José Pando y Valle ya es Hijo Predilecto de Villaviciosa. La concesión de la distinción, solicitada por la Asociación Cubera, se aprobó por unanimidad en el pleno celebrado el jueves pasado y se oficializó el domingo, con la entrega del diploma a la familia en el Teatro Riera, el día que se tributó un merecido homenaje al médico y sociólogo, en el cente- nario de su muerte, acaecida el 3 de agosto de 1926.
Tras el acto en el Riera, familiares, responsables de Cubera y miembros de la Corporación Municipal colocaron una corona en la estatua del ilustre maliayés, que está en los jardines de la Plaza de Santa Clara.
El Ayuntamiento y Cubera recuperaron también la placa que está en la fachada de la casa natal del médico, hoy Café Avenida, en la que se lee:
En esta casa nació Don José Pando y Valle, médico y sociólogo que consagró su vida en beneficio de su profesión de los desvalidos y desheredados. Villaviciosa, como recuerdo imperdurable a la memoria de un hijo eminente que la enaltece.
José Pando Valle. Una historia de coincidencias
Ana Afzali, sobrina biznieta de José Pando y Valle remitió esta carta al alcalde de Villaviciosa, Alejandro Vega Riego, que éste leyó en el acto celebrado en el teatro Riera.
«Hay personas que parecen marcharse, pero nunca dejan de abrirnos el camino.»
Me llamo Ana Afzali y soy sobrina biznieta de José Pando Valle, hermano de mi bisabuelo Adolfo. Esta es la historia de un hombre al que hoy toda mi familia conoce cariñosamente como «El Tito», y de cómo, sin saberlo, terminó cambiando mi vida.
Mi padre, Juan Pérez Pando, sobrino nieto de José, murió cuando yo apenas tenía cuatro años. Con él desapareció también gran parte de la historia familiar. Mi madre quedó devastada por aquella pérdida y, ocupada en sacar adelante a sus siete hijos, apenas podía hablar de él. Crecí sabiendo muy poco sobre mi padre; de hecho, durante muchos años ni siquiera supe dónde había nacido.
Cuando tenía dieciséis años, mi madre se casó con un diplomático estadounidense y me trasladé a California. Allí estudié, construí mi vida y desarrollé mi carrera profesional, aunque nunca dejé de sentir que una parte de mí seguía en España. Siempre añoré mi tierra y sentía una profunda necesidad de conocer la historia de mi padre y de la familia de la que procedía.
En 2016 regresé a España para trabajar unos meses en Salamanca y llamé a mi gran amiga María, que vive en Oviedo. Le comenté que había oído decir que tenía familia en Villaviciosa y que allí existía una estatua de un antepasado mío muy importante. Le pregunté si me acompañaría a buscarla. Recorrimos el pueblo preguntando por José Pando Valle. Algunos vecinos nos miraban con curiosidad, otros con cierta desconfianza; incluso hubo quien me preguntó por qué quería saber de él. Finalmente encontramos el busto. Al acercarme sentí una emoción difícil de describir. Estaba cubierto de polvo y telas de araña y, casi sin pensarlo, me subí al pedestal para limpiarlo con las manos. Un mes antes había visitado por primera vez la tumba de mi padre y la de un hermano que había fallecido en un accidente en 1979. Sin saberlo, aquellos dos gestos marcarían el comienzo de una aventura extraordinaria.
A partir de entonces comenzaron a suceder coincidencias. Al principio eran pequeñas: encontrar siempre el aparcamiento perfecto, cruzarme con la persona adecuada en el momento justo o recibir una llamada inesperada cuando más la necesitaba. La pareja de María solía bromear diciendo: «Eso es El Tito; como le limpiaste la estatua, ahora te está cuidando». Todos nos reíamos, pero las coincidencias no dejaban de multiplicarse.
Al año siguiente María y yo hicimos juntas el Camino Primitivo de Santiago. Cada jornada parecía estar llena de pequeños milagros cotidianos. Recuerdo especialmente un momento: caminábamos por un bosque cuando le comenté que me encantaban las gaitas. Apenas un minuto después aparecieron, en medio de la nada, dos gaiteras interpretando una melodía preciosa. Era imposible no sonreír. Cuando llegamos a Santiago decidimos escribir todas aquellas casualidades. Contamos cuarenta y tres.
Al regresar a Estados Unidos me pregunté si todo aquello terminaría al dejar España atrás. Sin embargo, ese mismo día recibí una llamada que volvió a cambiar el rumbo de mi vida. Un hombre llamado Luis Silva Pando me explicó que era primo segundo mío y me contó que mi abuela María Pando había tenido quince hermanos cuyas vidas habían desempeñado un papel fundamental en la historia de España y, especialmente, durante la Guerra Civil.
Aquella conversación abrió una puerta que ya nunca volvería a cerrarse. Con la ayuda de Luis, de otros familiares y de años de investigación en archivos históricos, fui reconstruyendo la historia de toda la familia. Descubrí vidas extraordinarias que habían permanecido ocultas durante décadas. Escribí un libro sobre los dieciséis hermanos Pando Rivero, realicé un documental sobre mi bisabuelo Adolfo y sus hermanos Jesús y José Pando Valle, publiqué una investigación sobre mi tío abuelo Gonzalo Pando Rivero y, por fin, conseguí reconstruir también la historia de mi propio padre, nacido en Santiago de Compostela en el seno de una de las familias de banqueros más importantes de Galicia.
En mayo de 2022, precisamente el año en que mi padre habría cumplido cien años, organicé un encuentro familiar para reunir a todos los descendientes de Adolfo Pando Valle en la antigua banca de la familia, en Santiago de Compostela. Sentí entonces que, de alguna manera, el círculo se había cerrado.
Estoy convencida de que nada de todo esto habría sucedido sin lo que hoy llamamos en casa los «momentos Tito»: esas coincidencias inesperadas que parecen abrir caminos cuando más lo necesitamos y que sentimos como un guiño de quienes ya no están, pero siguen acompañándonos.
Y si algún día pasáis por la Plaza de Santa Clara de Villaviciosa y os detenéis ante la estatua de José Pando Valle, no dejéis de saludar a mi Tito. Y, si veis que el tiempo ha vuelto a dejar alguna tela de araña o un poco de polvo sobre su rostro, hacedme un favor: limpiádselo con cariño.
Quién sabe... quizá, a partir de ese momento, también empiecen a sucederos esas pequeñas e inexplicables coincidencias que en mi familia llamamos, desde hace años, los «momentos Tito».