domingo 05.07.2020

De las mascarillas

Filosofía pequeña

Lo importante es lo que te da, sin duda, pero no más que lo que te quita; y no le estamos prestando atención. Tan verdad es que al coger un martillo podemos golpear con más fuerza como que no podemos escribir hasta soltarlo. Del mismo modo, al usar una mascarilla reducimos el contagio, pero impedimos la sonrisa. Por lo tanto, ante las mascarillas no podemos dejar de preguntarnos qué nos están robando.

Según Aristóteles, en política había un concepto fundamental que definía el buen funcionamiento de la ciudad: koinonia. Viene a significar «comunidad bien avenida»; de hecho, de no estar bien avenida, no sería comunidad.

En el arco narrativo Invasión Secreta, la raza Skrull –metamórficos– se infiltra adoptando la forma de los superhéroes de Marvel conforme los va derrotando. Suplantando a cada uno de ellos van poco a poco mermando la arquitectura social de los humanos. Para cuando los superhéroes restantes se dan cuenta, ya no saben quiénes son aliados y quiénes enemigos. Como dice Iron Man, «no sé si son quienes dicen ser». Cualquiera puede ser enemigo, cualquiera puede ser letal. Los skrulls hicieron germinar el miedo dentro de la sociedad para que esta se disolviese como un azucarillo.

Según Aristóteles, en política había un concepto fundamental que definía el buen funcionamiento de la ciudad: koinonia. Viene a significar «comunidad bien avenida»; de hecho, de no estar bien avenida, no sería comunidad. Cuando los integrantes de ella establecen fuertes lazos de amistad pueden trabajar por un proyecto común. En caso contrario, el egoísmo acaba con la polis. Cuando los intereses dejan de ser comunes, la solidaridad se agota y la ciudad se descompone.

No es solo una prenda, es una declaración: acusamos al que se acerca demasiado, al que estornuda y al que nos habla; con la mascarilla mostramos nuestro miedo

La mascarilla, decimos, nos protege ante la enfermedad, pero nos quita la complicidad y nos impide el vínculo. Esconde los gestos del rostro, las sonrisas amables y las pícaras, las muecas de asentimiento… en fin, el calor del mensaje. Nos recuerda que cualquiera puede ser el veneno y que ya no hay espacio para la solidaridad; a la sustracción solo resiste la desconfianza. Así, desconfiado era el coronel Saul Tigh de la nave Battlestar Galactica buscando peligrosos cylons suplantadores entre sus compañeros de viaje. Lo era también el cazarrecompensas Rick Deckard revelando a los replicantes con sus test Voight-kampff.

No es solo una prenda, es una declaración: acusamos al que se acerca demasiado, al que estornuda y al que nos habla; con la mascarilla mostramos nuestro miedo. Y, una vez tenemos miedo –el infierno son los otros– la koinonia se derrumba. Queda el odio –tú, cajera, no te acerques a este edificio–, los reproches –tú, sanitario, por qué no te vas a un hotel–, las denuncias –horror, ese turista viene a su casa–, las agresiones –objetos arrojados, coches reventados–, etc.

Recordemos que el coronel Saul Tigh lloró al descubrir que él mismo era un cylon y que Rick Deckard certificó su sospecha: siempre había sido un replicante.

Nos aísla. Cualquiera es potencialmente peligroso. En este contexto, las llamadas de algunos religiosos a mantener la ekklesia –asamblea– dominical resultan simplemente ridículas. No queda sino la salvación individual desde el recogimiento solitario y la culpa. Porque la mascarilla me protege del otro culpable, pero me señala ante el otro como pecador. Pero, ¿lo soy? Recordemos que el coronel Saul Tigh lloró al descubrir que él mismo era un cylon y que Rick Deckard certificó su sospecha: siempre había sido un replicante.

Vestiremos, por tanto, la mascarilla a la espera de saber si somos skrulls, cylons o replicantes, porque la alternativa aristotélica, nos dicen, es una temeridad.

De las mascarillas
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