miércoles 27/1/21

De la televisión

Filosofía pequeña

Hace unas horas una señora con un carricoche ha hecho algo pequeño pero altamente significativo: al ir a cruzarse conmigo en la acera se ha apartado con su carrito tanto como ha sido posible, tanto que quizá no se ha dado cuenta de que el peligro no estaba en mí, sino en los coches que ya pasaban a pocos centímetros de su bebé. En su pequeño acto traslució no prudencia, sino miedo. El mismo pánico que muestran quienes temen tocar un pasamanos, miran con indisimulado encono al que no porta la mascarilla y cambian de acera si se van a cruzar con un grupo de personas.

En la televisión el ver se confunde con el entender, y la imagen se confunde con el análisis racional

Esta señora enlaza con otra noticia que ha venido a mis entendederas. No atiendo mucho al politiqueo, pero de vez en cuando nado en él. El PSOE, parece ser, está molesto con Ángel Gabilondo, oposición en la comunidad de Madrid, porque no está respondiendo con equitativa virulencia al histrionismo de la presidenta Ayuso. Recordemos que Gabilondo es catedrático de Metafísica y Ayuso, bueno, no lo es. Escuchar y seguir las aventuras de la presidenta es un ejercicio interesante por cuanto nunca se sabe hasta dónde puede llegar el naufragio de la razón. Gabilondo, resignado, contesta eso de que la prudencia no está de moda. Ciertamente, no lo está, y por eso ella le saca varios cuerpos en el medio, aunque posiblemente no lo sepa.

El tiempo: un reportero en una playa vacía donde hace mucho calor dice que la playa está vacía y que hace mucho calor. No lo soporto. Apago.

El medio en el que Gabilondo no termina de estar cómodo es la televisión, así que repasemos sus costuras. Enciendo el aparato. Empezamos mal: unos anuncios. Terminan y comienza el telediario: el presentador, adusto, me informa de que el presidente ha dicho y algo y me muestra al presidente diciendo algo. Tras ello veo al oponente diciendo otro algo. Así un rato. Cortan. Un señor cuenta que le va mal el negocio. Otro, al que un cartel presenta como economista, nos cuenta algo de lo que no me entero porque no le dejan más de dos frases. Cortan. Al poco veo a un reportero en una playa vacía para decirme que es una playa vacía. Cortan. No lo soporto. Cambio de canal. Cosas del corazón. Gente que discute sobre quién dijo qué, que alguien está ganando dinero con una portada de revista y que están muy ofendidos. No sé. Tampoco me entero. No estoy puesto en el asunto. Cambio. Un documental con unas focas y unas orcas. Ahora no. Cambio. Deportes. Creo que son deportes aunque solo hablan de gente que está enfadada, gente poco feliz y dinero. De estrategia, táctica, carisma, evolución de las lesiones, historia, etc., no comentan nada. Cambio. El tiempo: un reportero en una playa vacía donde hace mucho calor dice que la playa está vacía y que hace mucho calor. No lo soporto. Apago.

Demonios, no desisto. Recordemos un debate electoral: comienza con un soliloquio del presentador que repetirá en la despedida. Tras ello, la violencia pugilística –ahora oratoria–, el cuerpo a cuerpo regulado en sus ceremonias: la llegada de los contrincantes, sus entrenadores y equipo, la música que les acompaña, el público enfervorecido afuera de los estudios. El circo comienza. Se escuchan algunos argumentos pero no nos dejemos despistar, focalicemos: abundan las ironías, falacias, medias verdades, etc.; es decir, rudimentos retóricos, no filosóficos, no históricos, no económicos. Simula ser todo eso, pero no lo es. Es un simulacro; pero es más: es un espectáculo.

Un detalle: no hay posibilidad de entendimiento. Esto no es una búsqueda socrática, esto es un freak show emocional. Esperpento grotesco, hipervisibilidad, exceso, pero por cercanía. Está demasiado cerca de lo que somos nosotros. ¿Hemos comprendido qué ocurre allí? En absoluto. ¿Se nos han dado los datos y argumentos imprescindibles para realizar un juicio justo y prudente? No los busquen. ¿Ha sido el editor a los mandos neutral hasta poder desaparecer? Dos son sus objetivos: montar y pasar desapercibido, nunca desaparecer –si no, sería una cámara de supermercado–. ¿Conocemos realmente a los púgiles? Si piensan que conocen realmente a Obama o a Trump vayan despertando. Lo que es seguro es que uno me cae bien y el otro ya no tanto. ¡Cerebro hackeado!

En la televisión queda suspendido el tiempo. No representa la realidad, presenta una realidad donde reina lo emocional. No pidamos prudencia al circo. Es de puro un exceso que deja sin aliento. No hay pasado ni futuro, siquiera presente. Solo sucesos, es decir, segmentos sin continuidad. No busquen historia ni busquen causas, solo encontrarán obsolescencia. No hay pasado, no hay memoria. Una trivialidad infinita en infinita renovación de emociones. ¡Miren! ¡Ahora el reportero se está metiendo el agua! Parece que está mojada ¡El presidente ha vuelto a decir algo! Se le ve alarmado, habla de alarma, de estado de alarma, de peligros ante los que hay que estar alarma. ¿Cuáles? Algo de un virus. ¿Cómo de preocupante? Con tanta alarma, mucho. ¿Cómo se transmite? Es invisible, está en el aire respirado por el otro. ¿Qué hacemos? Estar alarma, tanto como para casi saltar a la carretera con el carricoche del bebé al cruzarnos con alguien. ¿Podemos fiarnos? Claro, tanto como de que en la playa no había nadie y hacía calor. A falta de información racional, bueno es el pánico.

En la televisión el ver se confunde con el entender, y la imagen se confunde con el análisis racional. Gabilondo, versado en el logos, pretende coser un discurso serio y coherente pero, ¡ay! Miren qué gatito han salvado de una riada. Esperen, que Ayuso acaba de mezclar la Covid-19 con los menas y los okupas. Quietos, respiremos profundo, control, que voy a escuchar diez minutos a Gabilondo citando a Kant en latín… pues parece que no lo ponen en ninguna cadena. Sí, ha dimitido hastiado de este circo en el que siempre es derrotado. Yo también. Apago.

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