El Gran Timonel

“Hay hombres que luchan un día y son buenos/

Hay otros que luchan un año y son mejores/

Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos/

Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”. Brecht

 

Cuando aterricé laboralmente por La Xunca en el verano de 1991 para trabajar (es un decir) por primera vez en mi vida yo tenía 16 años y Nobel, que a partir de entonces sería mi jefe, 56. La relación contractual se cocinó un poco a la manera en que se hacían entonces las cosas en los pueblos pequeños: mi padre, cliente habitual del bar, comentó así al vuelo: «Pues paez que el rapaz quier empezar a trabayar pa ganar unes perruques» y Nobel contestó: «Coño, pues aquí andamos buscando alguien que nos eche una mano». Mi padre, curándose en salud y conocedor del paño que tenía en casa, dijo: «Pero ye muy torpe, ¿eh?» y Nobel replicó: «Na, da igual, ye pa apoyar un pocu aquí en barra y recoger les meses». Y a los pocos días ya andaba estorbando por ahí. ¡Bendita la hora! Para mí, claro, porque para ellos no debió resultar una transacción muy beneficiosa, aunque de tan buenos como son jamás me lo reprocharon y soportaron estoicamente durante una década al que probablemente haya sido el peor camarero de la historia, plusmarquista en rotura de vasos, que comía y bebía como si no hubiera un mañana y que, además, esgrimía el dudoso don de dar más la brasa a los clientes que viceversa. Ese era yo.

Nobel comenzó siendo mi jefe, pronto derivó en amigo y sin casi solución de continuidad en compañero de trinchera ideológica

De poner vinos y copas, tomar comandas y servir mesas aprendí poco (no por falta de buenos maestros, sino por la ineptitud de la que ya advirtió mi progenitor), pero de todo lo demás, un montón: que la generosidad siempre es una buena inversión aunque no reporte dividendos, que conducirse por la vida con dignidad no solo no está reñido con la bondad sino que es condición indispensable para ello, a valorar a la gente por lo que es y no por lo que tiene… Un buen puñado de cosas útiles que, aunque no me han servido para hacer carrera en hostelería, sí me han proporcionado herramientas para mirar el mundo.

Nobel comenzó siendo mi jefe, pronto derivó en amigo (visto ahora, me resulta curioso el buen filin que siempre tuvimos pese a la diferencia de edad: creo que a él le hacían gracia mis excentricidades adolescentes y yo me desternillaba con algunas réplicas suyas) y sin casi solución de continuidad en compañero de trinchera ideológica. A mí ya me picaba el gusanillo de la política desde guaje, del lado zurdo de la barricada (que tan malo no será si es el que demoniza gentuza como Milei y adláteres) y el salto a la militancia se produjo por un mero ejercicio de observación: veía a gente como José Manuel, Ramonín, Alfredo o Mino y pensaba «este es mi sitio». Lo fue y, más de 30 años después, lo sigue siendo.

Reuniones interminables entre humaredas que hoy movilizarían al cuerpo de Bomberos, discusiones enrocadas que a veces subían de tono sin llegar la sangre al río, salidas que no se ceñían (afortunadamente) a lo meramente político y solían rematarse en pitanzas bien regadas… Y, cuando la cosa se desmadraba demasiado, allí estaba Nobel poniendo paz, una actitud conciliadora que fue constante vital y profesional. Ya de aquella amagaba con retirarse a sus cuarteles de invierno y yo, tirando de coña maoísta, le decía que de eso ni hablar, que él era nuestro Gran Timonel. Y nos descojonábamos, claro.

Aunque, sin bromas, sí fuiste un gran timonel para mí, mucho más allá de lo ideológico: tu familia fue mi familia y tu casa fue mi casa, hasta el punto de que, muchos años después de haber dejado de trabajar, mi madre aún seguía enviando a La Xunca a quienes preguntaban por mí, en la certeza de que andaría por allí dando por saco. Estos últimos años, por motivos laborales y de salud, hemos coincidido mucho menos de lo deseable y quizá tendría que haber aprovechado para hacerte saber lo importante que has sido para mí y lo mucho que te quería.

De llorera en llorera hasta la victoria final. ¡Gracias por tanto, Gran Timonel!

Despedirte es como arrancar una de las páginas más hermosas y felices de mi vida para constatar que el mundo es hoy un poco peor, pero la suerte que hemos tenido quienes gozamos del privilegio de tu amistad nadie nos la puede arrebatar sabiendo, como en el verso de Virgilio, que ningún día te borrará de la memoria del tiempo. Así que aquí seguiremos intentando honrar tu legado como soldados derrotados de una causa invencible, bastante más tristes, eso sí. De llorera en llorera hasta la victoria final. ¡Gracias por tanto, Gran Timonel!