Pactando con su enemigo

La tradición política de la democracia española ve con buenos ojos los acuerdos entre distintos partidos, quizá debido al consenso alcanzado durante la Transición y sea con la fórmula simple de hay que llegar a acuerdos como sea o la más compleja de la estabilidad requiere pactos de Estado.

Pero las contradicciones inherentes a la política española conllevan que, cuando alguien pacta, los opositores ponen el grito en el cielo y demonizan los acuerdos con tal saña que da la impresión de que odian al resto de formaciones.

Eso fue, por ejemplo, lo que ocurrió con el pacto de gobierno entre el PSOE y Unidas Podemos que fue anatemizado por los mismos que a nivel teórico idolatran el consenso, hasta el punto de que algunos como el portavoz de la ultraderecha eclesial, Carlos Herrera, llegó a prometer que se iría a vivir a Somalia si se consumaba el acuerdo, promesa electoral que, obviamente incumplió.

Algo parecido está ocurriendo ahora con el pacto presupuestario en Oviedo entre el  Partido Popular e Izquierda Unida que fue definido como un acuerdo contra natura por la filiación de los firmantes, sin dejar claro que solo se llega a consenso con los adversarios porque con  los de casa no es necesario.

El pacto entre Llamazares y Canteli no obliga a Izquierda Unida a votar a favor de las cuentas municipales. Basta con que se abstenga y, a cambio, obtiene importantes mejoras en materia de vivienda, de festejos y tributarios, lo que es un importante triunfo político, al igual que ocurrió en un pacto similar entre la derecha y Roberto Sánchez Ramos, el popular Rivi.

Entre está versión de pactando con su enemigo y las diatribas de los grupos de la oposición, los que acordaron el presupuesto se apuntan al “dame pan y dime tonto” porque saben que han sacado réditos al consenso. Y todos contentos.