jueves 5/8/21

De los 45 minutos en el aula

Filosofía Pequeña 

Paco ha sido uno de esos profesores corajudos que, como tantos otros, se ha batido el cobre en la trinchera de la secundaria. Les hablo de Paco porque hace mucho que no lo veo y aprovecho para lanzarle un guiño, pero bien podría hablar de Iker, Clara, Javi y algunos que otros que se me han cruzado por el camino y a los que no puedo dejar de admirar. Pues, como digo, Paco es ya un hombre hecho y derecho, pero alguna vez fue Paquito, y me gustaría hablar de ese Paquito un poco trasto que tenemos en un aula perdida de un instituto cualquiera.

Vamos a ello: Paquito se levanta una mañana de lunes con sus tiernos trece años —qué lejos quedan— para enfrentarse a seis horitas de clase. No va a estar seis horas ininterrumpidas en su incómoda banqueta, claro, pero va a estar unas cuantas. Allí hará cosas divertidas, de esas que suponen manejar y rabilar con cartabones, cartulinas, flautas y ordenadores, pero es un poco iluso pensar que la escuela es un taller de manualidades. Aquí ya no se aprende, aquí se estudia. Aprenden los niños manchándose las manos con pintura y plastilina, estudian los adolescentes hincando codos y volando por las alturas de lo abstracto. Para emplear el cartabón, Paquito habrá que escuchar cómo hacerlo y qué hacer con él, y para llegar a hacer sonar música hay que haber atendido a muchas notas. Paquito quiere usar el compás, pero se encuentra con dibujos extraños de perspectivas y algo de teoría. Después querrá hablar en inglés sobre su fin de semana, pero son muchos en clase y no da para demasiada conversación, aunque sí para bastante monólogo del profesor. Le gusta la historia incluso cuando llega a través de una densa explicación de causas y efectos de la revolución industrial. Por suerte, hay un recreo donde consigue comerse un buen bocata —siempre ha comido bien— y vuelta a la faena. En este caso, la faena es un gran respiro. Desde el departamento de educación física la teoría pasa a segundo lugar y corretean por el patio lanzando a canasta, que es lo que se le da bien: tiene cuerpo y muñeca. Sin embargo, todo se acaba en esta viña del Señor. Timbre y rápido a clase. Le hace tilín la lengua —de hecho, a eso de ha dedicado—, pero se ve superado por tanto sujeto, complemento y demás elemento sintáctico que le estorba en la lectura de esos cuentos de fantasía. Por suerte, para terminar toca la de Valores, que es una maría donde no hay que estudiar y puede desahogarse hablando de temas de lo más diverso. Y lo hace, vaya que si lo hace: su reflexión, que no tiene nada que ver con el asunto del día, es que esta tarde tiene que hacer demasiadas cosas y que el cambio climático le importa más bien poco; no le falta razón, lo que le falta es tiempo. La ficha de dibujo, el vocabulario de inglés, pasar a limpio lo de historia, un proyecto de entrenamiento de educación física y unas oraciones para encontrar complementos en lengua. A todo esto, tiene tres exámenes esta semana. Le gustaría, empero, poder ir a entrenar con su equipo sin tener que pensar en volver a toda prisa a casa para terminar las tareas. Sus padres llegarán tarde a casa y, no sé, igual esto le va grande a un ternasco que es muy tierno y está muy tierno.

Entretanto, otra ley educativa arriba a nuestros centros (..) pero se equivoca: no es una nueva ley, es la misma de siempre, porque el profesor volverá a clase y volverá a hacer lo mismo.

Paquito ha estado seis horas en el instituto y aún le queda alguna más de tarde para poder ir al día, eso que tanto gustan en repetir los profesores. ¿De verdad que nuestros doctos pedagogos que tantas leyes nos traen no son capaces de ver el problema del abandono y la frustración de los adolescentes? Paquito, a sus trece años, ya lo ha resuelto: está hasta los cojones y solo es lunes. Por favor, suspira para sí, que le dejen en paz. Sí, que le dejen vivir. Y si no le dejan, es posible que para el miércoles, cuando ya se vea superado por horas y tareas, se agarre el móvil y la consola y se dedique a otra cosa hasta que esto pase, que será cuando cumpla dieciséis.

Entretanto, otra ley educativa arriba a nuestros centros y no faltará quien diga que son demasiadas leyes, que nos marean, que así no hay quien pueda orientarse, que por qué no acuerdan de una vez los políticos y dejan de marear, pero se equivoca: no es una nueva ley, es la misma de siempre, porque el profesor volverá a clase y volverá a hacer lo mismo. No se equivoquen, es una suerte: los maestros han tenido una sutil habilidad para ignorar a los ministros que tanto estorban y seguir luchando en las trincheras a brazo partido; son voluntariosos, pero no imbéciles: saben que no cuentan con mucha ayuda. No estaría de más escuchar alguna vez sus sugerencias. Al fin y al cabo, ellos son los que entran al aula. Ley tras ley, todo sigue igual… ¿Todo? Todo no. Una pandemia se ha empeñado en cambiar las cosas e incluso hacerlas coincidir con añejas reclamaciones de los docentes.

La mañana avanza, los profesores se suceden y según se acerque el mediodía suficiente será si se mantiene sentado.

Con la Covid-19 algo extraño ha ocurrido en las aulas. Este año que se avecinaba un infierno de restricciones y varapalos educativos —¿alguien me explica por qué las aulas no han sido un foco constante de contagios?— ha brotado como uno de los más apacibles y fructíferos de la década. Varias han sido las modificaciones en el día a día del aula que han ayudado, pero quiero nombrar tres para comentar una: los recreos se han dividido por grupos y el patio está mucho más desahogado, más tranquilo, menos cargado; las ratios se han reducido hasta incluso el número que los profesores llevan reclamando al páramo político durante décadas —unos quince alumnos por aula—; y el tiempo de clase ha disminuido a 45 minutos. La primera ha sido una grata sorpresa, la segunda ha cumplido como un alivio que los consejeros de turno ya se han apresurado a negar para el futuro próximo, y la tercera ha resultado una maravilla sobrevenida.

Esos 45 minutos son diez minutos menos que lo que venía durando una sesión. Parece poco, pero seis veces cada mañana suman una hora al día. Paquito tiene trece años y como adolescente hábil que es puede de mantener la atención unos veinte minutos a la primera, quizá a la segunda, pero, partir de ahí, la concentración decae y pierde el hilo. La mañana avanza, los profesores se suceden y según se acerque el mediodía suficiente será si se mantiene sentado.

En el instituto se estudia. Alguna vez se hacen carteles con proclamas y fotos, pero fundamentalmente trata de hacer ascender a los alumnos al mundo de las ideas abstractas. Se exige seguir un discurso potente, no sobre qué se va a comer hoy, sino sobre el uso del condicional en inglés y de la impronta del carbón en la revolución industrial. Una hora tras otra, el alumno habrá de engordar sus límites y enlazar conceptos. Así hasta seis. Por supuesto, los profesores son conscientes de la magnitud de la empresa y alivian sus minutadas cada tanto, pero también saben de una programación y de un temario extenuantes que deben cumplir. ¿Bajar a 45 minutos el tiempo de clase? Lo dicho, una bendición para Paquito, que está a mediados de semana y no puede más. Esa reducción supone para él menos horas sentado, menos tiempo en el instituto, clases más concentradas, tiempo mejor aprovechado, estudio más focalizado, más descanso, mayor atención, más holgura… Sin embargo, nuestros consejeros ya amenazan con volver a los 55 minutos rápidamente, no vaya a ser que a Paquito se le escape una ley universal del mercado laboral español: lo importante es echarle horas, aunque esas horas nos revienten y no supongan provecho alguno.

De los 45 minutos en el aula
Comentarios