viernes 18/6/21

De lo cuántico en campaña

Filosofía pequeña

La mecánica cuántica ha atravesado la campaña electoral. ¿Por qué? Porque no sabemos si es onda o si es partícula. No lo sabemos porque no se puede saber, y esto, lejos de ser una rareza, deviene ordinario. La luz juguetea con nuestras expectativas y se mantiene en una paradoja que comparte con los humanes. Una onda es una perturbación del medio, como lo es una ola sobre la que salta Vera en la bahía de San Lorenzo de Gijón, o las ondulaciones cosechadas por una piedra lanzada por Gael al Lago Ausente en lo alto del puerto de San Isidro. Lo curioso de las ondas, como lo son también las de los gritos que ambos profieren en su día a día al corretear por casa, es que interfieren unas con otras: o bien se anulan y entonces el griterío es de puro un ruido, o bien se sincronizan y entonces presenciamos al coro de Las otras voces en plena actuación. La partícula, en cambio, viene a ser una mónada leibniziana, única y diferenciada, que no interfiere con las demás, sino que choca y fricciona con ellas. Así que, o bien tenemos ondas o bien tenemos partículas, pero no ambas; y, sin embargo, tenemos ambas.

 La materia se comporta de manera extraña, paradójica, contradictoria. No obstante, creo haber encontrado un comportamiento similar en la conducta humana a propósito de la vorágine de las elecciones madrileñas.

El célebre ensayo de la doble rendija nos da buena muestra. Al inicio del experimento se dejan pasar electrones a través de dos rendijas. Como sería de esperar de esas bolas que dan vueltas alrededor del núcleo del átomo, el detector recoge los golpes individuales que, a fuerza de repetirlos, van dejando abollada la lona que los recoge. Ahora bien, conforme avanza el experimento y las percusiones se intensifican, van dejando un rastro curiosísimo: reproducen un patrón de interferencia propio de las ondas, que no de las partículas; en unos casos se anulan, en otros se sincronizan. Actúan en golpes localizados como partículas, pero crean patrones de interferencia como ondas. Es más, cuando solo se deja una rendija abierta, el golpeo es genuinamente un patrón propio de partículas; sin embargo, en el momento en que se van dejando abiertas ambas rendijas, se manifiesta un patrón de interferencia como si no hubiese sido la canica la que hubiera pasado, sino una onda, como la de una ola del mar, por ambas. Empero, solo se ha mandado un electrón de cada vez. Como digo, en unas ocasiones se comporta como partícula, en otras como onda. Y resulta que para identificar las propiedades de la partícula, debemos perder las de onda, y viceversa; o descubrimos una u otra, pero no ambas a la vez, aunque paradójicamente se dan ambas a la vez.

¿No es fascinante? Sin duda lo es. La materia se comporta de manera extraña, paradójica, contradictoria. No obstante, creo haber encontrado un comportamiento similar en la conducta humana a propósito de la vorágine de las elecciones madrileñas. Cierto es que la que va a ser de nuevo presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, merece por mi parte poco aprecio intelectual, más bien todo lo contrario, y, sin embargo, no puedo dejar de admirar su campaña electoral. Me ha parecido simplemente magnífica, y a sus resultados me remito. Mis felicitaciones a sus arquitectos porque, en estos tiempos donde su torpeza y su caótica presidencia han quedado oscurecidos por los sentimientos más dispares, han sabido crear una dialéctica tan fuerte que ha sido incontestable por la izquierda, seguramente porque no lo han visto, seguramente por pura negligencia.

Esto ha sido Madrid en la espectacular campaña de Ayuso: un enorme ejercicio de ondas y partículas. Dispersa en las ideas más abstractas y sonrojantes —la libertad—, ha distraído a la izquierda que no se ha dado cuenta de la verdadera fuerza de su campaña: ha particularizado la capital.

Lo cierto es que ya vivimos en un mundo extraño, tan paradójico como la mecánica cuántica. Los chicos se levantan en una cama de Gijón para viajar a entornos virtuales que les acercan a, por ejemplo, Madrid, conectan con sus amigos que están con el desayuno en la boca a través de chats, repasan sus perfiles de Instagram, WeChat, etc., donde gente del otro extremo de España, de Europa o del mundo, también del otro extremo de la calle, les han comentado sus producciones y han creado a su vez nuevos contenidos. Bajan a la calle y de camino al instituto se echan una partida a un juego nuevo con gente que desconocen, durante las clases tratan de zambullirse en sus perfiles sin que el profesor se dé cuenta y en los recreos juegan al Cluedo con los amigos que tienen a su lado pero a miles de bits dentro del entorno virtual. Ya en casa siguen en sus diásporas existenciales a través de interfaces y yo comento lo nuevo de las elecciones madrileñas con Andrés, que está alucinando en la capital mientras mantengo una reunión virtual con mis compañeros de trabajo. Como ondas, logran percutir atravesando diversas rendijas a la vez.

Lo que nos encontramos es una situación tan sorprendente como cartesiana, ya saben, de aquel que entraba en selectividad casi tanto como Platón: la cosa que piensa y la cosa que es extensa. Clásicas dicotomías: alma-cuerpo, mente-cerebro, y así todo. En estos tiempos, parece que el cuerpo molesta; de alguna forma, no te deja viajar, o al menos interrumpe los viajes digitales cuando entra el hambre atroz o hay que visitar el cuarto de baño. Como en la película The Congress, pareciera que alguno tomaría la cápsula y abandonaría su cuerpo para navegar entre hipervínculos y entornos digitales por el resto de su vida, que una vez allí sería ya muy larga. Pero la biología es obstinada y la vida no se abandona con tanta facilidad.

Dispersos en el infinito digital, habiendo superado todas y cada una de las fronteras para dialogar con extraños de extraños países y para comprar extrañas cosas de extraños usuarios sin patria ni frontera, de repente nos volvemos sobre nosotros mismos y levantamos una divisoria tan absurda como absurda era nuestra vida cruzándola sin saber si estábamos a un lado o al otro, quizá estando en ambos a la vez. Sabiéndonos inconscientemente ondas, retomamos asustados como partículas. Mezclados a través del entorno virtual y creando patrones de interferencia en nuestras burbujas de hipervínculos, quisimos conocernos y nos trocamos partículas para chocar unas con otras. En el fondo, para ser un yo particular tengo que dejar en claro que no soy el otro, levantar la divisoria con respecto a lo demás; no olvidemos que es en esto en lo que consisten los nacionalismos. Con la misma fuerza con que pasábamos por ambas rendijas gracias a las interfaces de esos dispositivos tan chulos, regresamos a lo concreto para delimitar una frontera.

Esto ha sido Madrid en la espectacular campaña de Ayuso: un enorme ejercicio de ondas y partículas. Dispersa en las ideas más abstractas y sonrojantes —la libertad—, ha distraído a la izquierda que no se ha dado cuenta de la verdadera fuerza de su campaña: ha particularizado la capital. Con la estrategia más vieja, ha sabido tirar de los hilos más nuevos. Madrileños, que hay pocos, e inmigrantes, que hay muchos, han encontrado en su mensaje, no una especulación majestuosa de la concepción liberal de la libertad —esto ha sido el señuelo—, sino un cabo de anclaje para evitar ser atraído con demasiada fuerza por el suelo que cada vez se encuentra a más distancia.

Inmigrantes madrileños hay muchos, por ejemplo Andrés, que está allí, pero que está también en Gijón hablando conmigo a través de estos nuevos medios, y está compartiendo sus logros en las carreras con decenas de amigos y desconocidos, y está comprando algún trasto absurdo a través de Amazon, y está yendo al trabajo en bici mientras sus perfiles trabajan por él, y que… Muchos como Andrés han sido cautivados por una suerte de novedoso nacionalismo madrileño. Él no ha caído en la trampa, pero sabe de qué hablo: «vivir a la madrileña», ha dicho Ayuso, que es una solemne estupidez incluso explicado por su boca: consiste en pagar altísimo alquileres, trabajar mucho por poco dinero, no tener estabilidad vital pero, a cambio, beber una cerveza al salir del horror. Horror, sí, pero con cerveza, menudo naufragio de la razón; la cuestión, claro, es que esto no trata de razones. Entretanto, la izquierda ha preferido reírse de la ocurrencia en lugar de confrontar con seriedad su carga de profundidad: Ayuso ha ofrendado a las ondas la posibilidad de mutar en partículas. Cualquiera podrá decir bien henchido eso de que su vida es una mierda pero, qué demonios, es madrileño de los de verdad, sea esto lo que sea y con la tapa que sea. Las cervezas han significado diversión, qué duda cabe, pero también han revelado una identidad: ninguna comunidad ha luchado tanto por proteger frente al virus su carácter… El asunto reside en que los madrileños todavía no se habían percatado de su naturaleza.

Ella ha entrado al juego nacionalista y ha encontrado la identidad madrileña en la ciudad que menos empleaba argumentos identitarios. Son Madrid y aunque sus datos de muertes y contagios son espeluznantes, solo se comparan con las otras capitales, no con áreas menores como, por ejemplo, Asturias. Madrid es España y España es Madrid, que no se entiende, pero deja a las claras que todos van detrás. Madrid, way of life, que es tan distinta que siquiera tienes que encontrarte a tu exnovio por sus calles. ¿Y Asturias? También es Madrid, pero menos, que en la capital solo tratan con Berlín.

 Los ciudadanos, como la materia, pueden comportarse como ondas en su devenir diario y pasar por varias rendijas a la vez, pero gustan de ser partículas, y no es una gran diferencia para ellos. Viven bajo el dictado del imperio yanqui, ven los éxitos de Hollywood, compran coches extranjeros, usan móviles de otros lares, emplean anglicismos, visten como celebridades ajenas, viajan en forma de bits a la velocidad de la luz a través de entornos virtuales, pero se quieren sentir arraigados en algo que les recuerde, entre tanto desparrame del yo, que todavía pueden ser genuinos y únicos. ¡Jefe! Otra cerveza, que la izquierda no se ha enterado. Ayuso no ha ganado por recuperar a los fachas en Madrid, sino por inventar su nacionalismo.

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