domingo 05.07.2020

De la vieja dialéctica

Filosofía Pequeña

En el Alimerka se hunden raíces filosóficas muy profundas. Les cuento: salía yo en mi semanal paseo –antes de las bizarras fases– fuera de los muros del hogar, que ahora son las trincheras contra el virus, o eso nos dicen, y me arrastré al único lugar al que nos dejaban arrastrarnos. Ya saben, nada nuevo: la leche, la carne, unas palabras con un amigo desde la distancia, en la charcutería la chica me saluda –aunque detrás de su armadura en forma de mascarilla no la reconozco haciéndome sentir estúpido–, etc. Lo dicho, nada nuevo. Nada, hasta que oigo voces. Ya había notado un par de aspavientos de un señor de esos que llamamos «paisanos». Talludo, algo torpe en el caminar, pero recio y malhumorado. Sin embargo, no le había prestado atención hasta que se subió el tono, y no se la hubiera prestado de no ser por la fatigosa rutina de cuarentena. Entonces, como mal ciudadano y buen espectador, me acerqué a la función.

A más libertad, más riesgos de que el otro atente contra la paz. A más seguridad, mayor recorte en libertades para evitar desmanes.

Deprimente. Confieso que no tengo ni idea de qué ocurría. Llegué para el acto final: vi a tres jóvenes fuertes, grandes y uniformados –dos nacionales y uno de la seguridad del establecimiento– alrededor del paisano que no se dejaba amilanar. Sin embargo, ellos hablaban y, a cada intento de él por pronunciar palabra, era interrumpido con gravedad hasta que llegó la letanía final: «que sepa usted que va a ser denunciado». Media vuelta y aquí no ha pasado nada. A la vista de lo ocurrido, el paisano hizo lo único que podía hacer con cierta dignidad: expropiado de la palabra, levantó la mano con desdén y murmuró algún cagamento.

¿Qué habría sido? ¿Habría incumplido con la distancia de seguridad? ¿Habría salido muchas veces de casa? ¿Llevaría demasiado tiempo fuera? ¿No se taparía la boca al toser? Ni idea, pero cualquiera de estas preguntas en otro momento libre de virus resultarían ridículas. Y aquí está la filosofía.

Lo que nos plantea la escena es la más vieja tensión entre los derechos individuales y los derechos colectivos. Libertad contra seguridad. A más libertad, más riesgos de que el otro atente contra la paz. A más seguridad, mayor recorte en libertades para evitar desmanes. ¿Se acuerdan de los aeropuertos? Son ese lugar donde somos vigilados, pastoreados, radiografiados, hurgados en sus pertenencias, examinados en nuestro historial, tocados… En fin, humillados por nuestro propio bien.

En el Alimerka, nos recuerdan los uniformados, recortan terreno las tesis del lobo. Sabemos cuándo y qué libertades nos han quitado, sabemos incluso cómo de sumisos hemos sido

Vieja dialéctica. Durante la ilustración esto se plasmó en dos teorías. Locke pensó para unos derechos del individuo inalienables a pesar de los deseos del estado protector. Hobbes argumentó por un estado tan fuerte que fagotizase cualesquiera derechos del individuo «por su propio bien» –lobos contra lobos que necesitan ser domados–. Históricamente venció Locke: sus tesis fueron adoptadas por la carta de derechos en 1689 que daría lugar a la constitución estadounidense en 1787 y a sus famosas enmiendas dispersándose en las constituciones modernas.

Empero, el debate no se ha cerrado, y así se trasluce, por ejemplo, en el argumento de fondo de la taquillera película Civil War (2016) donde el Capitán América –la libertad, Locke– se enfrenta a Iron Man –la seguridad, Hobbes–. En ella –EEUU–, todavía gana Locke. De haber sido una producción asiática, hubiera ganado Hobbes. En el Alimerka, nos recuerdan los uniformados, recortan terreno las tesis del lobo. Sabemos cuándo y qué libertades nos han quitado, sabemos incluso cómo de sumisos hemos sido. Lo que no sabemos es cuándo las recuperaremos ni de qué forma –vayan mirando a cómo tumbarse en las playas–; dependerá de si volvemos a Locke o de si nos quedamos con Hobbes. Puede que, en nuestro estado de shock, terminemos por aceptar las formas del estado de vigilancia chino. No obstante, el desdén del paisano nos permite conservar la esperanza.

De la vieja dialéctica
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