viernes. 19.08.2022

De los diplodocus

Filosofía Pequeña

Ha llegado a mis manos la historia más alucinante del mundo. Tiene algún error ortográfico que se puede perdonar, faltaría, y unos dibujos maravillosos en verdes, amarillos y marrones. Creo distinguir algo de azul. Está extremadamente bien elaborada. Verán: comienza con un simple, pero contundente «habia una vez un padre, una madre, una hija y un hijo». Falta la tilde, es cierto, pero lo perdonamos porque continúa con un «y se encontraron con un diplodocus». No me digan que no es una fabulosa manera de captar nuestra atención. Cuatro protagonistas perfectamente delineados como la clásica familia convencional a la que suceden cosas normales. Padres e hijos con sus cosas de padres e hijos que… ¡Oh, musa! Se topan de cara con un diplodocus. Se rompe en este momento toda expectativa que pudiéramos albergar y se nos sumerge en un mundo de dinosaurios que, para no dejar escaso el giro de guión, añade en diálogo: «Hola ¿que aceis aqui?». ¡Bum! Esa no la esperábamos: ¡el dinosaurio habla! Y sonríe. Lo sé porque en el dibujo a verde suave se delimita una perfecta sonrisa ante la que los protagonistas solo pueden levantar los brazos y emitir un «hala». Por tanto, pese a la primera impresión, no se trata de un relato costumbrista ni de una sátira de la sociedad moderna, sino que se nos transporta a un universo de fantasía del cual no sabemos aún qué esperar.

Superman no se va a convertir en un histérico hipocondriaco neoyorkino, el Metabarón no va a hacer chistes con su compañero de piso y el ratón no escapará de la cámara de gas volando.

La suspensión de la incredulidad es fundamental en la ficción, sea esta canalizada a través del cine, de la novela o de los cómics. Por ejemplo, al comenzar uno de Superman ya sabemos que el tipo en mallas vuela y que no hay Dios que le salte un diente, como sucede también con los Metabarones (Jodorowsky y Giménez, 1998-2003), pero cuando abrimos Maus (Art Spiegelman, 1991) ya sabemos que el protagonista estará fintando repetidamente su tumba. No esperen a Woody Allen subirse a una escoba de mago ni a los amigos de Friends horadar en las densidades de Medea. Ahora bien, una vez comenzado el relato, las bases no se pueden cambiar y Superman no se va a convertir en un histérico hipocondriaco neoyorkino, el Metabarón no va a hacer chistes con su compañero de piso y el ratón no escapará de la cámara de gas volando.

La niña ofrece ir a otro sitio a jugar, pero el diplodocus anuncia el grave problema que todo lo va a condicionar: los insidiosos carnívoros les han tapado el camino.

La historia que ha llegado a mis manos establece unos fundamentos muy sólidos y no los rompe en todo su fluir. Una vez en conversación y habiendo entablado una fértil relación, la familia y el diplodocus se ofrecen mutuamente hacer algo divertido… ¿El qué? ¡Demonios! Pues ir a escalar. Así, con su largo cuello, puede ayudarlos cuando les fallen los agarres y darles sombra mientras echan unas amigables risas. Sin embargo, el diplodocus es vegetariano y ya sabemos que estos suelen ser bondadosos, así que les advierte: «¡No, no! —¿Porque?— Porque hay carnotaurios; —¿Que son?— ¡Animales que comen carne!». No atiendan ahora a la ortografía, sigan conmigo. Conceptualmente nos inscribe en una problemática de perfecta actualidad: la extrema ingesta de carne por parte de nuestra sociedad. ¿Podría tratarse de una metáfora de nuestros perniciosos hábitos alimenticios?

La niña ofrece ir a otro sitio a jugar, pero el diplodocus anuncia el grave problema que todo lo va a condicionar: los insidiosos carnívoros les han tapado el camino. ¿Qué hacer? ¡Magia! En serio, la historia es capaz de introducir en este momento la suficiente magia como para salvar la situación. Pudiéramos pensar que esto no estaba indicado en esa primera suspensión de la incredulidad, pero ¡es un diplodocus hablando! Claro que ya había magia.

Entre todos encuentran unos minerales y fósiles que, unidos, abren una fabulosa escalera. No eran piedras, sino runas ocultas. El niño pequeño parece reacio a subir tanto escalón, pero entre todos lo ayudan y a la melodía castrense de «uno dos uno dos uno dos ¡Llegamos! ¡Viva!» se salvan. Una puerta se alza al final del trayecto, pero la contraseña, como dice la niña, es sencilla: «ábrete sésamo». Aquí sí puso las tildes. Entre todos se alegran mucho porque ya no hay «carnotaurios». Tras unos instantes de zozobra el padre grita «¡Hay que correr!». Los niños no dejan de ser niños y se alegran pensando en que se trata de un juego. ¡Bien!, pero el padre les corrige: «Bien no —¿porque?— porque están los velociraptos». Eso son «velocirraptores», pero se ha creado demasiada emoción ante el nuevo peligro como para detenernos en minucias. Asediados y angustiados, el niño, que hasta entonces estaba en un segundo plano, tiene una genial idea: «yo les despisto y vais a buscar a la familia». ¿Qué familia? ¡La del diplodocus! Suerte que vivían por la zona. Apremiándolos, dice: «voy a despistar. “Hola velocirapos ¿porque no comeis vino? ¿porque no comeis hierba?»- Ellos gruñen y lo acorralan bastante irritados por la sutil mención a sus malos hábitos alimenticios, pero para cuando todo parecía perdido ante su pronto ataque, salen despavoridos por los muchos diplodocus que se acercan al galope, o a lo que dios quiera que hagan dinosaurios tan grandes para ir rápido. Pim pam pum, un par de «colazos» y derrotados. Se han salvado por los pelos.

Tengo la sensación de que unas gotas de sudor recorren mi rostro. La catarsis ha sido plena, sin duda. Ahora me encuentro liberado de las púas que la refriega con la vida ha ido hendiendo en mi ánimo. La algazara que siento se debe a una sumamente porosa identificación emocional al haber acompañado por unas líneas las vivencias de esta familia y este dinosaurio; por esta razón, no consiento en correcciones gramaticales ociosas que no vienen al caso. El contenido narrativo y la belleza cromática de las ilustraciones conmueven de tal manera que no puedo sino acompañar una vez más a los protagonistas cuando gritan «¡yuju!». ¿Qué queda? ¿Hay algo que se pueda añadir a este dramático relato? ¿Podría pensarse en alguna forma más redonda de cerrar esta historia? Pues sí; la autora se atreve con un final inesperado: ¿Quereis una foto?». Junto a ellos, no podemos sino exclamar «¡claro que si!».

No es sencillo glosar una historia con imparcialidad tratando de recoger sus tonos y recovecos. Sinceramente, espero haberlo hecho con neutralidad y justicia para esta Historia de Vera para papá… Y en «papá» sí que ha puesto la tilde la maldita. 

De los diplodocus
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