martes. 28.06.2022

De la ternura (el don de Nacho Vegas)

Filosofía Pequeña

Nos contaba Nacho Vegas en una entrevista que tuvo a bien ofrecernos para la revista escolar La raposa que escribió su preciosa canción El don de la ternura pensando en los cuidados que entre todos nos ofrecimos durante la pandemia. Cuidados pequeños, siseantes, pero fundamentales. Gestos de cariño y suspiro a quienes más solos estaban y más necesitaban del contacto y del aliento. No le falta razón al admirar a tamaños héroes, cierto, aunque rezumaba de sus palabras una pizca de desilusión. No se le escapaba que del trauma de la pandemia no salimos ni más fuertes ni más débiles, sino los mismos. Una vez más, el nuevo Edén de gente erguida y noble queda para la utopía.

Me sorprendía su intención para con la canción porque no había sido esa mi interpretación. Quizá se deba a una lectura deficiente por mi parte, pero yo había querido escuchar cantos nietzscheanos en su melodía. Deformación, sin duda, para recoger de ella no un resultado de meses de dolor, sino una refutación a la filosofía occidental. Para mí, profesor de medias, la ternura es el elemento dionisiaco olvidado por el elenco de los Platón, Descartes y compañía. La canción, curiosamente, se había independizado de la intención original y había volado en busca de nuevos acopios, de nuevos raptos. No deja de ser eso lo que hacemos cada vez que fagotizamos un mensaje: raptarlo y hacerlo nuestro. Frente a la fría razón del progreso y de la ciencia, la fuerza de nuestra ternura es la que realmente nos hace humanos, demasiado humanos. Si en algo hay espíritu, como dice la película de Terrence Malick El árbol de la vida, es precisamente en nuestra capacidad de alentar.

Es otro concepto el que repito machaconamente a mis hijos: la amabilidad. No es lo mismo, pero lo es. La sonoridad de la palabra no tiene la fuerza que desprende el alfabeto de «ternura», pero su calado es terrible. Terrible porque con ella establecemos unos fortísimos lazos de cariño que nos mantendrán alejados de la soledad por una larga vida; terrible porque sin ella nos exponemos sin cobijo a la radiación de una larga vida. La amabilidad crea comunidad, crea sociedad y hace la vida más sencilla, más cálida, en fin, menos mala.

La ternura, como la amabilidad, se desprende en lo pequeño para sisear hasta lo grande. Es la de un niño que cede un cromo al que no lo tiene. Es la de un amigo que acude presto a una mudanza del que se ve abrumado por la tarea. Es el de un hijo que perdona al padre que ha errado. Es la del padre que se da cuenta de que no es la furia, sino la ternura su don. Y es la de Nacho Vegas que, sin mayor rédito que el de la satisfacción de recordar sus años mozos en su revista del instituto y el de apoyar humildes proyectos, nos ha cedido unos bellos minutos para responder algunas de nuestras inquietudes. Por seguro que las alumnas que pasaron con él un rato delicioso no olvidarán que hubo alguien que fue amable con ellas sin siquiera conocerlas. Yo no lo haré. Como digo, los héroes no son los que ofrendan su vida, sino su cariño.

De la ternura (el don de Nacho Vegas)
Comentarios