martes. 28.06.2022

Del censor

Filosofía Pequeña

«Je pense, donc je suis». Qué hermosa oración que el pensar ha volteado tantas y tantas veces. Gravitando el «pienso, luego existo» la filosofía ha construido y destruido, ha formado y desformado. Hoy, que ya han pasado varios siglos desde el renacer cartesiano, sabemos que no se sostiene, al menos desde la ontología y la antropología — ¡palabros! Ustedes perdonen—. Kant nos advirtió de que el pensamiento no exige existencia y la psicología moderna nos ha enseñado que algo pasa en el cerebro, pero que no es precisamente un pensar racional, al menos no mucho, y por supuesto no únicamente.

«Pienso, luego existo», sí, pero qué tipo de existir

No obstante, como afín al cavilar filosófico, me resisto a abandonar el abono de tan afamada sentencia. Permítanme evitar refritos modernos y acudir a lo más antiguo para desplegar una ética. Afirmo «je pense, donc je suis», puesto que hay que colectar información para enjuiciar con mesura; afirmo «je pense, donc je suis», puesto que hay que investigar para salir de la penumbra; afirmo «je pense, donc je suis», puesto que hay que descubrir el hecho previamente a desplegar una prudencia. Sí, afirmo «je pense, donc je suis», porque sin prudencia, digo, no podremos obrar bien. Pensar bien para obrar bien, ya ustedes saben.

Se trata de una ética, claro, que confronta a la censura. Yo he conocido la censura en mi oficio, una muy tonta, nimia, pero resiliente y que ahora da más risa que temor. Sin embargo, ¡ay!, qué lástima da verla rezumar oscuridad. Tienta ser condescendiente con ella, pero no tengo tiempo porque observándola me asaltan dudas de esas ciertamente peligrosas, las que comprometen lo íntimo. «Pienso, luego existo», sí, pero qué tipo de existir. Tiene aroma a gominola, pero ¿y si el saber impidiera la felicidad? No me miren raro, que no lo es tanto. Quizá el saber que acompaña al pensar nos hiciera darnos cuenta de que estamos gobernados por sociópatas… Pero descubriríamos que los necesitamos. Quizá llegásemos a revelar los cálculos económicos tras, qué sé yo, una guerra… Y nos sorprenderíamos muy a gustito gracias a ellos. Quizá orilláramos en la lógica bélica de la que ya he hablado en algún otro lugar… Y nos avergonzaríamos en admitir lo bien que nos viene. Quizá nos asquearíamos de la miseria humana de los cuñados de nuestro alrededor… Para despreciar al que habita nuestra piel, ese que no es tan distinto a ellos. Quizá recordásemos el racismo latente y el clasismo vomitivo que nos mancha… Entonces recordaríamos también el Sahara, Palestina, Georgia, Rwanda, etc.

A cambio de la gratificante ignorancia aceptamos que nos traten por imbéciles y que nos dejen creer en la libertad.

¡Demonios! ¿Se puede siquiera vivir consciente de toda esta mugre? ¿Se puede sonreír ante tanto dolor y miseria? Claro que se puede, lo hago día a día, simplemente hay que ignorar, hay que convertirse en un ignorante, hay que hundirse en la penumbra porque la luz no irradia dulzura, sino cáncer. Lo ético, entonces, no es el saber y la existencia no depende de un pensar, sino de todo lo contrario. La censura es el único camino de la ética, y la censura es la única manera de existir sin culpa. ¡Muerte al hecho! ¡Viva la posverdad! Nadie tan insigne como el censor que nos ahorra el dolor edulcorando la interfaz. Cene usted tranquilo, mi buen amigo. De todas formas, nada podemos hacer salvo apagar el termostato y nada podemos decir pues hay demasiado ruido. A cambio de la gratificante ignorancia aceptamos que nos traten por imbéciles y que nos dejen creer en la libertad. Demos gracias al Censor. ¿Saben lo tormentoso que resultaría lo contrario? Ellos malos, nosotros buenos. Que les den. Ya no me sienta tan mal enviar unos petardos de los que matan.

Entretanto, una alumna y su familia han decidido que la filosofía está muy bien, pero que mejor está irse hasta Madrid a recoger a unos ucranios recién huidos de las balas. Ahora, todos en su casa, sonríen conscientes de lo que es el amparo, sonríen con el conocimiento de lo que es el miedo, sonríen sabiendo de la penumbra, sonríen sabiendo de lo perverso de la condición humana y sonríen porque existen, no tanto por su pensar, sino por su glorioso actuar. Esta luz no da cáncer, sino esperanza.

Del censor
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