Los pasillos del Hotel Geriátrico Royal de Vega de Sariego tuvieron hoy mas bullicio de lo habitual. La tranquilidad del recinto se vio alterada por la presencia, la maravillosa presencia, de seis de los niños que acuden habitualmente a la escuelina del pueblo, Los Cuscurrusquinos y que hoy cambiaron de lugar, no juegos: de las acogedoras instalaciones del nuevo Centro escolar de Sariego a las del Royal para estar una rato con los residentes del geriátrico y pasar una jornada de convivencia en una actividad intergeneracional que busca derribar barreras entre generaciones y normalizar la vejez desde la infancia.
La iniciativa forma parte de un proyecto que comenzó durante la pandemia con videollamadas entre residentes y escolares y que, con el paso del tiempo, evolucionó hasta convertirse en encuentros presenciales periódicos. «Empezamos cuando la gente no podía juntarse y ahora ya vienen aquí y nosotros vamos allí», explicó Tamara Samartino Cifuentes, directora del Hotel Geriátrico Royal.
La actividad de esta jornada giró en torno al cuento El hilo invisible, una propuesta con la que mayores y pequeños trabajaron los vínculos familiares y emocionales que unen a las distintas generaciones. Los residentes prepararon dibujos inspirados en el ADN y los niños completaron la actividad con plastilina y fotografías familiares para descubrir parecidos y conexiones entre padres, hijos y abuelos.
«Queremos conectar a los mayores con la comunidad y también romper la imagen triste que muchas veces existe sobre las residencias», señaló Samartino. La directora destacó además cómo ha cambiado la relación de los niños con los residentes con el paso de los años. «Al principio venían más asustados o tímidos y ahora ya entran saludando a todos por el nombre», relató.
La actual directora de Los Cuscurrusquinos, Luisa María García Jorge, subrayó el valor educativo y emocional de este tipo de encuentros. «Los niños reciben mucho cariño y paciencia de ellos, y eso se transmite. Los adultos vivimos demasiado deprisa y a veces no nos paramos en estas cosas», afirmó.
El proyecto fue impulsado inicialmente por Yolanda García Moro, antigua directora de la escuelina y presidenta de la Asociación Luzía Intergeneracional. Su objetivo, explicó, es «generar bienestar emocional tanto en mayores como en niños y acercar la vejez de una forma natural». «Ellos no ven bastones ni dificultades; ven personas que están compartiendo tiempo con ellos», añadió. Quizá por eso la escena funciona. Porque los niños todavía no han aprendido del todo los prejuicios que los mayores arrastran desde hace años. Porque no existe compasión ni incomodidad, solo curiosidad. Y porque, durante una mañana, la residencia deja de parecer un lugar apartado del mundo para convertirse en algo mucho más simple: una casa llena de gente esperando compañía.
En el centro residencial viven actualmente 25 mayores. Para muchos de ellos, estas visitas rompen la rutina y convierten una mañana cualquiera en una jornada especial.