Las huelgas también enseñan

De todo se aprende en esta vida. Las experiencias nos demuestran que cualquier cosa que hagas, independientemente de si lo haces bien, mal o regular, tiene unas consecuencias de las que sacar conclusiones, porque somos personas que aprendemos a base de pruebas, ensayos y de actividades que nos hacen moldearnos pocos a poco.

Del último conflicto de la enseñanza pública en Asturias también debemos encontrar las lógicas deducciones porque las huelgas también enseñan en la pizarra de la vida. Y, aunque nos equivoquemos a la hora de analizar lo que sucedió en los últimos días de finales del curso académico, tenderemos a priorizar cuáles son las razones que han llevado a definir el final del paro como bueno o malo.

En primer lugar, hay que dejar claro que no se pueden minimizar las causas de una reivindicación ni tratar de desenfocarlas porque, quien lo haga, va a salir perdiendo. La escasa atención que las autoridades educativas del Principado pusieron en los primeros momentos de las negociaciones fue crucial para quemar a la consejera del ramo. Lo que no se sabe es si ha sido inducida por el propio Gobierno asturiano o ha sido la mismísima Lidia Espina las que se achicharró al no tomar en consideración las demandas de los educadores, que dejaron claro en las calles, por si fuera poco lo que hicieron en las conversaciones iniciales.

Ahora parece que también los profesores de la enseñanza concertada quieren mejoras. Una reivindicación absolutamente legítima.

Desde mi punto de vista, otra conclusión importante tras el acuerdo alcanzado entre los negociadores por parte de los trabajadores y los de la administración, es que se ha sabido echar el freno de la huelga en el momento oportuno, porque de esta forma no se erosionaban los bolsillos de los docentes ni se llevaba a los trabajadores a un pozo sin fondo.

Digo esto porque se ha cortocircuitado una especie de utilización partidista del conflicto por parte de determinados sectores interesados en poner contra las cuerdas al Gobierno progresista, independientemente de la justeza de las reivindicaciones. Que una determinada central sindical, nueva en la enseñanza, aunque no en el mundo funcionarial, haya tensado la cuerda más de lo debido y algún nuevo responsable político de la derecha haya creído oportuno echar las redes a ver si pescaba algo, pudo tener consecuencias difíciles de revertir, si no fuera por la pericia del resto de sindicatos (y del propio Ejecutivo, obviamente).

Nos atrevemos a decir que el paréntesis entre la dimisión de Espina y la designación de la nueva consejera de Educación, pudo ser un factor importante para que las aguas hayan llegado a buen puerto, toda vez que nadie arriesgaba su poder ni su posición y los técnicos y conocedores del asunto podrían tener el suficiente margen de maniobra para no verse maniatados por alguna circunstancia externa al asunto.

Ahora parece que también los profesores de la enseñanza concertada quieren mejoras. Una reivindicación absolutamente legítima. Pero este conflicto es harina de otro costal y tiene muchos recovecos que examinar porque no cumple con las mismas especificidades que la enseñanza pública. Ya habrá tiempo de entrar a fondo, a medida que se vaya conociendo el desarrollo de las supuestas negociaciones.