«Por les Feries vendíamos cien kilos de cordero al día»
Alicia se emociona y se le llenan los ojos de lágrimas recordando a su hijo Paco, cardiólogo, que falleció con cuarenta y pocos años en Orlando (EE.UU), donde residía con su esposa y sus hijos «perder a un hijo es lo más duro que le puede pasar a una madre. Nosotros trabajamos toda la vida para darles una buena educación y que se labrasen un futuro». Conversar con Alicia Rivera Blanco es abrir una ventana a la España de la posguerra, aquella España de los trenes que llegaban abarrotados a la estación de Infiestu, «porque había pocos coches y la gente viajaba en tren», recuerda; la España de la emigración al otro lado del Atlántico, allá se fueron cinco de sus hijos en busca de trabajo y una vida mejor, que la que les podía ofrecer por entonces su tierra natal.
Alicia Rivera Blanco, va camino de los 100 años, cumplió 99 el 15 de abril y, si no te dicen que tiene esa edad, es fácil que pienses que estás hablando con una octogenaria. Goza de buena salud, «no toma pastillas», apunta su hijo Juan Luis, y tiene una memoria de esas que no dejan ningún detalle atrás.
Alicia se casó con César Santos cuando tenía 20 años, los dos eran de La Travesera-Belonciu, «cortejamos durante cuatro años y eso que nos conocíamos desde críos», recuerda con una sonrisa. Y recién casados decidieron dejar atrás la vida de labradores de sus padres y aventurarse como emprendedores en Infiestu, donde se hicieron cargo del bar La Esquina, a escasos metros de la vía del tren, en el paso a nivel de la carretera que sale de la capital piloñesa hacia Campu Casu. Allí estuvieron cuatro años, «pero como César era muy echáu palante», compraron un inmueble en la misma calle, casi frente a la Plaza de Abastos, muy cerca del Tamanaco, y allí abrieron El Capitol, restaurante y pensión.
El Capitol se convirtió en una auténtica referencia para Infiesto, «en la semana de les Feries, no teníamos donde poner más mesas, vendíamos 100 kilos de cordero al día» apunta Alicia, que también recuerda otros platos que se hicieron famosos en el establecimiento, como la merluza en abanico, la merluza alangostada o las patatas bravas, «preparábamos un barcal hasta arriba, gustaban mucho». Algunas de las recetas eran fruto de la visita a restaurantes en Gijón y en Oviedo, «nos gustaba salir y ver lo que se cocinaba en otros establecimientos, así aprendí mucho».
Pero Alicia se quita méritos, «cuando cambiamos de La Esquina al Capitol, yo estaba muerta de miedo, ¿cómo iba a cocinar para tanta gente? Por eso no puedo olvidarme de Covadonga y de Soledad, que estuvieron con nosotros en la cocina durante años».
Y además del negocio estaban los hijos, porque Alicia y César tuvieron siete en aquellos años: Jesús, César, Alicia, Juan Luis, Paco, Fernando e Inés. «No había pañales, había que hacerles la ropa... pero así era la vida entonces».
Alicia, su marido César y sus siete hijos.
Junto al Capitol abrieron una pescadería –a fe que era echáu palante César–, «traíamos el pescado para el restaurante, así que decidimos montar una pescadería y Juan Luis repartía los encargos en bicicleta». Sus hijos mayores, Jesús y César, ya habían cruzado el charco, «todos estudiaron aquí en el colegio de pago que había y después, los varones fueron yéndose a Puerto Rico y Santo Domingo, donde teníamos familia, a seguir estudiando y a trabajar. Aquello también era duro, tardamos años en volver a verlos, todo era a través cartas, porque el teléfono era muy caro...». Quién le iba a decir a Alicia, cuando leía aquellas cartas, que hoy, con 99 años, iba a hablar a diario por viodellamada con sus hijos. La misma tarde del viernes, cuando atendió a EL FIELATO, la llamó Jesús desde el Caribe, donde lucía un espectacular sol.
Allá, en Centroamérica y EE.UU. están la mayoría de los 14 nietos y 20 bisnietos que tiene Alicia. Es posible que todos -hijos, nietos y bisnietos-, se junten al final de año para celebrar por adelantado el centenario de la matriarca, «es complicado cuadrar la fecha, pero cre que vamos a logralo».
De momento, el viernes, cuando Alicia reciba el galardón de Paisana del Año de Piloña 2025, una buena parte de la familia estará con ella para arroparla. No faltarán tampoco el espíritu de su marido César, que falleció a los 98 años y con el que compartió 75 de matrimonio, ni el de su hijo Paco.
Javier Lavandera Cantora, Paisano del Año
Javier Lavandera Cantora nació en San Román en 1941, pero vivió parte de la infancia en Purón (Llanes) y en Potes, donde su madre estuvo destinada como maestra. Tras pasar por el seminario, Javier retornó a Infiesto con 23 años, para incorporarse al negocio familiar, la tienda de alimentación y piensos de su padre; negocio que con el paso de los años, junto a su hermano Carlos, su esposa Tita y su cuñada Esther, convirtió en un referente en Piloña.