Aramburu, 60 años de un negocio familiar que nunca dejó atrás sus raíces

Lo que empezó como una pequeña carnicería en la Plaza de Abastos de Ribadesella es hoy una empresa que distribuye carne asturiana por toda España sin perder el vínculo con la ganadería y la tierra

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photo_camera Roberto Aramburu, junto al ganado de uno de los praos de Ribadesella donde pasta su ganado.

Entre reses, mirando a Ribadesella desde una de las ganaderías familiares donde comenzó todo, Roberto Aramburu habla de su empresa como quien habla de su propia vida. Porque, en realidad, ambas cosas llevan décadas creciendo juntas. Allí, entre prados y animales, sigue estando el origen de una empresa familiar que este año cumple 60 años y que ha llevado el nombre de Ribadesella y de la carne asturiana mucho más allá del Oriente.

La historia de Aramburu empezó oficialmente en 1966, cuando Emiliano Aramburu y María Antonia Villar abrieron un pequeño puesto de carne en la Plaza de Abastos riosellana. Pero la tradición venía de antes. Del abuelo materno, tratante de ganado y ganadero, que ya había abierto una carnicería para sus hijas en Posada de Llanes en los años cincuenta.

Aquella primera carnicería fue creciendo poco a poco hasta convertirse en algo mucho mayor. Primero llegó el traslado desde la Plaza de Abastos al emblemático local de Gran Vía, donde la familia continúa hoy al frente de su histórica tienda de Ribadesella. Después vendrían las ampliaciones, la consolidación de la ganadería propia, la apertura de nuevos establecimientos, la distribución nacional y el salto al canal hostelero. Pero, según Aramburu, hay algo que nunca ha cambiado. «Somos comercializadores de nuestra propia producción y eso no va a cambiar», asegura.

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Roberto Aramburu, en una de las ganaderías familiares con Ribadesella al fondo.

La frase encierra buena parte de la filosofía de la empresa. Porque Aramburu no se entiende sin la ganadería. Ni sin el cuidado casi obsesivo por cada fase del proceso. Roberto habla de alimentación, genética, manejo y bienestar animal con la precisión de quien lleva toda una vida vinculado al oficio. Explica cómo evitan el estrés de los animales antes del sacrificio, cómo nunca mezclan sus reses con otras o cómo buscan una infiltración concreta de grasa para conseguir una carne distinta. «Todos los pasos en ganadería son muy medidos», señala. Y se nota que detrás de esa frase hay décadas de experiencia, madrugones y aprendizaje continuo. También hay herencia familiar. Mucha.

Roberto recuerda a su padre como «un inconformista» que siempre buscaba diferenciarse. Fue Emiliano quien, en una época en la que casi nadie lo hacía, comenzó incluso a importar carne argentina para ofrecer algo distinto en Ribadesella. Y fue también quien supo apartarse poco a poco para dejar espacio a sus hijos. «Mi padre no se jubiló nunca», cuenta Roberto con una sonrisa. «Oficialmente sí, pero siguió bajando cada día a la tienda a ver qué le mandábamos hacer», recuerda.

En todo este recorrido ha sido clave el papel de su hermano Francisco Aramburu, veterinario de formación y responsable de la ganadería, a quien Roberto define como «el pilar de la empresa». Mientras uno impulsaba el crecimiento comercial y empresarial, el otro mantuvo el foco en el ganado y en una forma de trabajar ligada al cuidado del producto desde el origen.

Esa mezcla entre tradición y ambición define buena parte de la trayectoria de Aramburu. Porque si algo queda claro al escuchar a Roberto es que el inconformismo sigue intacto. Él mismo recuerda cómo empezó, con apenas 17 años, a abrir la tienda los sábados por la tarde cuando el resto de las carnicerías cerraban, o cómo más adelante decidió abrir también los domingos, rompiendo costumbres muy arraigadas en el sector y adelantándose a una forma distinta de entender el comercio y la atención al cliente.

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Roberto Aramburu, en la histórica tienda de la familia en Ribadesella.

Aquel pequeño negocio familiar terminó convirtiéndose, con el paso de los años, en una estructura empresarial con seis establecimientos en Asturias y Cantabria, presencia en 54 provincias y un equipo formado por decenas de trabajadores. Pero Roberto insiste en que el crecimiento nunca tuvo sentido si no servía también para sostener algo más. «Hay 54 familias que viven de este negocio», reflexiona, consciente de la responsabilidad que implica mantener vivo un proyecto del que dependen muchas otras personas.

Por eso subraya tanto la importancia de trabajar con productores locales, de mantener relaciones cercanas con sus proveedores y de una manera de entender el negocio muy ligada al territorio. «Sin grandes productos no llegaremos nunca a grandes clientes», dice, consciente de que la calidad empieza mucho antes de llegar al mostrador.

Sesenta años después de aquel pequeño puesto en la Plaza de Abastos, Aramburu mira al futuro con nuevos proyectos, formatos de tienda más urbanos y una expansión industrial todavía en marcha. Pero el corazón de la empresa sigue estando donde empezó todo: en las ganaderías familiares repartidas por el entorno de Ribadesella, entre vacas, prados y un paisaje que ha acompañado toda la historia de los Aramburu.

Probablemente ahí esté también la clave de estos sesenta años. En haber sabido crecer sin dejar de mirar al origen.

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