Andrés Martínez pregonó la Semana Santa de Infiesto, que hoy recrea La Última Cena

Ayer se celebró la misa en recuerdo de los Cofrades difuntos y pregonó Andrés Martínez, Cronista Oficial del Piloña y miembro del Ridea.
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photo_camera Andrés Martínez pregonando la Semana Santa de Infiesto.

Andrés Martínez Vega pregonó la Semana Santa de Infiesto, que organizan la Cofradía del Santo Cristo de la Misericordia y la Cofradía del Vía Crucis Viviente de Infiesto. El pregón tuvo lugar en una abarrotada iglesia parroquial de Infiesto donde hoy, Jueves Santo a partir de las 18 horas se celebrará la misa de la Cena del Señor, cantada por la Coral Polifónica Piloñesa.

Seguidamente llegará uno de los grandes momentos de la Semana Santa de Infiesto, con la escenificación de la Última Cena, la Oración y prendimiento en el Huerto de los Olivos y Jesús ante el Sanedrín.

A las 21:30h saldrá la procesión del Nazareno y a las 23h habrá Hora Santa e la iglesia parroquial.

Pregón de Andrés Martínez Vega

PAZ Y BIEN

     Con esta sencilla y humilde expresión franciscana, que aún parece resonar bajo estas centenarias bóvedas, desde que el ilustre párroco don Juan Díaz Caneja trajera a celebrar a esta parroquia a los franciscanos misioneros, encargados de predicar en días tan señalados como son los de la Semana Santa; y con la emoción contenida que me causa dirigirme a todos Vds., precisamente, ante estos monumentales murales de los hermanos Uría, que coronan este grandioso presbiterio, quisiera agradecerles su asistencia y el honor con que me habéis distinguido al ofrecerme la posibilidad de poder narraros, a modo de pregón, mis experiencias y averiguaciones respecto a esta Semana Santa piloñesa, no como lo hiciera nuestro recordado beato Rafael Arnaiz, monje trapense, cuando siendo aún joven «temblaba, estremecido bajo las bóvedas de esta iglesia y ante la contemplación de este Cristo, pieza clave de nuestra Semana Santa al que profesaba tanta devoción; si no que me aproximo con la madurez de quien se acercó a ella, coincidiendo con una importante etapa vital  en esta villa, y con los ojos escrutadores que le permitieron considerarla  como la Semana Santa de las más importantes de cuantas se celebraban en la comarca oriental asturiana, y no precisamente por la riqueza plástica que pudiera exhibir año tras año; si no por su antiguo itinerario histórico, enraizado en siglos atrás; y por el testimonio de fidelidad de un pueblo durante tantos siglos para mantener esa tradición religiosa, que celosamente custodiais los anónimos cofrades, transmitiéndola a vuestros hijos, que como savia nueva revitalizan el grupo que formais esta Hermandad, un hecho antropológico realmente digno de estudiar.

     A todos vosotros, por tanto, mis palabras de hoy y mi expreso reconocimiento

Como todas las primaveras, que diría Antonio Machado, entre marzo y abril, y tal es el comportamiento en todo el orbe católico, celebramos los misterios de la Pasión, Muerte, Sepultura y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Es habitual que a pesar de ser fiesta movible nos preguntemos: Cuando cae este año la Pascua?, Nuestra respuesta casi siempre es la misma: Este año cae muy pronto, o muy tarde; pero pocas veces nos preguntamos el porqué de esto, que en principio parece una anomalía.

No es así, el calendario litúrgico de la Iglesia católica se enmarca en varios ciclos y dentro de estos hay fiestas fijas y variables. La principal fiesta del año litúrgico es la  Pascua de Resurrección, que siempre se celebra el domingo posterior a la primera luna llena del equinoccio de primavera. Así viene siendo durante siglos, tal como nos lo representan e interpretan en sus lienzos los numerosos artistas, que en toda la historia de la pintura universal, desde el románico al barroco y a la actualidad, representan la escena de Jesús en el Huerto de los Olivos en un ambiente oscuro y tenebroso, tan sólo iluminado por la enorme luna llena que suele dibujar su silueta, la de un hombre apesadumbrado y afligido.

Llegó, asi pues este año, como en siglos atrás, el momento de que en esta tierra de belleza sin igual y de probada religiosidad, cual es este concejo y villa de Infiesto, se ponga en marcha aquél precepto temporal y universal para celebrar la Semana Santa.

Guardiana de esta tradición es, en efecto, la cofradía que hoy aquí nos ha convocado, la del Santísimo Cristo de la Misericordia y Virgen de los Dolores, que según he podido comprobar en la documentación conservada siempre fue rigurosa en conjugar con la mayor fidelidad posible los tiempos y los cultos o actos procesionales; consta así como la procesión de la Soledad, que se había perdido y recientemente recuperado, se celebraba al igual que actualmente, por la mañana, entre luz y luz, al amanecer; a la hora nona, hacia las tres de la tarde, en recuerdo de la hora aproximada de la muerte de Cristo, se celebraba un acto litúrgico; y en los maitines del Viernes Santo se cantaba el Oficio de Tinieblas, que se realizaba en el templo con todas las luces apagadas, estando encendidas únicamente las 15 del tenebrario, un candelero con forma de triángulo en cuyos lados se colocaban 14 velas, once por cada apóstol, excluido Judas; tres en recuerdo de las tres Marías y un cirio en el vértice superior representando a María, madre de Jesús, y a Cristo. La ceremonia empezaba con un Benedictus y el rezo de un salmo tras de lo cual se apagaba una vela; así sucesivamente con cada vela hasta que sólo quedaba encendida la vela más alta que representaba al propio Cristo.

      Era habitual en algunas parroquias asturianas, en todas las de Piloña y en esta misma parroquial de Infiesto, establecida con anterioridad al año 1893, en San Juan de Berbío, que al apagarse este último cirio se entendiera como el momento de la muerte de Cristo por lo que los asistentes al oficio hacían gran estruendo con carraques y matraques e incluso con palos, golpeando el suelo para simular el terremoto y estruendo que se había producido, según el texto evangélico de San Mateo, a la muerte del Señor.

Con anterioridad a la guerra civil este Oficio de Tinieblas ya se realizaba en este templo dirigido por los Clerigos de San Viator, una congregación religiosa establecida en esta villa, concretamente en el edificio que tenemos enfrente, conocido como el Mesón, y que se dedicaban a la educación de jóvenes. Ellos prestaban mucha atención a las festividades litúrgicas de la parroquia y, sobre todo, a la Semana Santa y al Oficio de Tinieblas que, como se dijo, dirigían y señalaban, al apagarse el último cirio, el momento de batir en el suelo golpeando sus propios breviarios con las manos.

    Este ceremonial religioso ya forma parte de un depurado ritual propugnado por los valores de la Devotio moderna, en los que la religiosidad y la espiritualidad se manifiestan profundamente cristocéntricas, adquiriendo un notable protagonismo iconográfico los relatos de la vida de Jesucristo, particularmente las escenas relativas a su Pasión y Muerte.

     Paralelamente la literatura espiritual barroca invitará a los fieles a acercarse a los misterios de la humanidad de Jesucristo y al sacrificio de la cruz por los caminos de la meditación, la contemplación y la escenificación de esas escenas de Pasión que esta cofradía saca a la calle como un recurso catequético para los fieles  -El Nazareno, El Cristo atado a la columna, El Santo Entierro, La Soledad- polarizando el sufrimiento de Cristo en un sentimiento religioso propio, que exalta las prácticas penitenciales y deja profundas huellas, tal como desde siglos atrás las dejó en el arte y en la poesía, como nos indica el popular soneto, atribuido por algunos a Santa Teresa,

No me mueve mi Dios para quererte

El cielo que me tienes prometido,

Ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

Clavado en una Cruz y escarnecido,

Muéveme ver tu cuerpo tan herido,

Muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

Que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

Y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,

Pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

 Está claro que la historia de la Semana Santa de Infiesto está muy mediatizada y estuvo casi a punto de perderse coincidiendo con el arreglo Parroquial del obispo Martínez Vigil en 1893 al favorecer el abandono de la primitiva sede parroquial de Infiesto en San Juan de Berbío y  crear ex novo  en esta villa la de San Antonio de Padua, entre cuyos muros nos encontramos.      

Permitirme, por tanto, que en este pregón os recuerde que esta Semana Santa piloñesa tiene unos profundos antecedentes históricos, que hunden sus raíces en la Edad Media, y que me propongo daros a conocer aunque muy someramente con el fin de que podamos apreciar y sentirnos orgullosos de ese patrimonio inmaterial que nos rodea y que suele pasarnos desapercibido por falta de conocimientos. Cumpliría así con esa función del pregón de constituirse en puerta para el conocimiento de nuestra historia y tradiciones, pero también para contextualizar esa oportunidad de aprovechar la Semana Santa como el tiempo para vivir los días más intensos de nuestra fe, esa fe cristina que rebosa serena alegría, la que nace, precisamente, de la Resurrección

Pues en efecto, en la primera década del siglo XII tenemos asentado en estas tierras de Piloña a uno de los monasterios más importantes de León, el monasterio de San Pedro de Eslonza, localizado en esta localidad situada al otro lado de la cordillera, entre los ríos Esla y Porma,

Su asentamiento en Piloña viene determinado por una concesión real de la reina doña Urraca y por la política de la Corona que le otorga un amplio coto territorial, es decir, un espacio geográfico, en donde la comunidad de monjes levanta sus dependencias monásticas, el priorato; su iglesia que pronto será parroquial, la de San Juan de Berbío; y un amplio espacio territorial limitado por la margen derecha  del rio Piloña, el ámbito de la actual villa de Infiesto, en donde los benedictinos castellanos también erigen hacia el siglo XIII un hospital para pobres y peregrinos bajo la advocación de Santa Eugenia.

 La titularidad de esta santa francesa parece que estaba muy determinada por la devoción de los peregrinos franceses que por aquí pasaban en dirección a la Sancta Ovetensis. El edificio de este hospital que incluía su propia capilla se levantaba en lo que hoy es la plaza de Santa Teresa y la calle Santa Eugenia, al lado del camino real, lo que conocemos como La Pedrera, y fue destruido a mediados del siglo XIX; siendo en las primeras décadas del siglo XX , ayer como quien dice, cuando se destruye la capilla al proceder al ordenamiento urbano  que dio lugar a la actual plaza del ayuntamiento y a su espléndida escalinata que, rematada con la espectacular rejería de forja de hierro, fue diseñada por el mejor arquitecto de la época, hoy ya en la historia de la arquitectura asturiana y española, don Juan Álvarez de Mendoza.

Piloña dispone de una importante situación estratégica en la red viaria del Principado, al situarse durante la Edad Media en cruce de caminos y entre importantes centros religiosos, pues a la presencia de la abadia leonesa en estas tierra habría que sumar el monasterio de benedictinas de Villamayor, la cercanía de la inmediata abadía de Valdediós con un importante patrimonio territorial en Piloña; y por si fuera poco, contamos en el año 1385 con la presencia de otra comunidad compuesta por doce monjes cistercienses y un abad en Villamayor.  

Pues bien, como puede esperarse, la presencia desde tan tempranas fechas de estos centros religiosos en nuestras tierras, ha tenido muchas repercusiones en la vida cotidiana de los piloñeses  que ahora, y como es obvio, no podemos abordar, y tan sólo limitarnos a citar las de carácter catequético y evangelizador por la incidencia que tuvieron en su momento sobre la población.

En el fondo documental del monasterio de San Pedro de Eslonza se encuentran referencias en sus libros de cuentas a los cargos y descargos del hospital de Santa Eugenia, y entre estas referencias conocimos la presencia de penitentes y flagelantes, adscritos al  hospital de peregrinos de Santa Eugenia, que desfilan flagelándose en el Vía Crucis que se celebraba bien entrado el atardecer, al anochecer, del Jueves Santo desde el hospital de Santa Eugenia hasta la Iglesia de San Juan de Berbío.

Este acto penitencial, documentado también en la cercana villa de Villaviciosa nos remonta a los lejanos tiempos bajomedievales, que coinciden con el establecimiento del Cister, a principios del siglo XIII en las cercanas tierras de Valdediós y con la fundación del hospital de Santa Eugenia en Infiesto por los benedictinos leoneses, también en esa época.

      Efectivamente, este hospital de Infiesto es una fundación de la comunidad de monjes dispuestos a dispensar la hospitalidad que imponía el artículo LIII de la Regla de san Benito. Como en la generalidad de casi todos los monasterios esta función hospitalaria la ejercen, en ocasiones, lejos de la abadía en núcleos de población importantes, nacientes como es el caso de esta villa, o en vías o pasos muy frecuentadas por caminantes; en este caso suponemos que entre otros estarían los peregrinos jacobeos. Un converso o hermano lego, sería el encargado de dispensar el auxilio fuera de los límites de la abadía, como pudo ser el caso de este hospital de Infiesto.

La presencia de penitentes y flagelantes, por tanto, en aquellas primitivas Semanas Santas de esta villa considero que están estrechamente relacionadas con el modelo penitencial cisterciense y benedictino, transmitido a través de sus enseñanzas y de su presencia. Las prácticas de penitencia pública comenzaron a generalizarse en Europa a partir del siglo XIII y tras las reflexiones de San Anselmo, monje benedictino y, fundamentalmente, de San Bernardo, figura clave del Cister.

 Serán, precisamente, a raíz de las meditaciones y fervorosa actividad de este santo sobre la Pasión de Cristo cuando se iniciará la valoración de la dimensión humana de Jesús, y se impulsará enormemente la devoción por su Pasión; especialmente por las Cinco Llagas, aspecto que también contempló y compartió San Francisco; y que los bernardos y benedictinos recuperan con su retorno a las fuentes primitivas y con prácticas  que incluían la flagelación o el uso de ropas ásperas que hieran el cuerpo, fruto de lo cual es su propio hábito, confeccionado con lana áspera, con lo que ofrecen un testimonio muy subliminal de lo que es el sufrimiento, la mortificación y la flagelación, al modo del padecimiento de Cristo.

 ¿Puede extrañarnos, por tanto, la presencia de devotos y fieles flagelantes en el hospital que la abadía leonesa regía en esta Villa?. ¿No está estrechamente vinculada esta penitencia al fenómeno penitencial benedictino, y sus orígenes no es razonable relacionarlos con la evangelización y catequética dispensada por estos monjes  desde el momento en el que se establecen en el priorato de San Juan de Berbío y en la fundación hospitalaria de la villa de Infiesto?.

Particularmente no me cabe la más mínima duda porque este caso de Infiesto se constata en otras latitudes peninsulares, en territorios en donde estuvieron estableciadas grandes abadías, como es el caso de tierras del Esla en donde la influencia de Eslonza aún pervive en este tipo de manifestaciones religiosas. También en tierras de Zamora, en pueblos de la sierra de la Culebra, sometidos en otros tiempos a la influencia de la gran abadía de Santa María de Moreruela, subsiste  este fenómeno religioso de penitentes y flagelantes, que he podido comprobar personalmente hace unos años, en mi época de profesor por aquellas tan queridas e inolvidables tierras.. Son manifestaciones de la Semana Santa castellana, la caracterizada por su sobriedad, el silencio y la fe.

Las raíces de nuestra Semana Santa también estaban inspiradas en principios devocionales de siglos atrás y fueron objeto de olvido. No me extraña porque la Semana Santa de la villa de Infiesto debió de hacer frente a muchos inconvenientes, que el destino le deparó hasta llegar al dia de hoy gracias, bueno es decirlo, a los abnegados cofrades que sentís esta celebraciones como algo vuestro.

La primera dificultad a vencer fue el traslado de la parroquia, desde su primitivo e histórico lugar de Berbío, a la villa de Infiesto. Una decisión aprobada en el conocido Arreglo Parroquial que se lleva a cabo en el año 1892 por el obispo Martínez Vigil. El proyecto hacía años que se barruntaba entre los vecinos, pero para llevarlo a cabo era necesario la edificación de una nueva iglesia y hasta tanto… el obispo visita en su casa de Infiesto al marqués de Vista Alegre, don Luis María Unquera y Antayo, y consigue no sólo medios económicos para levantar el nuevo templo, sino también la autorización para que la capilla privada de la Obra Pía del egregio marqués hiciera las veces de parroquial hasta la construcción de la nueva iglesia.

En ese mismo año de 1892 se bajaron de la iglesia de Berbío a la capilla de la Obra Pía, ,conocida en aquella época como la de San Antonio, tres imágenes de Semana Santa, las de mayor tradición histórica, La conocida como Jesús clavado en la Cruz, una imagen articulada de un Crucificado de mucha devoción en toda la comarca, y al que peregrinaban devotos de Campo de Caso y de otras partes de la región durante todo el año. La oración que se le rezaba a este Crucificado aún se conserva enmarcada en un pequeño marquito en un altar de la Obra Pía, y en el mismo consta la indulgencia plenaria para los fieles que reciten dicha oración.

Otra imagen bajada de Berbío fue una Dolorosa que, aunque vestida con los gustos de la época, no era articulada, según pude comprobar, sino una imagen de grandes dimensiones, en madera policromada, y posiblemente de factura muy antigua.

Por último se trasladó a la capilla de San Antonio o de la Obra-Pía de Infiesto una urna con un Cristo yacente. Fueron los tres únicos pasos que se bajaron de la antigua parroquial; tal vez, por falta de espacio no se bajaron otras piezas como pudo ser un Cristo atado a la columna, del escultor Antonio de Borja y algún otro recuerdo de la primitiva Semana Santa de Infiesto.

El traslado de estos pasos estuvo a cargo de los miembros de lo que podría ser una antigua cofradía, de la que hemos perdido su rastro a partir de este momento. No obstante, los tradicionales actos de la Semana Santa se siguieron celebrando                         y si no con el esplendor y la riqueza plástica del histórico patrimonio de la vieja parroquial de Berbío, sí con la dignidad y solemnidad que requería una villa tan importante como era en aquellos tiempos la villa de Infiesto.

Todo parece indicar que en esta nueva etapa el patrocinio de la Semana Santa de Infiesto corrió a cargo de la Casa Vista Alegre, tal vez al ser la que custodiaba en su capilla la imaginería. Esta responsabilidad de las celebraciones de la Pasión supongo, sin miedo a equivocarme, que la había contraído esta familia porque en agosto del año 1893 fallece en su casa de Infiesto el marqués de Vista Alegre y su heredera y sobrina, doña Presentación  de Tineo y Unquera, residente y casada en Madrid con el prestigioso catedrático de la Universidad Complutense, don Julio Piernes Hurtado, viene todos los años a pasar la Semana Santa a Infiesto para procesionar tras el Cristo Yacente en los actos del Santo Entierro.

En el archivo familiar de la Casa Vista Alegre constan los gastos de cera y limosnas que doña Presentación repartía el Jueves Santo a los pobres de todo el entorno y de los concejos limítrofes, que se acercaban para asistir a los Oficios y, especialmente, a los doce encargados de portar los velones encendidos que custodiaban en la procesión del viernes Santo la urna del Cristo Yacente.

En esta tarde-noche del Viernes Santo y previo a este cortejo procesional, se escenificaba en la plaza de la Obra Pía, conocida en aquella época como la Plaza de la Loza, el Descendimiento a la manera de un auto sacramental como en realidad hoy, de nuevo, lo representáis de forma tan magistral esta nueva cofradía, la del Vía Crucis Viviente que desde hace pocos años colaboráis tan estrechamente; y tras esta representación marchaba la procesión por el casco antiguo, por la calle que se llamaba en aquella época «calle de los capellanes» o Santa Bárbara, por el puente vieyu, por delante de la casa del marqués y regresando por la calle principal a la Obra Pía.

Acompañaba el recorrido del Santo Entierro, constituido con los pasos de Jesús en la Cruz, la urna con el Cristo yacente y la Madre Dolorosa, la marquesa de Vista Alegre ataviada de riguroso luto, mantilla española y acompañada de un grupo de señoras de la villa. Creo que en este gesto se encuentran las raíces de esa tradición que hace años habéis recuperado de procesionar de nuevo con mantillas, tal como se hacía desde finales del siglo XIX..

No faltaban tampoco en aquellas manifestaciones religiosas la presencia de un numeroso y nutrido grupo de capuchones vestidos con hábito morado y cíngulo blanco, al modo franciscano. Eran estos un colectivo muy numeroso y solamente constituido por hombres que, según alguna información, llevaban sobre el pecho una tira prendida, de color morado con una pequeña medalla o crucifijo. Era, seguro, el distintivo de cofrades, una señal que protocolariamente deberíais de recuperar la directiva de la actual cofradía para todos los miembros y para los cofrades de nuevo ingreso.

Así se consolidó la Semana Santa de Infiesto hasta que en el año 1912 se inaugura este templo parroquial de San Antonio, en donde ya los actos cuaresmales adquieren otras maneras de celebración y otros espacios. Los pasos de la Semana Santa, de nuevo, se trasladan desde la Obra Pía a esta Iglesia; sin embargo, a los pocos años ya  el acto del Desenclavo no se lleva a cabo ni asiste doña Presentación, marquesa de Vista Alegre, a los actos de la Semana Santa piloñesa.

Nuevas formas para nuevos tiempos; ahora, sin embargo, el miércoles Santo se hacía un Via Crucis por la calle, dirigido por predicadores franciscanos capuchinos, que desde algunos balcones de las calles por donde pasaba el recorrido exhortaban al pueblo, que con devoción y entusiasmo seguían al Crucificado. El resto de los viernes de Cuaresma el Viacrucis se cantaba en la iglesia con un devocionario, que tenían todos los feligreses; la celebración estaba dirigida por los frailes de San Viator, los populares Viatores, que componían piezas musicales de carácter liturgico para el coro parroquial que dirigían y para todos los feligreses. El Viernes de Dolores había misa votiva a la Dolorosa y el Vía Crucis con esta imagen, cruz penitencial grande y capuchones se hacía por la calle hasta el Paseo y regresaba a la iglesia por la calle principal. La ceremonia del Santo Entierro que recorría también la calle principal de la villa era muy ceremoniosa, acompañaban la Banda Municipal, los capuchones y las señoras de mantilla y riguroso traje negro.

El impacto de la guerra civil, supondrá, sin embargo, otro tropiezo en el itinerario histórico de la Semana Santa piloñesa. La imaginería de los pasos procesionales fue pasto de las llamas y habrá que esperar a la década de los años 40 para reorganizar de nuevo el movimiento cofrade y la Semana Mayor, la Pascua.

Efectivamente, en estos años se refundará de nuevo la actual cofradía, la del Santísimo Cristo de la Misericordia y Virgen de los Dolores. La iniciativa fue debida a don Tomás Hernández, un andaluz que había venido de Huelva a trabajar a Infiesto,  como capataz de las explotaciones mineras de La Marea, y que aquí se casó con doña María Arroyo, familia de mucho arraigo en la villa.

Pronto encendió en el ánimo de un nutrido grupo de vecinos colaborar en este proyecto para recuperar las tradicionales procesiones de estos días santos. La idea era rescatar la Semana Santa   vinculando ese hecho a la figura del que fuera el gran impulsor de las obras de este templo y su primer párroco, don Juan Inclán, infatigable trabajador y promotor de las celebraciones de la Pasión,  que había fallecido en el año 1936.

El proyecto excedía, no obstante, las posibilidades de la naciente cofradía, y por ello toda la feligresía apoya y subvenciona el levantamiento de un monumento conmemorativo en recuerdo del párroco fallecido, y en el que tengan cabida las imágenes  para las celebraciones de la Semana Santa.

El resultado ahí lo teneis en esa capilla lateral, un altar de mármol blanco diseñado en los talleres de Ramón Martínez, una empresa muy prestigiosa y especializada en trabajos artísticos de mármol, que estaba situada en el Paseo de Santa Clara, en Oviedo. Con anterioridad a erigirse el altar conmemorativo se acondicionó el subsuelo para acoger los restos del párroco don Juan Inclán que fueron trasladados desde el cementerio de la parroquia en donde reposaban.

El diseño de todo el monumento, el altar, fue obra del departamento de arte de la citada empresa, quien propone como imagen titular a la Virgen Dolorosa, y a sus pies la urna con el Cristo yacente, atendiendo a que estas dos imágenes ya tenían mucha tradición histórica en la Semana Santa Piloñesa. En esta referencia se basa el nombre de la cofradía: Santísimo Cristo de la Misericordia y Virgen de los Dolores. La urna ya se hizo ajustada a las medidas del altar y sobre un modelo de urna que había y hay aún en la parroquia de San Isidoro de Oviedo.

 Es de madera y fue dorada y pintada por don Luis Juesas en sus 4 laterales con motivos simbólicos de la Pasión: corona de espinas, tres clavos, una escalera, un lienzo con el rostro de Jesús, una columna, una cuerda y una Cruz. Una fotografía de la misma se le entregaba a los cofrades al ingresar en la cofradía, como recuerdo y en señal de sus obligaciones como tales.

La Virgen Dolorosa que remata el altar fue un regalo a la iglesia parroquial de una familia de Infiesto, la familia de Joglar, una familia de industriales y comerciantes. Se trata de una imagen articulada, con muy buena policromía y atributos barrocos que se cubre con manto de terciopelo bordado en oro. Sus cuidados y atención recaían en la Camarera Mayor de la cofradía

Todo este patrimonio  pasará a ser custodiado por la cofradía, quienes se encargan hasta el dia de la fecha de sus cuidados y  culto; si bien en esa atención y resurgimiento de estas festividades cuaresmales destaca la figura del ilustrísimo párroco, don Victor Ortíz de Urrutia, de gratísimos recuerdos en la memoria de todos los piloñeses, infatigable servidor e impulsor de la Semana Santa piloñesa. El adquirió pasos como el Cristo atado a la Columna y el Nazareno con el fin de enriquecer el patrimonio plástico de los desfiles procesionales; puso ruedas a los pasos para facilitar el traslado procesional, y funda, con los jóvenes del Hogar San Fernando, la banda de cornetas y tambores para acompañar a las solemnes procesiones.

El eco de las calles de la villa resonaba de otra manera, el lastimoso sonar de las campanas, el ruido de las carracas entre el silencio atronador de un estremecedor recogimiento, ahora era sustituido por la sangre joven de quienes habían ensayado con sus cornetas y tambores  a las ordenes de aquél cura intrépido también, lleno de fe, esperanza, entusiasmo y alegría

Fueron años de mucho esplendor a los que se sumó el nutrido grupo de La Adoración Nocturna que ponían el grandioso Monumento, ante el que ardían cientos de velas de todos los vecinos que inundaban de olor especial la iglesia; y planificaban también los turnos de vela, que en la noche del Jueves Santa se hacían custodiando el Santísimo.

Estaban al frente de la cofradía en estos años  José Miguel de la Cueva,  José Ramón Alonso Pintueles, José Antonio Peruyero que en paz descansen, y otros muchos, entre ellos, Juan Carballo, que aún estais presentes y a los que también quiero reconocer en estos momentos, en los que me consta que necesitais ayuda para continuar dando vida a una cofradía que, como es natural y más en estos tiempos, debería ser revitalizada. Ya sabeis cual es su historia, es una página de la historia de Piloña que no podemos permitir que caiga en el olvido, ni que nada la oscurezca.

En este repaso por la historia de la Semana Santa piloñesa no pretendí, ni mucho menos, transmitiros nostalgia de lo que fue, ni que volvamos la vista atrás con cierta añoranza; al contrario, mis palabras sólo quisieron recordaros que tenemos unas históricas celebraciones del Triduo Pascual que hunden sus raíces en siglos atrás. Somos un pueblo con historia religiosa que estamos obligados a mantener y a actualizar, como realmente haceis con esas representaciones en la calle que desde hace años celebráis de forma tan magistral y con tanto éxito; pero más importante aún es que estas celebraciones sirvan para recordarnos que Cristo vive, este es el mensaje que todas las primaveras llega a nuestras vidas y que debe llenarnos de esperanza …      

     Estas fechas son días de reflexión que deberíamos de aprovechar quien sabe, si para redirigir proyectos de nuestras vidas, tal vez para apoyar con más ahinco la su pervivencia de esta cofradía o  las iniciativas parroquiales, que gracias a Dios, hoy no nos faltan… Todo es posible  al amparo de la Resurrección de Cristo; sólo es necesario abandonar el ruido de la vida y sumergirnos en ese silencio reconciliador que nos haga posible el reencuentro con aquella fe que heredamos de nuestros antepasados, con el Cristo resucitado, en definitiva.

    Esperemos, por tanto, que los velos negros y el chasquido de las velas en la noche den paso a la luz; que las tinieblas sean vencidas por el nuevo y luminoso amanecer, los velos blancos abran un horizonte de esperanza, porque una vez más, como recordamos en todas las primaveras, Cristo es la Luz del Mundo.

     En la noche del Sábado Santo oiréis el volteo de las campanas de esta iglesia parroquial; esa será la señal. El repique de campanas y la luz irrumpirán con fuerza, Cristo se ofrece a estar presente en vuestras vidas; coged las velas, no miréis atrás, y seguid su rastro…

 A todos vosotros, mil gracias Infiesto, a 1 de abril de 2026