domingo 05.07.2020

De la felicidad

Filosofía Pequeña

Dicen unos versos de Carmen Yáñez a la muerte de su marido, Luís Sepúlveda, a causa del funesto virus: Éramos tan felices y no nos enterábamos de la dimensión de la vida. De la invisible amenaza, de la larga sombra del miedo, no lo sabíamos nosotros, irreverentes.

Choca esta declaración con otra de Lacan, aquel psicoanalista francés de difícil lectura: «uno piensa que la gente feliz debe estar en algún lado. Pues bien, si no se quitan eso de la cabeza, es que no han entendido nada del psicoanálisis». ¿Por qué habría de negar la posibilidad de la felicidad? Quizá la respuesta nos la dé su maestro, Freud, cuando afirmaba que la felicidad quedó perdida en el pecho materno; cosas extrañas de psicoanalistas, es cierto, pero que necesitan de una explicación, así que acudamos a otro pensador, a Kant, y escuchémosle afirmar que «la felicidad es un estado de un ser racional en el mundo, al cual, en su existencia, le va todo según su deseo y voluntad». Muy aseado; supongo que todos podríamos firmar debajo, pero la filosofía siempre es una ceniza e insiste: ¿qué es el deseo? ¿Qué es la voluntad? Y vuelve Lacan: el deseo nunca se satisface, el deseo siempre nos mantiene en búsqueda, insatisfechos, incompletos, antropológicamente en falta.

La novela distópica Store of the Worlds (Sheckley, 2012) nos habla de un futuro donde al protagonista se le revela la existencia de un alquimista que es capaz de suministrar la felicidad a través de la ingesta de una droga; a cambio, como pago, ha de entregarle aquello que le sea más valioso.

En el Seminario VII Lacan acude al diálogo más bello de Platón, El Banquete, donde se discute acerca del amor. Allí, el comediógrafo más famoso de la Atenas de entonces se levanta para hablar y pronuncia una soflama que ustedes conocen: en el origen los humanos éramos andróginos, es decir, éramos dos fundidos en uno: seres de dos cabezas, cuatro brazos, cuatro piernas y dos cuerpos unidos por el torso. Mujer y hombre, dos hombres o dos mujeres –no discuto ahora las implicaciones de estas combinaciones–. Sin embargo, estos andróginos, completos como estaban, se volvieron arrogantes, soberbios, tanto como para confrontar con los dioses, los cuales, agraviados, decidieron partir por la mitad a cada uno de ellos y coserles en lo que hoy son el ombligo y los pezones. Desde entonces, los otrora briosos seres languidecerían en una lacrimosa búsqueda existencial del que había sido su yunta, su par, su resto que completase la unidad, objeto para siempre de su deseo. Seres en falta, seres en perpetua búsqueda de aquello de lo que se les habían privado, seres de deseo infinitamente insatisfecho; en fin, seres infelices.

Así entiende el psicoanálisis al humano, así lo explica, y hemos de reconocer que es muy potente su armazón –qué facilidad para explicar la apoteosis capitalista de individuos exasperados en una compra constante para adquirir… ¿el qué? Siquiera lo saben–. Sin embargo, Lacan hace una trampa olvidando que el banquete continúa y que Sócrates replica que Aristófanes se equivoca, que amar no es buscar lo perdido y que la clave no está en el pasado, sino en el futuro a construir. La felicidad es lo que exuda esa construcción, es el excedente en esa creación existencial. De hecho, afirma que esta consiste «no en buscar más, sino en ser capaz de disfrutar con menos», es decir, en lidiar con ese voraz deseo del andrógino. Esta idea la expresó con bella finura Henry Thoreau – aquel fabricante de lápices estadounidense del XIX–: «la felicidad es como una mariposa, cuanto más la persigues, más te eludirá. Pero, si vuelves tu atención a otras cosas, vendrá suavemente y se pondrá en tu hombro».

Hacer y resolver, crear y ejecutar. En esa vocación, en la construcción de una vida, el poder crece y «las resistencias van siendo superadas» (Nietzsche); el resto, el excedente, el subproducto de nuestro acontecer, es, por fin, la felicidad

La novela distópica Store of the Worlds (Sheckley, 2012) nos habla de un futuro donde al protagonista se le revela la existencia de un alquimista que es capaz de suministrar la felicidad a través de la ingesta de una droga; a cambio, como pago, ha de entregarle aquello que le sea más valioso. Él quiere ir, tiene curiosidad, pero, para cuando se ha decidido, algo interrumpe su paso: ya sea que su mujer se ha puesto enferma, ya que su hijo tiene un entrenamiento, ya que en el trabajo le reclaman. Finalmente, tras pasar unas semanas, se acerca. Una vez allí, se tumba y desde su camilla le da al alquimista aquello que tiene más valioso: una lata de conservas y una navaja. Se levanta y se va con sus ropas ajadas y el polvo en los labios. En realidad, lo que se nos presenta en un sutil giro argumental –como en Matrix– es un futuro apocalíptico donde los hombres se encuentran en un contexto desolador, ya sabemos, tras una guerra nuclear o lo que fuera. En esta distopía la escasez es sistémica y la miseria agudiza la nostalgia por el paraíso perdido. Un paraíso que algunos, en ese ejercicio de sostén psicológico, ansían encontrar en una extraña droga que suministra el grotesco alquimista. La felicidad era, y esta es la paradoja, su día a día de problemas y molestias varias: un niño que ha de ser llevado a entrenar quitándonos tiempo y obligándonos a tediosas esperas, una esposa que reclama atenciones por su enfermedad, un trabajo que nos distrae… Lo que nos ofrece para aprender es que son las dificultades comunes, las diarias, las cotidianas, las que nos sostienen y nos retan. La nueva paradoja, entonces, es que es hoy, aquí y ahora, el único paraíso, aunque nuestro deseo se mueva siempre hacia otro lugar.

La felicidad, por tanto, no parece tener que ver con el deseo de adquirir, sino con el exceso del hacer. Así se entienden las palabras de Ortega al referirse a la vida feliz como aquella «dedicada a ocupaciones para las cuales cada hombre tiene singular vocación». Hacer y resolver, crear y ejecutar. En esa vocación, en la construcción de una vida, el poder crece y «las resistencias van siendo superadas» (Nietzsche); el resto, el excedente, el subproducto de nuestro acontecer, es, por fin, la felicidad. Así lo vio Carmen Yáñez: éramos felices y no lo sabíamos. Quizá nosotros, solo quizá, seamos felices, mas no lo sabemos.

De la felicidad
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