miércoles 5/8/20

Cinco güisquies y diez cervezas

Es que me tomé cinco güisquies y diez cervezas. Esta era la sucinta explicación de un condenado por un delito especialmente grave relacionado con  la violencia hacia otras personas, con el que trataba de justificar el autor de la agresión que el alcohol le había obnubilado la mente y que era incapaz de sujetar a la bestia que le crecía dentro. No es el único caso. Todavía el otro día el autor del asesinato machista de Gijón declaró a la Policía al ser detenido de que iba cargado de copas y cocaína.

Vivimos en una sociedad absolutamente tolerante con el alcohol, aunque ya se empiezan a oír voces que reclaman una mayor vigilancia contra los excesos de las copas en los fines de semana y entre personal joven. Afortunadamente, ahora la ingestión del alcohol a la hora de conducir es objeto de cuantiosas multas y hasta de cárcel si el índice en la sangre supera más allá de lo razonable los límites de lo permitido.

Sería más que necesario que la sociedad se concienciara de los efectos negativos del alcohol, no solo para reducir gastos médicos, derivados de las consecuencias de su abuso...

En determinados sucesos muy relacionados con el maltrato y la violencia, el alcohol es un factor determinante de gran trascendencia. Posiblemente, porque la ley le permite la condición de atenuante (salvo en la justicia militar, que es agravante) y que condiciona de manera evidente la forma de actuar de quien delinque. Si uno observa las declaraciones posteriores a un acto de maltrato machista, podrá subrayar que muchos de los maltratadores y violadores, confiesan haber bebido mucho más de lo que un cuerpo puede permitirse sin perder la razón.

Es cierto que la relación alcohol delincuencia no es siempre directa. En algunos supuestos, como los atracos a mano armado o los robos con fuerza o en los butrones, los ladrones suelen actuar  con una concentración digna de encomio, puesto que, en caso contrario, sería muy difícil que la acción se saldara con éxito. Salvo en casos anecdóticos, es prácticamente imposible ver a un atracador borracho. Eso se deja para otros delitos.

Sería más que necesario que la sociedad se concienciara de los efectos negativos del alcohol, no solo para reducir gastos médicos, derivados de las consecuencias de su abuso, sino para prevenir determinados delitos que se producen bajo los efectos de muchas copas de más.

No seré yo, sin embargo, el que se sume a esta campaña abstencionista a ultranza que desde sectores religiosos y puritanos se ha puesto de moda en los últimos tiempos. Yo mismo he cogido más de una cogorza en mi vida, y no le hago ascos, si no todo lo contrario, a un buen vino o a una botella de sidra. Pero es hora de que la excusa de las diez cervezas y los cinco güisquies deje de ser un tópico en nuestras páginas de atestados. Creo que Alcohólicos Anónimos tiene mucho trabajo por delante.

Digamos sí al uso moderado de las bebidas alcohólicas: son un placer tomadas en pequeñas dosis y un acicate para el alma y el bienestar corporal. Pero es necesario que sepamos beber que cuando alguien nos pregunte cuantos vasos hemos trasegado, erradiquemos esa respuesta tan común en muchos fines de semana: cinco güisquies y diez cervezas.

Cinco güisquies y diez cervezas
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