viernes 30/10/20

De Pandora

Filosofía pequeña

«Los caballos pintarían a los dioses semejantes a los caballos, los bueyes semejantes a bueyes». Así nos hablaba Jenófanes el siglo –V y así enlazó Nietzsche cuando sentenció que «el hombre, en su orgullo, creó a Dios a su imagen y semejanza». La enseñanza es que los dioses no son unos seres majestuosos, sino que somos nosotros mismos embobados ante nuestro reflejo.

Pandora, al igual que Eva, fue la mitológica mujer traída para el azote del hombre puro. Similar tropos nos encontramos en el poema de Gilgamesh y en el relato del egipcio Anubis. Sabemos que Pandora fue moldeada del barro a imagen de la más bella, Afrodita –desconocemos a imagen de quién fue moldeada Eva– y que fue agasajada con gracias por los inmortales –«pandora», la de posee todos los dones–. De mente cínica y voluble, nos informa Hesiodo, la curiosa Pandora termina por abrir el ánfora y, ya sabemos, los males se extienden sin advertencia, sin ser esperados. A partir de entonces, parirás con dolor y obtendrás el pan con el sudor de tu frente, envejecerás, sufrirás y todo lo demás. Pandora era una trampa para los humanos, pero no fue un humano el torpe que la recibió.

Vieja dialéctica: la curiosidad –filosofía– afrenta a los dioses –religión– y estos se defienden con lo único que tienen: el mito.

El titán Epimeteo, parco en agilidad mental, esbozó una bobalicona sonrisa mientras Zeus se la entregaba y, ajeno a las advertencias de su hermano, aceptó el regalo del dios al mando. Epimeteo es «el que piensa tarde», o simplemente el que no piensa; es dócil y repite el mismo día durante una eternidad para que nada cambie; es conservador y todo progreso le genera titubeo; no es original y no tiene intención de producir ni de encontrar algo singular. Cuando Zeus le entrega a Pandora, también le da la famosa ánfora y le advierte de no abrirla. Epimeteo no duda: ni la abre ni siente inquietud por el secreto ni por la razón de la prohibición; tampoco la sentía el otro bobalicón, Adán. Sin embargo, Pandora, como Eva, humanas en su condición, son excitadas por la curiosidad, también por la vanidad. No se conforman y piden un algo más. Salen de su burbuja y, como Edipo, prefieren saber aun a costa de su bienestar. Incluso a sabiendas de que la violación de la prohibición conlleva el dolor, ellas escogen ser humanas. No nos extraña, por tanto, que Aristóteles dijese que el origen de la filosofía está en el asombro, en la curiosidad. Vieja dialéctica: la curiosidad –filosofía– afrenta a los dioses –religión– y estos se defienden con lo único que tienen: el mito.

A cambio de ser Epimeteos, nos ofrecen la paz. Paz que consiste en repetir lo mismo, en evitar novedades, perspectivas diferentes, descubrimientos que puedan hacer temblar nuestras creencias íntimas. Paz que nos asegura el Dios, pero también el algoritmo tras descubrir quiénes somos para devolvernos especularmente a través de la interfaz nuestra propia imagen. Recuérdenlo cada vez que visiten su colorido diario de cabecera, que reciban sus noticias afines, que escuchen a los hombres a sueldo de su ideología y que sean masajeados en sus creencias por el tuit allegado. Recuérdenlo cuando eviten con desdén escuchar los argumentos del adversario, cuando ignoren evidencias inequívocas, cuando acepten crónicas obscenas y cuando se envuelvan en colorines y melodías patrias. Recuérdenlo, porque su curiosidad habrá sido ahogada. Sigan repitiendo el mismo día porque, de no obedecer, puede que terminen como la mujer de Lot. Pandora, ciertamente, sigue siendo un peligro.

De Pandora
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