Los Peón fueron la última familia patricia de Villaviciosa. Desde la casona que albergó el Colegio de San Francisco, que fue su vivienda familiar, también conocido como Palacio de Peón, contaban que la abuela, doña Concha, subía al mirador acristalado de la torre de su mansión y, mirando hacia el infinito, exclamaba: «Todo lo que se ve es mío».
No estaba del todo equivocada -si es que en verdad lo dijo-, ya que buena parte de lo que se podía ver desde allí formaba el límite de su propiedad. Muchos terrenos fueron donados a Villaviciosa, al igual que La Carballera, donde está construido el cementerio, o el Hospital de Capistrano.
Parque de La Alameda
Contaba su nieto, Ramón Cavanilles, que en cierta ocasión acudió al ayuntamiento de Villaviciosa a preguntar la razón por la que su familia estaba pagando impuestos por los terrenos del parque La Alameda, cuando este había sido regalado por su abuelo al consistorio maliayo hacía más de cien años. Lo pasaron ante el alcalde, Julio César Álvarez Miranda, quien, sin ni siquiera saludar -gracias a sus mal aprovechados años en el Seminario de Valdediós-, llama al funcionario Pepe Madrera y le dice: «Mira a ver si ye verdá lo que diz esti», y Pepe, que ya sabía de sobra quién era Cavanilles, y llevaba más tiempo en el Ayuntamiento que las cucarachas del sótano del edificio, le dice: «Sí señor, ese terreno fue donado por Antonio Cavanilles».
El señor que permanecía delante de Julio César -no el emperador romano sino el maliayo-, no veía mucho más allá de las apariencias, y es que Ramón Cavanilles Navia-Osorio (1933-2006), el último Peón, presidente de la Asociación de Amigos de la Catedral de Oviedo, ingeniero aeronáutico y un intelectual de primer nivel, iba con frecuencia con los codos del jersey raídos y los zapatos llenos de barro del ‘porréu’ de Musllera. A veces portaba una gran capa larga, de color negro, idónea para el frío, pero extraña para el populacho, quien le dio el mote del ‘hombre de la capa’. Nadie más que él llevaba tan práctica y cómoda capa por estos lares.
Un hombre sencillo
Ramón era sencillo, amable... Invitaba a cualquiera a tomar vino de Rioja de ‘Puelles’, que él surtía convenientemente a los bares en que recalaba. Le gustaba la tertulia con gente plural. Recuerdo un día que me invitó a una espicha en su casa de Musllera a lo tradicional, con ‘xarres’ de barro, fue la única vez que bebí en aquellas vasijas. Ramón nos enseñó una magnífica biblioteca contigua a la casa, con sus magníficos libros de mapas. Había libros incunables. Al poco tiempo la biblioteca se quemó, supuestamente por un cortocircuito, aunque él siempre defendió que había sido quemada ex profeso. Era como si hubiera desaparecido algo muy importante en su vida: cerró la puerta y no la volvió a abrir.
Había nacido en la casa más antigua de Oviedo, en la torre defensiva, que después fue palacio tardo-gótico de la Rúa o de Santa Cruz de Marcenao. A diferencia de lo que hicieron Caveda y Nava o Carlos de la Concha, él hizo su ‘tornaviaje’ a Villaviciosa para quedarse.
Comunista a su manera
Él era comunista a su manera, o sea que no lo era; amigo de Díaz Merchán y de Gracia Noriega. Defensor de los ‘hombres fuertes’ que algunos llaman impropiamente ‘caciques’. Era bablista de los de antes, nada que lo relacionase con los de ahora, asturianista de los de siempre. Escribió con Amelia Valcárcel “El nacionalismo asturiano”, que versa sobre un regionalismo integrador, nada tiene que ver con el lailo-lailo actual. Matenía unas buenas relaciones con Amelia y con su marido Ll. X. Álvarez. Su estupendo libro “La Catedral de Oviedo” tuvo varias reediciones, en una de las últimas tuvo a bien contar con unas letras de un servidor.