Prefiero recordarte así, Serxín: adiós al compañero de la sonrisa eterna
Cantaba Alberto Cortez en aquellas cintas de casete que todos escuchamos en nuestra infancia, que «cuando un amigo se va, queda un espacio vacío» —si leyeras esta cita pondrías los ojos en blanco, pero sé que sabrás entenderla—. En tu caso, Sergio, ese espacio es equivalente a un agujero negro del espacio. Algo que solo pasa en quienes dejan una huella a su alrededor. Y tú de eso, de dejar huella, ibas sobrado querido Serxín. «Hay que pelearlo», me dijiste el día que hablé contigo de tu diagnóstico, que no podía ser más desolador —si el cáncer ya lo es, uno triple tiene el efecto de una bola de demolición—. Por lo que sé, lo has hecho hasta el último momento sin dejar de ser quien eras: una eterna sonrisa, un disfrutón de la vida, una gran persona —que se dice siempre cuando alguien falta, pero en tu caso es tan verdad como que el mundo existe— y la generosidad con patas.
Ayer, cuando me dijeron que tu pelea contra el cáncer había terminado, no pude evitar mirar atrás. Al tiempo que compartimos hace más de 25 años en Madrid, a cuando nada nos preocupaba más allá de aquellos amores que —algunos— creímos eternos, de acabar la universidad y encontrar un trabajo "de lo nuestro". En tu lista de preocupaciones había una más: volver a Asturias, a tu casa. A tu Oviñana del alma donde, entonces y todos los años que han venido después, fuiste gasolina poniendo ganas, energía y liderazgo para que se mantuviera vivo. Porque si algo te movía era seguir con tus raíces firmes ancladas al suelo, hacer que crecieran para todos los demás. Pocas personas se han involucrado tanto con "su patria" como tú lo hiciste con tu pueblo. Poca gente he conocido tan generosa, haciendo por el bien de todos, ni con tanto poder de convocatoria como el que tú tenías.
No compartimos aula porque tú ibas un curso por delante de mí, pero el destino quiso que fueras a compartir piso con un buen amigo mío primero y, después, que yo me mudara al portal de enfrente de tu casa en aquellos años en los que Juan Álvarez Mendizábal parecía más un colegio mayor que una calle. Ayer, cuando supe que te habías ido, no pude parar de pensar en las muchas tardes compartidas en tu casa y en la barra de "el Abdul". En las mañanas de aquel autobús que nos llevaba a La Berzosa muertos de sueño y que tú solías aprovechar para dormir un rato más; en las noches de copas por Madrid que empezaban con unas cañas en Malasaña o por la zona de Barceló; y terminaban de madrugada esperando sentados en un banco de la Gran Vía para saludar a un vecino tuyo que traía marisco a un restaurante de esa calle y, de paso, siempre tenía algo rico que regalarnos —porque, aunque era para ti, todos acabábamos desayunando lo que fuera que te diera—.
Ayer cuando me enteré de que te habías ido preferí no recordar esas últimas fotos que has compartido durante este tiempo en redes sociales donde, a pesar de estar más delgado y visiblemente tocado por el tratamiento, sonreías. Como lo hacías siempre. Como lo hiciste cada una de las veces que, como cámara de la TPA y en el tiempo que estuviste en este Oriente, volvimos a encontrarnos. De aquella, yo no escribía en este periódico pero se dio la casualidad de que, la mayoría de veces que tenías algo que cubrir por aquí, te encontraba por la calle. No siempre había tiempo para un café rápido, pero siempre había tiempo para contarse cosas atropelladamente con tu particular manera de hablar cuando cogías carrerilla.
Desde ayer, de la boca de todas las personas que te conocieron salen las mismas palabras. Eras una gran persona y un compañero de profesión excepcional —solo las buenas personas lo son—. Me consta que has estado arropado de toda esa gente que te quería, me consta que tus amigos cercanos han sabido estar a la altura y que Oviñana hoy te despedirá con ese agujero negro que supone tu marcha en el corazón.
Yo prefiero recordarte en aquel banco de la Gran Vía que para ti era parada obligatoria —no por lo que te regalara tu paisano sino porque, poder saludarle, te hacía estar más cerca de casa aunque fuera en mitad de una fría madrugada de Madrid—, en los cafés del Río Grande de Cangas de Onís con tu cámara a cuestas y siempre con prisa. Prefiero recordarte en las conversaciones fugaces que empezaban y terminaban siempre con una gran sonrisa.
Si el "ahí arriba" existe, espero que tenga mar y que te reciban con sidra fría, centollos y una buena verbena al estilo de tu querido San Roque, que puedas bailártelo todo poniendo morritos y sonriendo como solías hacer —e inventándote las letras de las canciones que no te sabías— y que alguien te llame "Bruce" —un mote que nunca entendí pero que era, para ti, parte de tu identidad—. "Aquí abajo" nos dejas a todos el corazón un poco roto.
Adiós, Serxín. Adiós, compañero. Qué injusta es a veces la vida.