Opinión

Vicente, El Gocheru

Hay muchos modos de ser asturiano, sin duda, pero uno de los más genuinos es el ser socarrón, arte que domina Vicente el de Avalle, conocido como El Gocheru por su dedicación al trasiego de coínos. El oficio lo heredó de su padre, Antón de Lalo, pero el talento para llenar el espacio de taberna con un habla singular, cargada de retranca, es un bien más antiguo. Un bien que él maneja a la perfección y que quizá lo jalló en la fuente L’Aspru, entre llabores, días de herba y soles de juventud.

En su aldea son muchos los que dicen que con él se perdió un actor (y la imagen lo acredita) pues la interpretación comienza desde la pose, reside en arriesgar acertando -que lo hace- y se ejecuta ante toda clase de público, porque el de Avalle jamás se intimida en la porfía. En los bares de domingo, las villas comerciales del medio rural estallan en cátedras de mercadeo. La de Cangas, mínima urbium, máximo Vicente, disfruta los decires del gocheru, tenor elegante y qué buen político también si el oficio no se hubiese poblado de morgazu.

Vicente-El-Gocheru
Vicente Sánchez en la Casa de España, Alemania, 1964.
Imagen cedida por Marisa García
a la Asociación “Collacios de Aballe”.

Aún así, las artes de Vicente no solo son de él. El ritmo y poesía (RAP en inglés) de sus intervenciones, como las canciones habladas, son un recurso bien ensayado, y muchos pueblos han sabido resolver de palabra las tensiones que genera la vida en común. En eso campea la poética de los asturianos y su escepticismo socarrón.

Con lo que, exponerse al pulso verbal con tipos como Vicente, maestro de lengua acerada entre candilejas y barra, es difícil de sobrellevar si no se abandona uno a la rueda de los vinos o se somete a los dioses del humor, enemigos naturales del estreñimiento. 

Dice un proverbio inuit que la lengua es el único instrumento que se afila con el uso. En el escenario ártico, donde sólo hay hielo y dificultad, el hombre estima mejor sus propios recursos. Uno de ellos es el habla, que sirve a los esquimales para estremar el tono de los blancos y para resolver conflictos en clave de comedia. En sus duelos poéticos, la habilidad para la ironía y la capacidad para soportar la chanza miden la humanidad de su gente. Al igual que en Las Asturias inteligentes del gocheru, tan obstinado como sus animales a la hora de cultivar las vertientes más soportables del mundo.