martes. 28.06.2022

De Bakunin

Filosofía Pequeña

Era duro Mijaíl A. Bakunin (1814-1876). Sin haber escrito una gran obra sistemática, sí dejó retales de un pensamiento no tan teórico como práctico. La teoría ha de estar, y esto lo hubiera firmado su rival Marx, siempre al servicio de la práctica. Quién sabe, si no hubiera considerado su necesidad para la revolución anarquista, quizá nunca hubiera escrito Dios y el estado, y algunas de las líneas más agresivas e hirientes de la política moderna no hubieran visto la luz.

Bakunin es un revolucionario y sabe que la revolución lo es siempre contra alguien

Como digo, no fue un escritor Bakunin, sino un revolucionario que participó de todo lo que exhalaba emancipación y libertad. Libertad, sí, pero de la auténtica y no de la que pende de los exabruptos de según qué politicuchos actuales que mejor harían en leer y no tanto en tuitear. A decir verdad, puede que sea este uno de los males de nuestro tiempo: las redes sociales están dispuestas para el decir, que no para el escuchar, y así resulta, en su retorcida lógica, más eficaz producir titulares que atender a argumentos. Cuando todo el mundo habla, esto lo saben bien los profesores, lo que se da no es libertad, sino ruido. Así que guardemos silencio y atendamos: ¿qué es la libertad en Bakunin? Sin más: lo que nos separa del resto del mundo animal. Nada original, lo sé, pero prontamente lo concreta: la facultad de pensar y la facultad de rebelarse. ¡Ay! El rebelde. Solo el rebelde es libre. Y he dicho rebelde, que no niñato.

No fue Jehová quien creó al humano, ¡qué violento giro de guión!, sino Satanás al otorgarle la facultad de la desobediencia.

Bakunin es un revolucionario y sabe que la revolución lo es siempre contra alguien. Las revoluciones no son de guante blanco ni asépticas, sino agonísticas y polvorientas. Se debe comenzar por la identificación del tirano que arrebata la libertad. Pensar para señalar con tino el objeto de nuestra ira. Y se debe continuar por un innato ejercicio de rebeldía, de vindicación de nuestra naturaleza humana inconforme con el pastoreo, la injusticia y la domesticación. Esta naturaleza inconforme del humano la sufrió en sus carnes, si es que se puede decir así, el mismo Jehová.

La Biblia, ese libro que manifiesta tanta sabiduría como fantasía —no por casualidad es el libro de ficción favorito de Homer Simpson—, sirve a Bakunin para azotar inmisericorde a la opresora tradición cristiana. Dice: «Jehová, que de todos los buenos dioses que han sido adorados por los hombres es ciertamente el más envidioso, el más vanidoso, el más feroz, el más envidioso, el más vanidoso, el más feroz, el más injusto, el más sanguinario, el más déspota y el más enemigo de la dignidad y de la libertad humanas, que creó a Adán y a Eva por no sé qué capricho (sin duda para engañar su hastío que debía de ser terrible en su eternamente egoísta soledad, para procurarse nuevos esclavos), había puesto generosamente a su disposición toda la Tierra (…) a excepción de un límite». ¿Por qué? No es un «por qué», sino un «para qué». Para que, carente de conciencia de sí mismo, permaneciese en un estado de ignorancia e idiotismo —«idiótes», ιδιωτης, que viene a referenciar a aquel que pudiendo participar de la vida pública, no lo hace; sin forzar, referencia a aquel que pudiendo gobernarse, decide no hacerlo—.

Sin embargo, no estuvimos solos. Una figura largamente vilipendiada alcanzó a auxiliarnos, no obligándonos a nada, sino despertando en nosotros el deseo de la libertad, de la auténtica toma de autocontrol. No nos impulsó al poder con el objetivo de someter a nadie, sino al poder para rebelarse ante el tirano, es decir, nos ofrendó la emancipación. Fue nuestro Prometeo cristiano; quién nos lo iba a decir, fue Satanás. Él emergió como el primer rebelde avergonzándonos por nuestra mansedumbre e imprimiendo sobre nuestras frentes el sello de la libertad. Dicho de otra forma, no fue Jehová quien creó al humano, ¡qué violento giro de guión!, sino Satanás al otorgarle la facultad de la desobediencia. Lo siguiente fue, claro, comer del fruto del árbol de la ciencia. Sabiduría y rebeldía. He aquí al humano y he aquí a su creador. Fantástico.

Cada cual escoge sus manaderos porque desde ellos asoma una actitud vital. No fue la de Bakunin la obediencia y mansedumbre pastoril, sino la rebeldía insolente del que se sabe algo más que animal a cuatro patas ante un Dios eterno. Él se escogió como librepensador a imagen y semejanza de su héroe, el emancipador de los mundos. Ahora comprendemos la intención de Bakunin al escribir tan gloriosas líneas: evitar la caducidad de la oferta de Satanás. Como ven, Bakunin no hacía prisioneros.

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