lunes 13.07.2020

Del cuñadismo

Filosofía Pequeña

Fernando Simón, ese hombre al que se agradece su poco afán por las corbatas y al que vemos cada mañana dibujando pedagógicamente con la mano la curva de contagios, ha declarado en una entrevista lo siguiente: «yo, cuando se habla de ébola o de enfermedades infecciosas en general, me siento a priori cómodo. Salvo que esté hablando con el tipo que más sabe de ébola del mundo, que ante él yo me callaré y le dejaré hablar». Muy simple: si sabe más que el contertulio, habla; si sabe menos, calla. Una de esas verdades del barquero que, por solo tener que recordarla, nos debe poner en alarma.

¿Por qué Simón realiza estas declaraciones expresando las verdades más elementales de la práctica racional?

Se me ocurre pensar en la Academia y en el Liceo, célebres por los debates que allí se fraguaban entre los estudiantes y los maestros; no obstante, esos debates eran más bien diálogos entre quienes, con la humildad del que sabe que debe callarse para escuchar, que debe atender para instruirse y que debe obedecer para llegar a mandar, trataban de llegar a alguna verdad. El técnico, el científico y el filósofo han de disputar con los iguales para ampliar su conocimiento, y han de exponer su sapiencia al lego para ayudarle. Entonces, ¿por qué Simón realiza estas declaraciones expresando las verdades más elementales de la práctica racional? Respondo: se está defendiendo. Lo hace con una sutil reprimenda al mal alumno que, desde su ignorancia, trata obscenamente de replicar al maestro. Empero, el alumno está talludo y el maestro ya se sabe la cantinela.

Debemos identificar a este sujeto molesto que interrumpe la labor del docto para farfullar acerca de lo que no sabe, y, sorprendidos, lo encontramos en la epopeya primera. Allí, en la Ilíada, ya encontramos a este fastidioso individuo. En uno de sus pasajes más famosos, justo cuando los aqueos están a los pies de sus naves, al borde de la derrota, con Héctor esperando a dirigir la carga final al amanecer, los héroes y sus tropas se reúnen. Todo es vocerío y nadie puede tomar la palabra. Con todo, allí está el más astuto, el más artero: Odiseo. A los soldados manda callar mientras que a los reyes insufla fortaleza y compostura. Y, cuando ya todo está en orden, a alguien se escucha seguir chillando. Fuera de lugar, sus berreos insoportables le delatan: es Tersites, el más enojoso de todos los griegos.

Lamentablemente, hoy no disponemos de algo parecido a Odiseo y nosotros no exclamaremos lo que sus soldados: «esto es lo mejor que ha realizado entre los argivos: hacer callar al insolente charlatán».

Repasemos al parlero: Tersites vocifera junto al resto pero, cuando estos han recobrado la mesura, él sigue aullando; se le avisa de su falta y se le aconseja escuchar a los que saben, a los que tienen más información que él; sin embargo, sigue haciéndose notar. Homero nos lo dibuja a pincel fino: Tersites es feo y contrahecho, incapaz y estúpido, en fin, un acomplejado en busca de reconocimiento. Habla, se desgañita, brama, porque lo contrario sería el silencio, y el silencio es el olvido, el único lugar en el que puede aceptarse a un ser tan pobre. No tiene los medios ni la instrucción para emitir una proposición verdadera, pero ese no es su propósito, sino hacerse notar; pretende forzar su relevancia. Tiene opinión, pero en seguida Odiseo le recuerda con la fuerza de su brazo que no es interesante. Tenemos un nombre coloquial para Tersites: él es un «cuñado». Lamentablemente, hoy no disponemos de algo parecido a Odiseo y nosotros no exclamaremos lo que sus soldados: «esto es lo mejor que ha realizado entre los argivos: hacer callar al insolente charlatán».

He dicho «cuñados», pero en Asturias se les llama también «grandones», con menos educación nos referimos a ellos como «babayos»

A falta de astutos y decididos héroes, actualmente medran a nuestro alrededor multitud de Tersites. He dicho «cuñados», pero en Asturias se les llama también «grandones», con menos educación nos referimos a ellos como «babayos». Son esos con el codo en la barra de la sidrería, nariz venosa, mejillas rojizas, ojos ya finos y voz muy grave que acompasan con golpes en la mesa. Son esos que no deja hablar al técnico, que disputan con el científico y que desprecian al filósofo. Siempre tienen opinión, siempre un cierre a la discusión con su pecho henchido como pavos, cabeza alta y mirada desafiante. Saben más que el resto y se esfuerzan en advertirlo. Nunca dejan de hablar, pero no se han esforzado en escucharse: sabrían que les falta instrucción. Por lo tanto, acuden a mensajes simplones de rápida digestión: aflora el machismo, la xenofobia y de vez en cuando un «ay, si Franco…» o un «yo esto lo arreglaba con dos hostias». Abunda en su repertorio la perogrullada, el tópico y la muletilla. Huelen a rancio. Y discuten, vaya si lo hacen, pero no debaten. No buscan la verdad tras el encontronazo de argumentos, sino la dilatación de su espalda plateada.

Y así, en nuestra funesta situación, han surgido decenas de epidemiólogos que interrumpen al que sabe para contarle cómo lidiar con la pandemia. Centenares de diplomáticos que saben a quién habría que comprar mascarillas o técnicos que saben cómo hacerlas. Millares de sociólogos explicando cuál es la naturaleza del español y cómo tratarlo. E infinidad de cuñados enfadados porque «ya lo decía yo».

No nos gusta la violencia de Odiseo, aunque sí su disposición. En estas, Deleuze nos da la única salida razonable: nos contaba que cuando alguien le invitaba a discutir sobre algún tema, él, con premura, agarraba su sombrero y escapaba sin mediar palabra. Simón, por su parte, podría replicar que Deleuze no estaba lidiando con una pandemia y un ejército de babayos.

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