viernes 25/9/20

Aplausos

Filosofía pequeña

Tomamos aire fresco. Alguna broma. Los niños ríen. Comprobamos no estar solos en la ceremonia. Habemus comunidad. Saludamos a los vecinos. Nos reconocemos como feligreses. Recibimos el sacramento. Somos hombres de fe. Hemos cumplido. Cerramos.

Todo ello nos plantea muchas preguntas pero, por suerte, siempre nos queda la filosofía. Acudamos a dos de los ilustres e intentémoslo. El primero es un fenómeno pop: Slavoj Žižek. Nos cuenta en una famosa conferencia colgada en la red que en los campos de concentración nazis había dos tipos de personas: por un lado los supervivientes que cometían todo tipo de fechorías –una picaresca cruel– según un retorcido código guerrero por la vida; por el otro los «muertos vivientes», antaño supervivientes derrotados ya por la maquinaria del campo, simples cadáveres andantes a los que ya todo traía sin cuidado.

No son los políticos –calcinados–, no son los profesores –deslegitimados–, no son las cajeras –somos unos clasistas– y no son los policías –tienen la fuerza, no el saber–. Los héroes son los sanitarios.

¿Cómo un guerrero pasa a ser un zombi? Por un extraño fenómeno psicológico. En cada barracón existía la creencia de que en el barracón un poco más allá había todavía alguien capaz de conservar la bondad. Ese alguien compartía, cuidaba y auxiliaba abnegadamente a quien lo necesitase. Era un héroe condenado, derrotado por algo superior; es decir, trágico; es decir, virtuoso. En otras palabras: era un sujeto todavía plenamente humano. El superviviente creía en este héroe hasta que en cierto punto descubría que no era tal, que no existía héroe alguno, que era un mito… ahí crujía el espíritu, ahí potencialmente nacía un zombi. La enseñanza es que nuestra integridad marchita necesita de la luz de un otro heroico para no verse rota. Necesitamos a los héroes cuando sabemos que solo somos supervivientes.

El segundo es Joseph Campbell que en 1949 publicó El héroe de las mil caras. En esta obra nos describe cómo todas las sociedades repiten en sus proyecciones mitológicas una serie de patrones que los héroes –Osiris, Buda, Cristo, Maradona, etc.– deben atravesar. Hoy, en nuestra situación de excepcionalidad, cabe preguntarse quién es el héroe trágico en el barracón de un poco más allá. No son los políticos –calcinados–, no son los profesores –deslegitimados–, no son las cajeras –somos unos clasistas– y no son los policías –tienen la fuerza, no el saber–. Los héroes son los sanitarios.

Aplaudimos a los sanitarios porque son nuestros héroes. Pero los aplausos no hablan de ellos, sino de nosotros. De nuestra necesidad de un contenedor donde depositar la virtud que nos falta, la capacidad que nos falla.

Recogemos las historias de muchos de ellos y vamos hilando una epopeya pues en nuestro inconsciente funcionan como una unidad. Repasemos: seres corrientes que son desafiados –el virus– y que cuentan con un mentor –OMS, China, etc.–, cruzan el umbral –el hospital– contando con aliados –artesanos de respiradores y máscaras– y enemigos –villanos que no guardan distancias–, logran algunos éxitos –primeras altas– y la recompensa –aquí entramos nosotros: aplausos–. Falta regresar a la normalidad con el elixir que es, evidentemente, la vacuna.

Aplaudimos a los sanitarios porque son nuestros héroes. Pero los aplausos no hablan de ellos, sino de nosotros. De nuestra necesidad de un contenedor donde depositar la virtud que nos falta, la capacidad que nos falla. Mucho cuidado con descubrir que esos sanitarios no son héroes, que son como nosotros, porque entonces todo nos traerá sin cuidado. Sigamos aplaudiendo.

Aplausos
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