domingo 29/11/20

Un veranu de coronavirus y cuernos

Esti virus tan roín no obedece a ninguna estadística.

Los popes de la medicina aplaudidos por los vividores del turismo esperaban que se acabara con la llegada del calor. De momentu el calor lo únicu que nos trae e seca y focos de rebrotes, que es como llaman ahora a los que se ponen malos. Pequeñu y peleón, también en pocos meses el microbiu consigue cambiar los significados de las palabras y los números. Por ejemplu, antes 100 contagios eran una cosa seria y desbordada y ahora un asuntu controláu. Pasamos de ser un país cotamináu a ser un país seguru; lo contrariu de Estados Unidos que pasaron de pasar de tou a estar muy preocupaos.

Vivimos una época formidable de la nos convendrá acordarnos si libramos. Yo no creo en plagas ni en castigos divinos pero la naturaleza es sabia. Llevamos décadas pasándonos por el forro todos los ciclos vitales y recomponerlos va a costar mucho, en el caso de que se consiga. Hace unos meses, los científicos esperaban alimentar al planeta con bichos, y ahora son los bichos los que nos comen.

Este verano tan raro, de paseos con “careta” y derroche de lejía, se nos va en cifras y en un par de culebrones de los que me informo desde que estoy de vacaciones : los amores de Juan Carlos de Borbón y de Enrique Ponce.

No creo que de ésta salgamos más sabios, o más eco-responsables, o más amables, que viendo lo que se ve, con salir vivos nos conformaremos.

Se acusa mucho a la juventud que festeja los reencuentros con abrazos y alcohol, pero hay que reconocer que tienen un comportamiento de lo más humano, sólo celebran el gusto de verse por si acaso no se ven más, sin cálculos, sin premeditación y alevosía, que es como nos tienen intoxicados nuestros dirigentes. Como lo de los contagios no los desanima, las amenazas vienen por la destrucción de puestos de trabajo y el paro que los acecha, que es una verdad económica, pero que sirve para maquillar los cientos de mentiras que se leen y escuchan en todos los medios oficiales y oficiosos.

Este verano tan raro, de paseos con “careta” y derroche de lejía, se nos va en cifras y en un par de culebrones de los que me informo desde que estoy de vacaciones : los amores de Juan Carlos de Borbón y de Enrique Ponce. Un par de hombres que se van a arruinar por echarse queridas , que es como se llaman a las señoras que se benefician (o lo contrario) a señores casados, a no ser que eso haya cambiado también. Unas historietas que confirman aquello de que nada dura por debajo de la cintura y que en lo que refiere a su majestad quieren hacernos creer que va a destruir la monarquía constitucional. Desaparecerá el régimen, pero no por cuestiones de braguetas, que no acabo yo de ver qué tienen que ver con la política, si no porque a este país de cainitas y envidiosos ni le gustan las monarquías, ni sabe qué hacer con las repúblicas.

Mi consejo para llegar al otoño con la salud metal intacta es que apaguen la tele y se tomen un algo a la sombra de una tilar. Y que esperen, que nunca llovió que no abocanara y a lo mejor, con un pelín de suerte, el virus se lleva por delante a alguno de los que no valen pa nada, más que pa medrar a costa de los trabayan.

Un veranu de coronavirus y cuernos
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