La marcha de Maximino Cerezo Barredo —nuestro querido “Mino”— deja en Villaviciosa un silencio difícil de llenar. Se nos va un hijo de esta tierra que nunca dejó de ser maliayo, aunque su vida discurriera durante décadas entre pueblos lejanos, especialmente en América Latina, donde ejerció como misionero claretiano y como artista profundamente comprometido con la dignidad humana.
Nacido en Villaviciosa en 1932, llevó siempre consigo la memoria de su infancia asturiana, el paisaje, la cultura y el carácter de esta villa que, de algún modo, siguieron presentes en su forma cercana de ser, en su sensibilidad y en esa humanidad que tantos recuerdan. Sacerdote por vocación y pintor por necesidad interior, logró unir ambas dimensiones de forma admirable. Él mismo decía con sencillez que el cura y el pintor que había en él “se pusieron de acuerdo”. Y ese acuerdo dio lugar a una obra inmensa, extendida por iglesias, comunidades rurales, barrios populares y centros pastorales de muchos países.
Su pintura nunca fue distante ni decorativa. Fue vida, denuncia, ternura y esperanza.
Su pintura nunca fue distante ni decorativa. Fue vida, denuncia, ternura y esperanza. Fue un Evangelio contado desde los rostros concretos de los pobres, los campesinos, los trabajadores, las familias sencillas. En sus murales, Cristo aparece cercano, caminando con el pueblo, compartiendo sus luchas y sus sueños. Quienes convivieron con él destacan precisamente eso: su coherencia, su cercanía y su capacidad de escuchar y acompañar sin protagonismos.
Especial emoción despierta el mural «Emaús», realizado para el Museo de la Semana Santa de Villaviciosa, una de sus últimas grandes obras. Fue pintado en plena pandemia, en un tiempo de incertidumbre, miedo y distancia. Y quizá por eso la escena evangélica del camino adquiere aún más fuerza: habla de desánimo, pero también de presencia, de luz y de esperanza compartida.
Alejandro Vega, Mino Cerezo y Nicolás Rodríguez.
Mino dejó en esta pintura guiños profundamente humanos y locales. Entre los personajes aparece una mujer que sostiene una mascarilla en sus manos, signo claro del tiempo en que la obra fue creada, memoria silenciosa del dolor vivido y de la fragilidad compartida. Y junto a la escena bíblica no faltan los detalles que nos devuelven a nuestra tierra: los tortos sobre la mesa, símbolo sencillo de hospitalidad asturiana, y la gaita, que introduce la música y el alma de Villaviciosa en el corazón mismo del relato evangélico.
Villaviciosa pierde hoy a un hombre bueno, a un sacerdote fiel y a un artista universal.
Así, «Emaús» no es solo una representación del Resucitado que parte el pan; es también una escena en la que nuestra propia historia reciente, nuestra cultura y nuestra identidad encuentran lugar. Cristo camina con su pueblo… y ese pueblo tiene rostro asturiano, comparte pan de maíz y escucha el eco de la gaita.
Que esta obra permanezca en Villaviciosa tiene algo de abrazo definitivo entre el artista y su origen. Después de anunciar esperanza durante décadas en tierras lejanas, Mino quiso dejar aquí una imagen que habla de acompañamiento, de consuelo y de comunidad.
Villaviciosa pierde hoy a un hombre bueno, a un sacerdote fiel y a un artista universal. Pero también gana una memoria que seguirá viva en su obra y en su ejemplo. Cada vez que contemplemos ese «Emaús», con su mesa compartida y sus símbolos tan nuestros, recordaremos que incluso en los tiempos más oscuros puede surgir la luz del encuentro.
Gracias, Mino, por tu vida, por tu arte y por no haber olvidado nunca tu tierra. Villaviciosa te recuerda con cariño, orgullo y gratitud.
Nicolás Rodríguez Martín es el Mayordomo de la Cofradía de Jesús Nazareno de Villaviciosa