«Llevamos diez días y del manantial no sale ni una gota», explica Marco García, presidente de la comunidad de usuarios de aguas de La Figarona. El depósito tiene capacidad para unos 100.000 litros, pero el consumo aumenta durante el verano y las reservas se reducen con rapidez. «El agua que metemos en el depósito se gasta y necesitamos reponerla continuamente», señala.
La comunidad acudió al Ayuntamiento de Siero cuando comprobó que el manantial había dejado de aportar caudal. Según García, los servicios municipales también están atendiendo problemas de abastecimiento en otros puntos del concejo. «Llamé al Ayuntamiento y pedí una cuba, pero me dijeron que no podían mandarla porque también hay otras zonas que están en la misma situación», relata. Los vecinos tuvieron que buscar entonces una solución por su cuenta.
La solución de emergencia existe pero tiene un coste elevado. Cada cuba cuesta 200 euros, un gasto que ya ha obligado a plantear una derrama entre los vecinos. «El dinero que tenemos ahorrado va menguando y esta situación no tiene pinta de solucionarse», advierte García. Solo los primeros diez días han supuesto un desembolso de unos 2.000 euros.
La comunidad dispone de una conexión puntual con otro depósito de la zona que permite introducir agua cuando existe disponibilidad. Es un recurso limitado, más útil para ganar tiempo que para resolver el problema. García reclama una solución estable que permita afrontar los episodios de escasez sin depender cada verano de los camiones. «Hace tres años ya propuse que se pusiera una tubería para que, cuando llegara el verano y hubiera escasez, pudiéramos utilizar agua de la red y pagarla», explica.
El problema, sostiene, tampoco se circunscribe a La Figarona. Otras comunidades que dependen de manantiales están recurriendo a las cubas ante la falta de agua. El patrón se repite cada verano, aunque este año la situación se ha agravado por la ausencia de precipitaciones. «En invierno tenemos agua de sobra, pero llega junio y julio, deja de llover, suben las temperaturas y el consumo aumenta», resume.
Mientras esperan que llegue la lluvia, los vecinos han comenzado a limitar el consumo y a administrar las reservas. La preocupación ya no es solo cuánto durará el agua almacenada, sino cuánto tiempo podrán asumir el coste de mantenerla. Una situación concebida como excepcional comienza a convertirse en la rutina de un pueblo pendiente del cielo y de un manantial que, por ahora, permanece seco.