lunes 1/3/21

De los besos

Filosofía rasante

Un beso y un castigo. Costaba encontrarlos pero ahora, entre tanto miedo, se han perdido definitivamente los besos. O al menos se han perdido en los recreos de los institutos. Porque se han prohibido. Porque son peligrosos. Porque lo dice alguna norma de algún código muy sesudo. Y los chavales, que se han besado, han sido sancionados. Un beso y un miedo en un mismo patio.

Así es nuestra nueva normalidad: sin vinu, cantares ni amor. No hay folixa porque nuestros cuerpos estarían demasiado cerca, no hay cantares porque lanzaríamos bichitos muy lejos y no hay amor porque intercambiaríamos lo que es peligroso intercambiar.

No se me ocurre mayor rebeldía que el arrebato de dos chicos uniendo labios, entrecruzando dedos y, sin temor ni temblor, conscientes de la llegada de la autoridad competente y sensata con su sanción sanitaria. Gusto en imaginarlos violentados por un profesor alarmado que los separa al grito de «insensatos» mientras ellos, gratos al recibir censura y multa, se alejan sonrientes. «Ha merecido la pena», piensan. Volverían a pagarla una y mil veces. Y el profesor volvería a sancionarlos otras tantas. Ambos, henchidos, sea por amor, sea por deber, marchan complacidos a sus hogares: tienen algo que ocultar con sonrojo adolescente, o algo que contar con orgullo adulto.

Las defensas no se deben bajar y los bozales han de estar siempre dispuestos. El abrazo queda sustituido por una leve inclinación. El apretón de manos es ahora un gesto de cabeza. La charla distendida queda reducida a unas breves palabras sospechosas tras una mampara, o en su defecto, a dos metros de distancia.

Así es nuestra nueva normalidad: sin vinu, cantares ni amor. No hay folixa porque nuestros cuerpos estarían demasiado cerca, no hay cantares porque lanzaríamos bichitos muy lejos y no hay amor porque intercambiaríamos lo que es peligroso intercambiar. ¿Qué queda? Queda el miedo, queda la superficialidad, queda la distancia, queda la soledad. Queda también la prudencia y la racionalidad, la cordura sanitaria y la madurez ciudadana. La misma que demuestra el profesor al ejecutar lo que la sociedad comprometida requiere que haga. Obediente, sumiso al nuevo orden, corta ese acto rebelde de dos chavales que, en su padecimiento hormonal, habían perdido el raciocinio. ¡Locos! El adulto demuestra cordura. Las defensas no se deben bajar y los bozales han de estar siempre dispuestos. El abrazo queda sustituido por una leve inclinación. El apretón de manos es ahora un gesto de cabeza. La charla distendida queda reducida a unas breves palabras sospechosas tras una mampara, o en su defecto, a dos metros de distancia.

El rebelde siempre es irracional. El rebelde es el que dice «no»; más bien lo grita con un suave gesto o con un breve acontecer fuera de lo previsible y lo recomendable. La razón expone sus armas: «seguridad» y «responsabilidad». Sin embargo, ambos conceptos han de ser reformulados en el dibujo que contrapone el rebelde; porque este no se somete, porque sabe que hay algo que le falta, que no le cuadra, que no está en el cuadro, aunque se le ponga el marco lingüístico de la nueva normalidad. ¿Qué le falta? Puede que no lo sepa, seguramente no tenga ni idea, pero lo expresa. Paradójicamente, lo articula; en ocasiones, sin querer, de forma impulsiva, como por un arrebato pasional, afectado por no se sabe bien qué, actúa contra razón haciendo una brecha en lo recto… y lo inclina todo. Es entonces, en el acontecimiento, cuando descubre qué le falta: la mayor parte de las veces una simple evasión a la soledad. «Simple», digo, y ahí resumo, en este ladino adverbio, las dudas e inseguridades de la humanidad. Simplemente, insisto, fugarnos de la soledad.

El rebelde del instituto ha encontrado lo que le faltaba: la intimidad. Ha tenido unos segundos de auténtica intimidad. Irracional y emocional, a varias lunas de la frialdad de la prudente distancia social. Él se ha abierto de par en par dando lo más frágil: sus inseguridades, exponiéndose al golpe más brutal. Transgrediendo el nuevo orden –que huele a caspa– ha superado la superficialidad de las relaciones a dos metros. En su actuar pasional, sin querer, se ha enredado como una zarzamora y así, sin darse cuenta, ha visto surgir algo inesperado. En su repentina guerra de patio de colegio ha presenciado el crecimiento de un ser cada vez más extraño, cada vez más escaso. Un ser que creíamos casi extinto, pero que en ocasiones emerge de donde nunca nadie lo esperaría. Allí, bajo la canasta quejumbrosa del instituto, manó un humano, un adolescente muy humano.

Los que allí presenciaron el beso no pudieron dejar de exclamar un «¡oh!», quién sabe si pensando en la aspereza del brazo de la autoridad, quién sabe si pensando en los peligros sanitarios de la revolución, aunque quizá sencillamente fuese un gañido declamando su estupor ante tamaño descaro. Desconocemos si entre todos los espectadores alguno pudo respirar la fragancia de la libertad que un pequeño «no» emana. Desconocemos si allí, para alguno de entre todos ellos, el «¡oh!» fue un signo de fascinación.

Sea como fuere, en el lugar que no cabía, en el tiempo que no alcanzaba y en el acto que no tocaba, el rebelde recuperó la intimidad a costa de una sanción. Qué bella sanción. Todos querríamos pagarla, incluso el profesor.

De los besos
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