domingo. 14.08.2022

Es verano de 1999. Yo paso en Parres mis primeras vacaciones de casada y espero a Isolina Cueli de la Llera y al hombre de su vida en el mesón del Puente Romano.
Se llama Luis, viste exquisito y conjuntado, polo anaranjado y pantalón claro. Está moreno. Tiene abundante pelo gris (sal y pimienta como dicen los franceses). Voz profunda. Gafas de sol. Isolina está feliz y yo, que la quiero mucho, también lo estoy.
De puertas para adentro, se cumplía un ciclo que habíamos iniciado casi al mismo tiempo. El de emparejarnos en juventud añeja, cuando ya empezamos a peinar canas. No porque nos falte algo, como dicen las malas lenguas, sino porque no nos falta nada. Somos las periodistas más populares de la zona, vivimos de nuestro trabajo, somos independientes, viajamos, comemos, bebemos a nuestra guisa. Dormimos con quien nos da la gana. Y eso molesta al mentidero que se pasa el día de intrigas.
Hemos tenido la suerte de no dejarnos confundir por ninguna impostura y la vida nos ha puesto en nuestro camino hombres vividos, que te suman experiencias. Y además hemos decidido casarnos para no dar que hablar. Como lo oyen. No que ni a ella ni a mi nos importe lo que se cuenta pero a  ambas nos preocupa el tiempo que nuestro estado civil hace perder a la parroquia. Para que el pueblo se ocupe de menesteres más fundamentales, les ahorramos el trabajo pasando delante del juez o del alcalde que corresponda.
Y después a vivir. Lo que quede. Lo que toque. Lo que dure. Lo que nos dé la gana o lo que podamos.
Pasamos de vernos mucho a no vernos casi nada. Como mucho, una vez al año. En Parres, en Paris, en Cangues, en alguna fiesta de El Fielato o en El Picu. Celebramos, comemos, bebemos. Luis mira solícito esos momentos de gracia en que la Cueli y yo nos encontramos. Nos ponemos al día y nos reímos. Porque Isolina y yo juntas somos una fiesta que Luis contempla divertido, como una pieza de teatro de  la que él es espectador privilegiado y complacido. Hay que ser muy inteligente para bajar de la escena, para ponerse a la sombra de una amistad antigua, cargada de ironía, y de evidencias difíciles de interpretar.
Con Luis, Isolina encontró el compañero ideal. Le gusta la música, la ópera, la literatura, el arte en general, la cultura en particular. Se interesa por todo. Tiene memorión. Es buen conversador. Luis ama el mar y la tierra. Respeta el  ciclo de la vida. Entiende. Escucha. Luis es un escuchador nato. Sentencioso, socarrón, listo como el hambre. Que no pierde el tiempo en tochures. Que lleva con paciencia una enfermedad de esas que no dan tregua, que te obliga a ahorrar energía, a ser sagaz.
Nos vimos en julio pasado por última vez. Isolina me ha preparado un “desfile de modelos” porque como tengo cuerpo de pobre todo me queda bien de la talla 34 a la 44 como poco. Me los pruebo uno a uno. Luis me observa con la cabeza entornada. Estás que lo rompes, me dice. Nos reímos todos.
Teníamos que vernos dentro de 15 días en Paris. No va a poder ser. Luis tiene un compromiso ineludible que le llega de manera inesperada. Ha tenido que ausentarse. Una cadera maltrecha, una medicina que es elitista y esa fatalidad que hace que al final de la vida se te acumulen las citas y hay que joderse,  todas malas.
Te lo perdono pero te vamos a echar de menos. Nos quedamos con lo que nos dejas, con lo que queda de todo lo que pasó, de lo que fuiste, de lo que fuimos. Con la estela de la barca sobre la ría, cuando sube la marea y platea el horizonte. Hasta cualquier día en cualquier esquina. Que el azar es caprichoso. Si lo sabrás tú.

Por Susana Peruyera

Todo pasa y todo queda
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