María Luisa Fernández Toraño tiene 93 años y conserva intacto el vínculo con el campo al que ha dedicado prácticamente toda su vida. La vecina de Fíos recibirá el próximo 22 de agosto la distinción Mujer Rural durante la XLVI Fiesta del Asturcón, organizada por la Asociación Conservadora de Asturcones del Sueve (ACAS) en la majada de Espineres.
María Luisa recibe la visita de EL FIELATO en la casa en la que vive desde que se casó con su marido. Llegó a Fíos mucho antes, cuando apenas tenía 14 años. Su padre la mandó entonces a trabajar en una casa del pueblo. Era todavía una adolescente y conserva recuerdos de aquellos años de juventud y de los bailes a los que acudía cuando estaba soltera. Después llegó el matrimonio. Ella y su marido compraron el terreno en el que levantaron la casa donde continúa viviendo y construyeron una vida ligada al campo.
«Trabajamos mucho, mucho», recuerda. Había épocas en las que la jornada comenzaba a las cuatro de la madrugada para poder labrar la tierra con los bueyes antes de que apretaran el sol y el calor.
La razón de aquel madrugón tenía nombre: «moscar». Con la subida de las temperaturas, las moscas molestaban a los bueyes hasta el punto de poder sobresaltarlos mientras trabajaban. «Los bueyes arrancan y no paran», recuerda María Luisa sobre el peligro que suponía que los animales echaran a correr mientras estaban enganchados a los aperos.
Por eso había que adelantarse al calor. A las cuatro de la mañana comenzaba el trabajo en la tierra y hacia las diez terminaba. Después tocaba limpiar a los animales, alimentarlos y continuar con las demás labores. El trabajo apenas concedía descansos y las tareas de la casa y del campo abarcaban también los domingos.
«Esto ha cambiado mucho. Ahora no hay nadie aquí», lamenta María Luisa al hablar de Fíos. A sus 93 años, le da pena ver cómo el pueblo ha ido perdiendo vecinos y cómo cada vez hay menos jóvenes dispuestos a continuar trabajando en el campo.
María Luisa considera que las nuevas generaciones quieren una vida con menos sacrificios y reconoce que en su propia familia son pocos quienes muestran interés por continuar vinculados al campo. Solo uno de sus nietos, cuenta, ha decidido seguir ese camino.
Cuando se le pregunta qué significa el campo para ella, no necesita recurrir a grandes explicaciones. «Todavía hoy gústame ver a las vacas cuando suben, de siempre», afirma. Una imagen que evoca casi ochenta años de recuerdos.