viernes 29.05.2020

De los adolescentes

Filosofía pequeña

Los chicos pasan de media durante la cuarentena entre 2 y tres horas más de lo habitual frente a pantallas, o esto dicen los primeros estudios. Los más pequeños pasaban antes de la pandemia cerca de cinco horas mientras que los adolescentes lo hacían algo más de 7 horas. Televisión, ordenador, móvil, tableta, etc. Sumen las dos horas y, cuando se les haya pasado la impresión, continuamos.

Las sociedades orales tienen un problema nuclear que es la pérdida, el extravío de su conocimiento que tanto les ha constado alcanzar

El tiempo de más estos meses es razonable. Ellos tienen que atender a los deberes y a las explicaciones de los profesores a través de medios telemáticos. Toda tarea viaja en bits y las soluciones también. Esto es problemático a niveles de competencia digital, recursos informáticos y atención en casa, pero no es nuestro asunto hoy. Nuestro asunto es el qué hacen cuando terminan la última cuenta y pueden abandonar el ordenador… lo que nos encontramos es que no lo hacen. Siguen en conexión. Y me dirán que es razonable, que es la manera de mantener contacto con sus amigos, y tendrán razón, pero me habrán de conceder que no es algo nuevo: antes hacían igual. ¿Cuál es la causa? Esto es lo interesante hoy y necesita de una explicación que empieza en Homero.

La televisión sigue su propia lógica: es la del espectáculo. Como un circo. De puro, una cacofonía de sucesos sin mayor espíritu que el de entretener y dispersar.

Las sociedades orales tienen un problema nuclear que es la pérdida, el extravío de su conocimiento que tanto les ha constado alcanzar. Es lógico: si no pueden apuntarlo, lo pueden perder cuando el que sabe muere. Los mitos fueron la solución que encontraron para aprender y la que aún nosotros usamos con denuedo –miren si no los rituales cada domingo, los de la iglesia y los del estadio–. Sin embargo, la oralidad vio cómo en la Grecia clásica se gestaba la rareza histórica que fue el alfabeto. Con él el saber dejaba de estar en peligro y algunos como Platón pudieron comenzar a escatimar esfuerzos a la memoria y dedicarse a los altos vuelos. No es de extrañar que las aventuras de Batman se aprendan mientras que la tabla periódica se estudie: uno es patrimonio de la oralidad que debe fijarse en la memoria –por eso es entretenido–, el otro lo es del alfabeto –debe ser racional–. El alfabeto no juega en la eficacia mnemotécnica del mito, sino en la verdad racional empíricamente alcanzada.

La televisión sigue su propia lógica: es la del espectáculo. Como un circo. De puro, una cacofonía de sucesos sin mayor espíritu que el de entretener y dispersar. Ahora el tiempo, antes el telediario hablando de política, de inmigración, de la familia real, de un accidente y algo de deportes, tras ello unos monólogos para seguir con cosas del corazón. ¿Lleva unas horas frente al espectáculo? Bien, así habrá podido ver unos cuantos anuncios.

Llegamos entonces a la interfaz que tiene su hijo en la mano. No busque ahí ni eficacia ni verdad, siquiera espectáculo. Es algo diferente. Su hijo anda a la caza de ser él mismo… junto al resto. Extraña fórmula de Limor Shifman para entender las redes sociales. La idea es que en el mundo digital se dan dos fuerzas contradictorias: la centrífuga y la centrípeta. Por un lado los chicos quieren ser únicos, ellos mismos con su avatar diseñado a colores diferentes, con su identidad personalizada y con una diferencia de estilo notoria al resto. En esa creación erigen una identidad que no es el reflejo de la realidad, sino eso, una pura construcción donde lo que se muestra es lo mejor que pueden dar y ser: felicidad, éxito, fama, etc. Buscan ser codiciados… buscan reconocimiento. Ellos mismos… pero juntos, bien pegados cabeza con cabeza. Para lograr ese reconocimiento han de actualizar constantemente su edificio digital, han de estar en una constante participación que les asegure los likes, los comentarios, los followers, etc. Han de ser relevantes para ser atendidos –por esta razón las fake news se extienden a tanta velocidad: son extrañas, novedosas y destacan al ser imprevisibles, es decir, llaman al clic–.

Entonces, a la vista de lo revelado, no puede extrañarnos que, tras un par de meses penando por verse, los chicos junten sus cabezas para atender a una lucecita en su lustroso dispositivo

Los adolescentes son, simplemente, adolescentes. Pequeños proyectos de adultos que aún buscan su lugar. Muy pequeños para haberlo encontrado. Muy grandes para no estar buscándolo. Su insistencia en juguetear con el móvil es el titánico esfuerzo por encontrarse, por acertar con su identidad única… juntos. Todavía no saben que en ese aparatito no encontrarán sino sucedáneos; algunos no lo sabrán nunca.

Entonces, a la vista de lo revelado, no puede extrañarnos que, tras un par de meses penando por verse, los chicos junten sus cabezas para atender a una lucecita en su lustroso dispositivo. Dice mi amigo Gonzalo Barrena que esa puede ser la razón de que haya tanto contagio de piojos.

De los adolescentes
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