lunes 1/3/21

Del miedo

Filosofía Pequeña

Los domingos son buenos días para engrasar las bicicletas de los niños y salir a pasear, más aun si la lluvia permite un respiro. Hoy, aceptando el regalo, nos hemos aventurado a una larga marcha poniendo a prueba el equilibrio de los pequeños y su resistencia. Para no forzar en demasía las piernas hemos parado en algunos parques y en uno de ellos se ha ensombrecido la mañana. Entre las risas y el jolgorio general estaban ellos, ya los conocen, ya se los han cruzado: una pareja de atravesados. No estoy seguro de que abunden, pero llenan mucho, molestan y no ríen, más bien gustan en tornar gris cualquier color.

Merodeando en la situación, se nos ha ocurrido una posibilidad: el demonio que traían de casa era el miedo, un verdadero y auténtico miedo latente. Miedo al virus, a la pandemia, a los portadores, a la cercanía, a las relaciones, a los vecinos, a la gente y a los niños con sus fastidiosas bicicletas.

Desde lejos los vio Paloma venir airados, que es más perceptiva. Desde cerca los escuchó Paloma refunfuñar primero, airear cagamentos después, que es más avispada. Dándoles de lado los ignoró Paloma, que es más inteligente. Con calma, sin hacer nada, los sacó de quicio Paloma, que es más paciente. Y cuando Paloma decidió que ya era hora de marchar, sin mirarles, pero sin perderles, los dejó con la lengua seca, la arteria hinchada y la ira manifiesta. Parece ser que no les agradaba el lugar en que los niños habían aparcado sus bicicletas.

Ante tamaña falta, no cabe sino preguntarse el verdadero motivo de su enfado, así que, deliberando, hemos concluido que posiblemente viniesen endemoniados por algo que se nos escapa… o quizá simplemente fuesen un par de antipáticos, quién sabe. Merodeando en la situación, se nos ha ocurrido una posibilidad: el demonio que traían de casa era el miedo, un verdadero y auténtico miedo latente. Miedo al virus, a la pandemia, a los portadores, a la cercanía, a las relaciones, a los vecinos, a la gente y a los niños con sus fastidiosas bicicletas.

El temor viene acompañado de la prudencia y es razonable: atisba el peligro y se anticipa el daño para sortearlo. Precisa de cálculo y frialdad, de medida y cordura. El miedo, sin embargo, supone el mal y lo calibra con dificultad: falto de cordura, deviene en torpeza, tanto física como emocional, sin duda que también social.

Las reflexiones acerca del miedo vienen de muy lejos. El miedo (phobos), nos dice Platón en el Laques, es un golpe presente y aterrador que, como tal, nos hace actuar de extrañas maneras. El ateniense lo compara y opone al temor (deos), que es más bien una sospecha. De este modo, su alumno Aristóteles incide en que el que nada teme es un insensato, pero el que se excede es un cobarde. El temor viene acompañado de la prudencia y es razonable: atisba el peligro y se anticipa el daño para sortearlo. Precisa de cálculo y frialdad, de medida y cordura. El miedo, sin embargo, supone el mal y lo calibra con dificultad: falto de cordura, deviene en torpeza, tanto física como emocional, sin duda que también social.

En la Ilíada, Phobos va siempre junto a Deimos (el terror) y Eris (la discordia). Eris, de hecho, es la protagonista del preámbulo a la más grandiosa epopeya: ofendida porque no había sido invitada a una boda, dejó caer una preciosa manzana de oro con la inscripción «para la más bella». Tres diosas se dieron por aludidas: Hera, Atenea y Afrodita, y lo que devino fue la guerra más famosa y feroz de la antigüedad, la que se sangró a las puertas de Troya. Miedo, terror y Eris, la discordia, la misma que es capaz de fracturar familias y alejar amigos, de olvidar compañeros e ignorar afectos. ¿Qué es la ciudad sin estima ni cordialidad, sino un paraje de desconfianzas y canguelos? Tanto canguelo como para reñir por nimiedades, qué sé yo, unas bicicletas de niño mal aparcadas.

Así que el miedo se relaciona con la huida en el campo de batalla y se hace acompañar del ataque y la persecución

Phobos siempre está a la vera de Eris, pero aparece también rodeando a Ioke, que es la persecución, el ataque, y lo hace en el escudo de Atenea. Phobos es lo que circunda al ataque y a la discordia, dejando en el centro, precisamente, a la que no puede  siquiera ser mirada, a Medusa. Phobos aparece en el escudo de Atenea, la diosa guerrera, pero más transparente nos resulta que sea la hija de Ares, dios de la guerra. No nos puede sorprender, entonces, que phobos derive en su etimología de phebomia, que es la huida.

Así que el miedo se relaciona con la huida en el campo de batalla y se hace acompañar del ataque y la persecución. Es hija de la guerra y pariente de la discordia. Acompaña a la diosa Atenea en su escudo dorado circundado la representación de la gorgona, esa misma que convertía en piedra a quien tuviese la temeridad de mirar sus cabellos que eran serpientes. De puro una batalla. Pero, sobre todo, de lo que no se hace acompañar el miedo es del cariño y la confianza, de la cordialidad y la ternura, de la estima y la cortesía. Donde hay miedo no cabe la amistad ni la familia, qué decir entonces del afecto o del buen trato, qué lejos el civismo o la paciencia. Quien tiene miedo no comprende a quien lo repudia y lo acusa torpemente de inconsciente, de egoísta. Donde hay miedo todo es una ofensa, un ejemplo de irresponsabilidad o un ataque a algún derecho. El miedo llama a la discordia y las palabras amables se vuelven avispas cuando, quién sabe, un niño aparca a nuestro disgusto una bicicleta.

Phobos, por último, es definido por Aristóteles como un barullo de la imaginación cuando está a punto de sobrevenir algún mal. Ante este mal, no obstante, parece más razonable arrimarse al temor que, con sensatez, se mantiene a tanta distancia de las compañías del miedo como de los peligros avistados. Pero, bueno, quién sabe, quizá simplemente nos hayamos cruzado con dos atravesados en un mal día. Ahora, por suerte, ya estamos en casa y no nos disgustan los abrazos.

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