El fotoperiodista Álvaro Fuente presenta “Asturias Minada”, una memoria sentimental de los últimos años de la minería
«Cuando atacamos por un lado, la mina se queja por el otro». Álvaro Fuente, fotoperiodista acostumbrado a desenvolverse en otro tipo de conflictos escuchaba a la mina quejarse, al otro lado del muro de carbón, la primera vez que descendía por el agujero del pozu Cerredo, en Degaña, acompañado por uno de los ingenieros, engullendo metros bajo la tierra entre la espesa negrura y el estruendoso silencio: «No era miedo exactamente lo que sentí la primera vez que bajé a la mina –recuerda Álvaro– era respeto. Y volvió a mi cabeza esa pregunta que me he hecho tantas veces a lo largo de mi carrera: ¿qué coño hago aquí?».
La respuesta a la pregunta recurrente fueron casi diez años de trabajo intermitente en un puñado de pozos y más de 40.000 fotografías disparadas. Toda una experiencia de vida acompañando a los protagonistas en los últimos coletazos de la mina asturiana y un reto inmenso a nivel técnico: «Las primeras veces te podría decir que de cada 100 fotos me salían dos dignas. Era mucha la dificultad ya que, al principio, no me dejaban usar flash. Para hacer los retratos, el minero debía estarse quieto. Vas con tu casco y tu lámpara y el también. Si te mira a los ojos y tiene el casco recto, te deslumbra la lente, y tú a él. Luego vas aprendiendo y me quitaba yo la luz, enfocaba donde me convenía y con la otra mano sujetaba la cámara. No podía bajar trípode ni material, máximo dos objetivos, pero a la hora de cambiarlos la cámara se me ensuciaba con el carbón. Al final iba con lo imprescindible. Sabía que me iba a ir adaptando y que acabaría dominando el terreno, pero, lo que tengo claro, es que jamás podría haberlo hecho sin la ayuda y la generosidad de los mineros».
Asturias Minada es un recorrido por los últimos años de la minería en nuestra región compuesta de 260 fotos en blanco y negro y una serie de textos de un selecto grupo de colaboradores. Un trabajo que comienza con el estallido de la última gran huelga minera que vivieron las comarcas carboneras españolas en 2012. De una huelga general sectorial de más de dos meses de duración seguida por más de 4.000 mineros; de cerca de setenta días de encierros en los pozos Candín, Santiago y San Nicolas; de más de 500 kilómetros de Marcha del Carbón a Madrid; de protestas diarias y de cortes de carreteras; de manifestaciones y concentraciones multitudinarias. Una situación de conflictividad en Asturias sin precedentes en los últimos años en la que la crispación social en el sector iba en aumento.
«El libro no sigue un orden cronológico concreto. Empieza un poco con el entorno, con los trabajadores en activo en la que pretendo documentar una jornada de trabajo: cómo llegan, se cambian, entran a la mina y se ponen a trabajar. En ese punto introduzco alguna fotografía en la que se ve algún minero herido, en el botiquín, un entierro multitudinario de un minero de Pola de Lena que había fallecido en un accidente en una mina de León. Fotografío también del papel de la mujer en la mina, tanto dentro como fuera, y ese reciclaje de muchos de los pozos en otras actividades económicas (geotermia, hidrógeno, agrícola...) además de la explotación turística (Sotón o Ecomuseo de Samuño)».
Quizá la sucesión de fotografías que cuenta la historia no sea cronológica, pero en el trascurrir de las imágenes se detecta que los protagonistas, los mineros, sabían que su fin estaba cercano. Y es que sus caras, sus expresiones, su cansancio, su desencanto, el desengaño es el hilo conductor de un final cantado: «Se dieron cuenta en mitad del conflicto del año 2012. Ya no había nada que hacer. Siguieron con su lucha por la supervivencia, pero sabían que tenían todas las de perder. Fue su tremendo orgullo lo que les impidió rendirse tan pronto. Recuerdo que las concentraciones que había en los pozos, en Santiago, Nicolasa…; unos estuvieron 50 días encerrados. Luego hubo otro relevo de 17 o 18 días. Reuniones en Madrid, llegaban las noticias que no hay más prorrogas…eran todo malas noticias. Las caras decían mucho, no sólo las suyas, sino las del entorno».
El lento desenlace del carbón supuso, además, la decadencia de unas comarcas que jamás encontraron una alternativa a las minas; el fin de una cultura y una forma de vida; de una identidad, un lenguaje y una economía. El adiós de una actividad que ha marcado durante casi doscientos años unas relaciones sociales forjadas con trabajo, solidaridad y compañerismo.