se valora muchísimo a los asturianos. Nunca me sentí un extraño», explica.
Por eso, aunque reconoce la dureza que supone dejar atrás la tierra donde uno creció, anima a los jóvenes a no quedarse esperando oportunidades que quizá nunca lleguen. «Hay que echar valor y salir a buscar la vida que quieres», concluye.