miércoles 19/1/22

De mi nochevieja

Filosofía pequeña

No están a muchos metros, pero falta el calor de sus gritos y saltos y llantos y deseos y abrazos y besos. Es ventana con ventana, pero en la escasa distancia del estrecho patio de luces la brisa contaminada de esta gris ciudad se lleva lo que no debería perderse, la dicha. Oigo a través de las paredes sus risas y algún cotillón mientras consumo minutos delante de la tele y recuerdo, sí, etapas pretéritas de una vida que arrastra unos cuantos kilómetros. 

Aquí debería entrar la filosofía, o así lo dijo Cicerón, que es un antiguo, que no un viejo. Decía que el fin de toda buena filosofía es la vida buena, que no la buena vida

Toda vida es una elección y, a cada puerta que abrimos, dejamos abandonadas otras cientos de ellas. Vidas no vividas, vidas desechadas. Unas mejores, otras peores, pero sea como sea, elegidas. Aquí debería entrar la filosofía, o así lo dijo Cicerón, que es un antiguo, que no un viejo. Decía que el fin de toda buena filosofía es la vida buena, que no la buena vida, que eso es otra cosa que sin estar mal —por favor, no nos arranquemos durante una nochevieja con moralinas— ahora no nos compete. Digo antiguo, que no viejo, porque se le ha de buscar acomodo, que es una forma de decir que todavía nos es útil. Los clásicos siempre son útiles. En una ocasión, hablando con unos amigos maños, les comentaba que la carrera que más admiraba era la de filología pues no era ocioso que empleasen una vida leyendo a los clásicos. Mi sospecha era que fueron esos antiguos los que con mayor descaro mapearon las entrañas de lo humano. Poder leerlos en su lengua no dejaba de ser una forma de husmear en sus pesquisas, de seguirlos hasta muy adentro, tanto que da miedo pensar en qué se podría encontrar allá en la oscuridad. Ellos, los maños, me dijeron que no me pasase, y quizá tuviesen razón, pero algo huele a pavor. Qué sé yo. 

Allí, en Zaragoza, fue donde más tiempo dediqué a perder tiempo, pero eso lo supe después. El ordenador, el teléfono y las redes sociales se convirtieron en un sumidero de minutos demasiado vacíos como para plantarles cara. Algún amigo al que hace demasiado que no doy un abrazo me ayudaba a recuperarlos, pero lo que se necesita son otras cosas. Tres. Que ahora están a unos pocos metros, pero no están aquí. Tan cerca, pero un poco menos de lo que me gustaría. No muy lejos, pero lo suficiente como para verme envuelto en silencio. Me sorprendo a mí mismo despistado en él. Lo cierto es que echo de menos un poco de silencio ocasional. Sé que puedo esquivarlo con un par de notificaciones, pero no quiero, e incluso así, fallo y enciendo algún aparato. Entonces me ausento recordando esos años elegidos, pero duros. Y aquí me encuentro, una nochevieja buscando en la televisión algo en lo que perderme hasta que me derrote el sueño. Y aquí me lamento, solo, a la espera de días más luminosos. Días en que la vida buena vuelva con sus gritos y saltos y llantos… No, no me voy a desorientar. Aprovecharé el silencio. 

Fraguaré materiales para los que no nunca tengo tiempo. Leeré unas líneas para las que suelo estar demasiado cansado. Empezaré con el nuevo libro para el que no suelo tener energía. Incluso teclearé un artículo para compartir mi soledad. Maldito virus… 

No quiero que suene lacrimógeno. Duele, claro que duele, pero ya sé de esta diáspora vital. La voy a evitar. No quiero flotar a la deriva mientras voy toqueteando el ábaco. No es esta una elección, no lo es del todo, pero algo podré sacar en provecho. Sé que no me toca bailar la vida buena, aunque tampoco se me ocurre cómo beber la buena vida. No obstante, ahora que ya he pensado y he experimentado y me he preparado, que para eso han de servir las vivencias: para tejer una filosofía, apuraré insolente mis horas. Fraguaré materiales para los que no nunca tengo tiempo. Leeré unas líneas para las que suelo estar demasiado cansado. Empezaré con el nuevo libro para el que no suelo tener energía. Incluso teclearé un artículo para compartir mi soledad. Maldito virus… 

De mi nochevieja
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