Día de Difuntos

En estas jornadas de inicios de noviembre en las que la tradición católica invita a visitar los cementerios y profesa la esperanza de un reencuentro eterno con los difuntos que nos precedieron, parece oportuno hacer memoria de las costumbres funerarias de nuestros antepasados. Desde cuatro siglos atrás hasta nuestros días, normas, ritos, oficios, leyes y otros aspectos de la vida han experimentado cambios asombrosos, en la inmensa mayoría de los casos para mejorar sobre los que regían en aquellos pretéritos siglos.

Partiendo de la documentación que sobrevivió al abandono y centrándonos en los siglos XVII y XVIII -y más concretamente en las costumbres y ritos funerarios del concejo de Parres- pueden valorarse varios aspectos. Para ello manejamos algunos libros que van desde 1647 hasta 1789. 

En los protocolos notariales hay disposiciones testamentarias de todo tipo, generalmente muy minuciosas en sus providencias, cláusulas y condiciones. Haremos referencia a mortajas y ceremonial de los entierros. En el primer caso hay especificaciones concisas para que -llegada la hora de la muerte- se amortajase al interesado según su dictado y convicciones. Algunos indicaban su deseo de ser amortajados con el humilde hábito o sayal franciscano, el dominico y -los menos- el benedictino; en el caso de las mujeres solían solicitar también el carmelitano. Los pobres eran habitualmente envueltos en una sencilla sábana -si es que la tenían-, pues en el caso de Melchor Pérez, de San Martín de Cuadroveña  -año 1699- se lee: «…y como no disponía de nada, un vezino cubriole con un lienzo suyo, hízolo en el Nombre de Dios y de la sienpre gloriosa y santissima Birjen Maria Conzepbida sin mancha de pecado orijinal, prottetora de ttodos los pecadores» (…que así escribían hace 326 años).

Los acompañamientos en los entierros se establecían en varios niveles: sacerdotes, cofradías, pobres y otros cercanos al difunto o a su familia. Según la clase social a la que perteneciese el finado podían asistir a sus exequias entre tres y doce sacerdotes. Además, las cofradías solían tener un sacerdote o religioso como director espiritual, el cual presidía la cofradía en el entierro si el difunto había pertenecido a la misma. Este detalle de asistencia de cofradías a las inhumaciones llegó hasta la década de los años 60 del pasado siglo XX  en Arriondas.

Todas estas manifestaciones exteriores entraron en crisis y fueron desapareciendo, dando paso a un sentimiento más racional. 

Aquellas familias que no disponían de liquidez económica se veían obligadas a vender parte de su patrimonio para hacer frente a los gastos originados por las exequias fúnebres de algún familiar. Según los protocolos notariales era casi la mitad de la población la que se preocupaba de dejar disposiciones para que se celebrasen misas por su alma, o dejaban el encargo a sus albaceas o familiares.

En Arriondas los primeros enterramientos de los que queda constancia datan de 1686. Nuestro cementerio parroquial se amplió al menos en dos ocasiones, la primera en 1909 y -después- en 1955. Sus actuales 5.160 metros cuadrados no precisan de más ampliaciones en bastantes años.

Francisco José Rozada es el Cronista Oficial de Parres