martes. 28.06.2022

Del amparo

Filosofía Pequeña

Hablemos del amparo. El amparo no se pide, aunque se espera. Se espera de quienes nos aman, porque eso es amar. Amar no es ser amado, que decía Fromm, amar es amparar. El que se sabe amado espera el amparo, pero no lo pide, solo lo agradece con admiración. Es el cariño de la tribu, de la familia, de la pareja, del amigo. Es el compromiso con una causa, mejor aun, con el proyecto. El amparo se lo procuran quienes se anudan entre sí en el sentido más noble de la palabra «amistad»: «porque él era yo y yo era él» (Montaigne). No podemos dejar de admirar el amparo.

El cristianismo lo ha entendido con absoluta clarividencia. La musculatura cristiana se fija a un esqueleto tan absurdo como prodigiosa es su comprensión de la necesidad de ternura. El intento de Pablo de Tarso de hacer confluir la antigua religión judía con el glorioso helenismo resultó en un sinsentido que solo se puede deglutir al calor del amparo que la política paulina enhebró con inspirada finura. La jugada no estaba en sus proposiciones, sino en sus acciones, y esto lo entendió como nadie el último emperador que se atrevió a enfrentarlo, Juliano el Apóstata (s. IV).

Tanto los altos como los bajos se alistaron en tropel a la nueva fe, cosa que vio con buena cintura el pagano Constantino y utilizó para articular un imperio que se fragmentaba.

La partida paulina se desplegó en un doble nivel. Hubo de comprender cómo atraer a su fuego tanto a los altivos aristócratas como a la polvorienta masa. Para los primeros, privilegios —de impuestos, de servicio militar, etc.—; para los segundos, precisamente, amparo. Una suerte de protoseguridad social. ¿Te mueres? La comunidad se ocupa de tu viuda y de tus hijos evitando la prostitución y la esclavitud. ¿Enfermas de gravedad? La comunidad te provee de un fondo de auxilio. Sencillo: seguridad. Tanto los altos como los bajos se alistaron en tropel a la nueva fe, cosa que vio con buena cintura el pagano Constantino y utilizó para articular un imperio que se fragmentaba. ¿A cambio de qué? ¡Demonios! —perdón—, qué poco hay que pagar de entrada: deglutir un par de absurdos con forma de fe: un dios que son tres y muere y resucita tras encarnarse para ser asesinado porque está enfadado y así se calma. No hay que circuncidarse, solo creer, y recibir no tanto el cielo como el amparo.

Juliano, como digo, lo vio, y atacó en ambos niveles: eliminó los privilegios y creó una «seguridad social» estatal. Lo de la fe ya caería por su peso… Pero fue asesinado presuntamente por un cristiano de su propio ejército. Galileo, has vencido, y así seguirás venciendo por los siglos. La fe en la izquierda, el cuchillo en la derecha. Doble juego.

Así seguimos a día de hoy, aunque el cuchillo haya perdido su filo. A dos niveles. En el lado de la necesidad, las órdenes religiosas se ocuparon de cerrar el paso entre las clases bajas al movimiento obrero del diecinueve prometiendo educación con padrenuestros. A cambio de geometría, la pastoral. En el lado del dinero se elevaron presuntuosos los colegios de élite que todos conocemos. Las admirables obras de carácter social como la Escolanía de Cangas contrastan con la élite de centros dedicados a los vástagos del poder.

Entrambos, la educación pública ha querido convertir el privilegio en derecho. Ha querido ascender al humilde a igual posición de salida que el noble. Un quiero y apenas puedo admirable. Quiere amparar al desvalido infante tratando de superar la histórica dialéctica. Como ilustra el saber rural, en la escuela pública comparten pupitre y recreo el hijo del yonqui y del farmacéutico.

Amparo, cobijo, ayuda. No cabe la discriminación por sexo ni por raza ni por patria ni por cuenta de ahorros. ¿Se imaginan que una alumna fuera discriminada por enfermedad? Se sentiría desamparada. ¿Podríamos concebir que la escuela pública prohibiese a una alumna participar de cualesquiera actividades del centro por estar malina? Sería tanto como señalarla como portadora de una tara, una marca de la que penar, un estigma de anormalidad, un tatuaje tan invisible como llamativo que anunciase a color transparente y dolor perenne el lema «yo no puedo». ¿Cabría pensar en una alumna apartada de, qué sé yo, un viaje de estudios por problemas de salud? No, no lo permitiría la comunidad al arrimarse como solo la ternura y el compromiso con una labor educativa prodigan. Jamás la apartarán, ¿qué mensaje le estaríamos dando a la cría? La de la soledad, la de la falta de amor, la de la ausencia de cariño. Ni la dirección del centro ni sus profesores ni su familia cometerían tamaña fechoría. En la escuela pública sabemos bien lo que es el amparo… ¡Ay! ¿Lo sabemos?

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