La capilla de San Martín de Miravalles fue modificada totalmente a mediados del siglo XIX con el fin de crear un templo mayor, la iglesia parroquial de San Esteban. Fueron los vecinos los que aportaron la mano de obra y los indianos de la localidad los que pusieron el dinero necesario.
José del Fresno
El indiano José del Fresno fue el mayor filántropo del templo, con 15.000 pesetas de donación (según datos del Libro de fábrica (1764-1950), que está actualmente en el Museo diocesano). Él fue el que se encargó de reclamar la presencia del pintor José Cuervo González para que decorara el ábside. Su hermano Rafael dejó también dinero para hacer el reloj de la iglesia y, Manuel Gancedo, emigrante de bonanza en México, que en una de sus idas y venidas financió el característico pináculo de la torre de la iglesia con su pararrayos.
Cuando en 1865 se hizo el crucero apareció, en los cimientos de la capilla, una lápida muy antigua con una breve inscripción en latín que ponía en su parte superior: ‘Severiliae fi(liae) ca(raes) a(norum) XX’, (‘Severilia querida hija de veinte años’). La piedra es de arenisca de 38x24x14 cm, y se trata de una estela funeraria encargada por el padre de la citada ante su muerte prematura.
En 1877, el párroco de esta aldea, Don Antonio María de Valdés, la donó al Museo Provincial y está ahora en el Museo Arqueológico. Según los expertos, dicha lápida es, muy probablemente, del siglo II d.C., en pleno dominio romano.
El nombre de San Martín
García Arias, que es el mayor experto en el análisis de nombres de lugar, asegura que: «Toponímicamente es probable que la generalización del mismo culto cristiano [a San Martín] haya sido favorecido por el gran arraigo pagano a Marte, el dios de la guerra, y sus vestigios pueden estar hoy disfrazados de diversa manera, en usos y prácticas de corto alcance y acaso confundidos con alguna deidad menor indoeuropea». En otro lugar, hablando de Saturno, indica: «Es posible que en sí San Martín pudo (…) cristianizar el culto a Marte».
La afinidad de términos hace plausible la idea de compatibilidad sincrética entre lo propiamente romano y lo godo-cristiano: Marte = San Martín. Severilia pudo haber sido enterrada en las inmediaciones de un templo dedicado a Marte.
En la zona existe un predio con el nombre de Marcianes (Gancéu), que parece referirse a una villa o Casería de Marte, el dios de la guerra, la virilidad y la agricultura. No tenía que ser una gran construcción sino una simple lápida invocativa. Posteriormente, en época visigótica, surge en las inmediaciones de la anterior la Casería de La Sala, en ambos casos sería una explotación aristocrática similar a la Villa de Pueyes.
Una villa de siervos
Estas villas romanas tenían trabajadores siervos y un dueño que podría vivir en la ciudad -según indica el profesor de la Universidad de Oviedo, José Ignacio San Vicente-, aunque de vez en cuando controlaría la villa. Tenía comodidades como los baños de agua caliente o termas. La villa disponía de una producción importante, destinada normalmente a la exportación. Tenían que estar cercanas, por razones logísticas, a la costa o a un vía principal. En el caso que nos ocupa, a poco más de un kilómetro, pasaba la Calzada del Litoral y, además, al oeste del monte Rodiles había un puerto que aún conserva su denominación.